Opinión | SANGRE DE DRAGO
Hilario Fernández Mariño: palabra, estudio y responsabilidad pública
Hilario Fernández Mariño no fue una figura marginal. Sacerdote, canónigo y vicario general de la Diócesis Nivariense, su perfil se construyó desde una convicción firme: la fe debía pensarse, estudiarse y asumirse públicamente con responsabilidad intelectual. No concibió nunca el ministerio como refugio privado, sino como servicio a una comunidad que necesitaba orientación, palabra fundada y sentido compartido.
Su vocación docente se expresó de manera clara en el Seminario Diocesano, donde ejerció durante años como profesor de Biblia. Allí desarrolló un sólido reconocimiento como experto en estudios y ciencias bíblicas, entendidas no como erudición aislada, sino como disciplina exigente al servicio de la formación integral. Para él, la Escritura reclamaba método, estudio histórico, atención al lenguaje y una lectura teológica capaz de dialogar con la cultura de su tiempo.
Ese mismo rigor intelectual lo acompañó en su paso por la Universidad de La Laguna, donde impartió docencia como profesor de Religión. En un entorno universitario plural y crítico, supo situar la enseñanza religiosa en un registro académico serio, sin reduccionismos confesionales ni retóricas defensivas. No enseñaba para imponer convicciones, sino para ofrecer claves de comprensión cultural, histórica y antropológica.
Su labor universitaria mereció el reconocimiento explícito de la Facultad de Ciencias de la Universidad de La Laguna, un hecho significativo en el contexto de su tiempo. No se trató de un gesto protocolario, sino del reconocimiento a una docencia solvente, respetuosa con el método científico y capaz de mostrar que la religión, enseñada con rigor, puede ocupar un lugar legítimo en el ámbito universitario.
Fernández Mariño entendía que la Biblia, la fe cristiana y la tradición religiosa forman parte del humus cultural de Occidente. Excluirlas del espacio académico no era, a su juicio, un avance, sino una forma de empobrecimiento intelectual. Su manera de enseñar evitó tanto el repliegue clerical como la dilución acrítica: apostó por un diálogo exigente entre fe y razón, sostenido por el estudio y la claridad conceptual.
Esa misma actitud explica su presencia pública como vicario general en acontecimientos de gran relevancia social y religiosa, como la peregrinación de la Virgen de Candelaria por Tenerife en 1964. En esos momentos, su palabra no fue retórica ni ornamental. Supo interpretar la fe popular como expresión histórica de un pueblo concreto, con memoria, símbolos y vínculos comunitarios que no podían ser tratados con ligereza.
Visto desde hoy, su figura representa una forma de entender la Iglesia y la docencia que no huía de la complejidad. Enseñar Biblia, religión o teología no significaba aislarse del mundo moderno, sino entrar en diálogo con él desde el conocimiento y la responsabilidad. La fe, pensaba, no se protege ocultándola, sino exponiéndola al examen serio de la razón.
Recordar a Hilario Fernández Mariño es un acto de memoria cultural. Su trayectoria muestra que la palabra religiosa puede tener peso público cuando está sostenida por el estudio, la coherencia y el respeto por la inteligencia del otro. En tiempos de superficialidad y ruido, esa lección sigue siendo actual.
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