Opinión | La Calle Nueva
Inolvidable canario Joan Margarit

Joan Margarit, poeta, arquitecto y catedrático español / EP
Acabo de venir de Tenerife y de La Gomera. Nací en Tenerife, vivo en Madrid y viajo a mi tierra (y a La Gomera, y a todas las islas) siempre que me llaman las islas o sus personas. En un tiempo, cuando volvía de Inglaterra, donde viví, o de Madrid, donde está desde hace años mi trabajo, mi hermana Carmela me hacía trampas para comprobar si había perdido o no el acento. El acento canario. La verdad es que nunca lo perdí, o no lo perdí del todo, pero ella siempre me gastaba bromas si se me caía de la conversación cualquier raíz goda, o peninsular, como ella decía. “Ya hablas como un peninsular”.
Conocí godos muy pronto, porque vinieran a las islas o porque ya vivieran en ellas o porque yo viajara adonde ellos estuvieran. Viajé muy pronto, a la Península o al extranjero, y de allí tuve que traer acentos diversos, incluido aquel que mi hermana llamaba acento peninsular… Ahora en mi familia más cercana tengo una hija que habla canario cuando quiere y un nieto que cuando pisa tierra isleña procura hablar como los chicos que lo reciben en La Gomera o en Tenerife…
Y he conocido también falsos godos, es decir godos que hablan peninsular (de cualquier sitio) pero que son tan canarios como nosotros, los que hablemos muy canario o los que hablemos menos canario… Entre los canarios que conocí, y que eran canarios de cualquier manera, está Joan Margarit, quizá el más importante poeta de su generación (y de varias generaciones), el autor, por ejemplo, de Para tener casa hay que ganar la guerra… Fue premio Cervantes, Premio de Poesía Pablo Neruda, premio Poetas del Mundo Latino, premio Nacional de Poesía y el Rosalía de Castro en España, y en Cataluña, donde nació (en 1938, y donde murió, en 2021), obtuvo los premios mayores, el Nacional de Literatura de la Generalitat y el Carles de la Riba…
Era un poeta extraordinario y un hombre de bien. Es decir, era alguien que estaba siempre tratando de saber lo que decías para entender de veras lo que él debía decir luego. Lo conocí tarde, pero supe de él muy pronto, cuando se hablaba de su poesía y cuando lo leía. La primera vez que lo vi, para entrevistarlo, él me recogió en cualquier sitio de Barcelona; allí hablamos, allí le pregunté, y allí supe más de algo que nadie me había dicho hasta entonces: su raíz era Barcelona, como su familia era catalana, pero en la zona más poética, más entrañable, de su vida estaban las islas Canarias, Tenerife y Gran Canaria.
A Tenerife y a Gran Canaria vino su padre (Joan Margarit, precisamente) a ejercer su oficio de arquitecto, a principios de los años cincuenta, y aquí había hecho él, en Santa Cruz, lo que le faltaba del bachillerato y los primeros cursos de la universidad. Tuvo entre sus profesores a un maestro, don Pablo Pou, que lo introdujo en Antonio Machado (entre otros poetas que entonces se decían en voz baja), y en las calles y en los bares y en la vida se hizo de las plazas y de los amigos. Fue, en La Laguna y en Santa Cruz, y en Gran Canaria cuando lo reclamaba su padre, cuando éste ejercía allí, fue también de estos terruños a los que viajaba como si aquí siguiera naciendo.
Ese día en que conocí más de su vida nos perdimos él y yo por Barcelona, seguramente porque él de pronto se sintió viajando por el interior de sus recuerdos o porque yo no le sabía dar la dirección del lugar adonde yo mismo me dirigía… Y seguramente también porque, como él, estaba buscando los lugares isleños en que su propia vida nos iba guiando a los dos. Luego Joan Margarit publicó un libro singular, maravilloso, Para tener casa hay que ganar la guerra (Austral, 2018), que me dedicó “con un gran abrazo” insular en el que expresaba “el amor” isleño que está luego en todas las páginas en las que él se refiere, después de explicar las etapas de su vida, ese viaje isleño que, simbólicamente, hicimos hablando cuando nos perdíamos por las calles en construcción de la Barcelona de este tiempo.
Aquel libro fue subrayado entonces como si él mismo me lo estuviera dictando. Ahora que lo rescaté de mi casa de Santa Cruz me lo he encontrado otra vez como si Joan Margarit me estuviera llamando desde la estantería para contarlo, otra vez, a aquellos a los que, hace años, les dije que era importante recuperar para las islas, para todas las islas, este ejemplo poético de amor isleño, y de conocimiento, por cierto, de lo que es la esencia del archipiélago que viaja por el mundo perplejo por los factores inolvidables de su belleza.
Para tener casa haya que ganar la guerra (un viaje infinito por Cataluña, un viaje sentimental por las islas, y sobre todo por Santa Cruz y por La Laguna) es una lección literaria y también humana en la que el poeta va encontrándose con la ilusión que le pone por delante su vida.
Como hago con todos los libros que vuelvo a leer, en este caso regresé a mis subrayados de aquella ocasión en que él me dedicó el libro en 2018. He aquí está descripción isleña que ahora les regalo a ustedes para que, usando la imaginación y la alegría de leer, viajen con este isleño de honor (que merece acá los honores que durante tantos años tiene pendientes): “No salgo de mi asombro ante la emoción que me causan las montañas de Anaga, azul oscuro y violáceas, con las que el sol juega a todas horas como si, a veces, intentara resaltarlas y, otras, en cambio, mitigar su dureza. Sé que me pasa algo nuevo. No sé qué es. Soy feliz. En pocas ocasiones en mi vida lo volveré a ser tanto”.
El libro tiene historias así. Está lleno de amor a las islas, y él mismo estaba lleno de amor y de poesía por este territorio del que, algún día, en las escuelas y en las calles, y quizá en los libros que se hagan o se expliquen en las islas, sean parte de la historia de amor de Joan Margarit por estas tierras que son suyas, como son de mi hermana y de nuestros tan distintos y tan queridos acentos.
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