Opinión | Risa y fiestas
La playa

La playa / El Día
Amo El Médano. Lo amo de verdad. Y no lo amo solo por lo que es. Lo amo también, y quizá sobre todo, por lo que es para mí: siento un arraigo precioso mirando la Montaña Roja, o viendo pasar tantos perritos desde el Fefo, o llegando en la guagua y tocando el timbre antes de la parada de la ermita y sintiendo luego cómo la ventolera me rebuja completita. No solo los pelos: toda. A veces, cuando todavía vivía en mi casa de Granadilla, sentía que bajar era como meterme dentro de una batidora que me hacía reconsiderar muchas de las cosas que me pasaban solo porque algo algo, ¿el qué?, se me las cambiaba de sitio. Quizá tenía que ver con el mar. La belleza. Sé que suena cursi, pero también sé que las personas que hemos crecido en lugares de paisajes fuertes sabemos que un lugar hermoso puede transformar ciertas certezas: certezas dentro, pero mira fuera un rato, asómbrate, reconfortante, agárrate, déjame rascarte, cruz sobre la roncha, pf.
Me ha pasado siempre con la playa. Yo, la verdad, siempre he sido una persona de melancolía muy chillona. Siento que tengo una capacidad de tristeza hondísima y a la vez, no como un reverso sino como parte de la misma cosa, también de felicidad hondísima. Así que lo que me alivia suele aliviarme de verdad. Cuando era pequeña, me revolvía en la arena, me encroquetaba viva, me dejaba el pelo raspudo de tantas quierenservolteretas, pero sobre todo pensaba, y sentía, y me sentía ínfima como un único granito de los que me pintaban por dentro los borditos de las uñas de los pies (si me quitara uno solo de ellos, ¿estaría más limpia acaso?) y me reconfortaba muchísimo esa idea. A la vez, allí aposentada, aspecto de Play 2 cargando…, era como enorme yo, algo sobre la tierra como un teide respirador o una aulaga muy fos con una calcomanía surfera de las de los Munchitos babada sobre el antebrazo.
Hay un momento en El don de Vorace (1975), la novela de Félix Francisco Casanova, en el que el narrador dice: «Todas mis venas conducen al bosque». Hay un momento en Locura transitoria, una canción de Extremoduro, en el que Robe canta: «Mira qué en silenciosa euforia/Sale hierba y me crece el pelo». Es justo eso. Sentir que eres parte de algo que respetarás y amarás hasta morirte, y a la vez sentir que ese algo es una parte tuya, un texto extendido en ti (como la calcomanía, y aclaro lo de babada: las instrucciones pedían que te la pusieras debajo del chorro de agua pero si eres monte entonces tu lengua es un grifito, y queda mejor, parece, esa especie de autosuficiencia-yo no soy, es la lluvia) en el que puedes leer-escribir toda tu historia. Es decir, esta casa amarilla es esta casa amarilla en la que vive gente de cuya vida no sé nada, pero también es la pared que acaricié cada mediodía al volver caminando del colegio, y la cicatriz esta que tengo, mira, fue real, la pared es piel mía. Con la montaña Guajara, lo mismo. Chica botada de perfil custodiando Granadilla con su sueño, y especialmente a mí que me fijaba en ella, que la leía así, que la volví símbolo mío. No es una bobería esto para nada. De observar mucho algo, te entremezclas.
Por eso echar de menos un lugar es terrible. Es llorar la pérdida de una extremidad tuya, y a la vez, porque grande-pequeña todo-nada, es llorar algo que quizá ni siquiera puedes entender bien, el relato comunitario, las historias de tantes que se sollaron las rodillas en ese terrenito y de tantes que trabajaron esa tierra y de tantes que se entregaron a la isla y juraron, como yo ensimismada-empaisajada delante del agüita del Médano, amarla y respetarla siempre. Amar la tierra es quizá inevitable: la tierra es preciosa, generosa, fresca y segura. Respetarla es un esfuerzo, un compromiso, una obligación.
Duele tanto que no se respete, que ese mar que no es mío pero que soy yo, ese mar cuya dignidad no depende de que yo sea él o de que yo lo ame pero cuya dignidad debo respetar y cuidar y construir, esté ahora tan lleno de mierda que hasta da miedo bañarse. Que se especule con terrenos para destrozarlos. Que se dirija la relación con el entorno a convertirlo en una especie de Loro Parque gigante en el que la belleza es instrumental, económica. Que se aparte a quienes tienen su relato (y todo) atado a este lugar. A estos lugares. A estas islas en las que no es que se transforme el murito amarillo, es que se le planta un cartel de Vv y se pone el cartel de Vv por delante de tanto.
No es preguntarnos de quién es la tierra, porque la tierra no es de nadie, y solo entendiendo eso tienen sentido el arraigo, el cuidado, la dignidad y la vida.
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