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Opinión | A babor

Filosofia de hoy

Filosofía pagana

Filosofía pagana

En los últimos años, se ha puesto de moda hablar de estoicismo. En Canarias, donde la precariedad no es una fase, sino el paisaje de nuestras vidas, nos encontramos con un discurso que nos invita a aceptar lo que no depende de nosotros –los salarios bajos, el precio imposible de la vivienda, el desempleo estructural– con serenidad, madurez emocional y resiliencia. Y a eso lo llamamos sabiduría antigua, aunque huela a consigna del marketing contemporáneo. Se nos vende un estoicismo hecho de frases y sentencias, que muy poco tiene que ver con Epícteto, Séneca o Marco Aurelio. Ellos pensaban en la moderación como puerta hacia la libertad interior, no como técnica para soportar un sistema injusto sin levantar la voz.

Este estoicismo de ahora no se basa en la sabiduría y la gestión inteligente de nuestras emociones: lo que nos pide es aguantar sin quejarnos. No nos propone vivir una vida sin pasiones, sino asumir una vida funcional. Si no puedes pagar un alquiler, si encadenas contratos de tres meses, si trabajas en hostelería con horarios imposibles, no protestes: gestiona tus emociones y resígnate. Ese estoicismo de saldo encaja perfectamente con décadas de discurso de aceptación: «Esto es lo que hay». «Vivimos de esto». «No se puede pedir más».

Bajo la invocación de las meditaciones aurelianas, la precariedad se naturaliza, la desigualdad se asume como un fenómeno meteorológico y cuestionar el modelo se despacha como infantil o irresponsable. Algunos creen que eso es una forma de filosofía Yo diría que se trata de anestesia, no de filosofía. Justo en el extremo contrario –aparentemente– emerge con fuerza un discurso antiestoico que se presenta como liberador: el del hedonismo sin límites ni cortapisas. Frente al culto al sacrificio, la reivindicación del disfrute. Frente al trabajo como identidad, el derecho al tiempo libre. Una reivindicación que también ha calado en nuestras sociedades, especialmente entre jóvenes que sienten que, hagan lo que hagan, el ascensor social no va a responder. Porque está irremediablemente averiado. Es más de lo mismo: el edonismo que hoy contagia nuestras vidas poco tiene que ver con aquel Epicuro que defendía una vida sobria, frugal, basada en la amistad y en la reducción del deseo. Lo que tenemos es otra cosa: un epicureísmo de escaparate, perfectamente integrado en la economía turística y de servicios del capitalismo maduro. No trabajar demasiado, pero para consumir experiencias, viajar y conocer anecdótica y programadamente otras realidades. Para exhibir nuestra apariencia de felicidad y bienestar, para llenar las redes sociales de atardeceres románticos, brunchs exóticos y retiros de autocuidado que cuestan lo mismo que un mes de alquiler.

Canarias es el escenario ideal para esta farsa: un territorio vendido como paraíso, donde el placer de las tres eses –sun, sand, sex– es mercancía y la felicidad un mero producto con IVA reducido. Mientras parte de la población sirve cócteles y limpia apartamentos, otra consume la promesa de una vida relajada, y auténtica. Pero esa vida es el privilegio del que puede pagarla. El placer también se privatiza.

Estas fórmulas depiladas de estoicismo y epicureísmo aparecen como dos relatos opuestos que, en realidad, cumplen la misma función: desactivar el conflicto. Uno pide aguantar y resignarse. El otro invita a evadirse. Ninguno cuestiona las bases de las vidas que vivimos, ni el modelo económico que sostiene la desigualdad crónica de las islas. Ambos encajan como un guante en lo que el filósofo Byung-Chul Han llama sociedad del rendimiento, un sistema donde el individuo se explota a sí mismo creyendo que es libre. Esa sociedad adopta una forma especialmente perversa en Canarias: se glorifica un ideal de vida placentera que la mayoría no puede permitirse. El trabajador debe ser estoico en su turno de doce horas y epicúreo en su tiempo libre, aunque ese tiempo sea escaso y esté colonizado por el cansancio.

El resultado es un archipiélago agotado. Cansado física y mentalmente. Con problemas crecientes de salud mental, con jóvenes que retrasan cualquier proyecto vital, con una sensación difusa de estancamiento que ni el incremento del PIB ni los récords turísticos disimulan. Se nos dice que vivimos en un lugar privilegiado. Pero el privilegio, como casi todo, está mal repartido.

Quizá el error esté en aceptar esta falsa elección: o resignación serena o placer compensatorio. Tal vez la pregunta relevante no sea cómo soportar lo que hay, ni cómo evadirse de ello, sino por qué aceptamos que no puede ser de otra manera. Por qué renunciamos a pensar el trabajo, el tiempo y el bienestar como cuestiones políticas y no como problemas individuales. Porque no hay serenidad posible cuando el futuro es una amenaza constante, ni placer auténtico cuando se vive siempre al límite. Porque ninguna filosofía merece la pena si sólo sirve para enseñarnos a aceptar mejor a lo intolerable.

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