Opinión | Retiro lo escrito
Discursos navideños

Fernando Clavijo en un momento de su discurso en La Palma. / El Día
El presidente Fernando Clavijo decidió pronunciar su discurso de fin de año delante de la imagen de una platanera. Es como si hubiera puesto de fondo a un tipo de rodillas a punto de ser guillotinado. En las últimas tres semanas el precio del plátano canario en la Península –prácticamente su único mercado– se ha desmoronado de nuevo. Demasiado plátano canario y como competencia una banana bastante más barata. Los precios se arrastran cada vez más bajo y se ha llegado ya al punto que ni siquiera la subvención que se paga por kilogramo de fruta gracias al programa Posei puede garantizar la rentabilidad de las plantaciones. Los precios no comenzarán a recuperarse hasta febrero y, especialmente, a partir de marzo. La producción platanera sufre una agonía con respiración asistida, pero el oxígeno de la bombona es cada vez más insuficiente.
Clavijo dijo que era optimista. Los políticos, todos los políticos, son profesionalmente optimistas en las democracias contemporáneas. Antes, por supuesto, no era así, y Antonio Cánovas del Castillo –sin duda la figura política más inteligente y astuta del siglo XIX español– era capaz de proponer, a la hora de introducir en la Constitución de 1876 una definición de español, algo así como «pongamos que es español todo aquel que no puede ser otra cosa». En realidad toda la Constitución de 1876 es un monumento al escepticismo político, un quiero y no puedo democrático. Los políticos actuales, en cambio, no se limitan a representar más o menos canovistamente a los ciudadanos, sino que supuestamente han sido elegidos para resolver problemas de acuerdo con los diagnósticos y las soluciones de sus programas. Por eso solo pueden ser optimistas, porque metaforizan una solución. Un político pesimista sería entendido directamente como un auténtico fraude, como un farsante. Y sin embargo a los ciudadanos, mayoritariamente, les exasperan ahora los políticos que ondean el optimismo como una bandera promisoria: la distancia entre la sonriente esperanza en los gobernantes y la puñetera experiencia de la realidad es para muchos intransitable, cuando no indignante.
En nuestras sociedades –incluida la sociedad canaria– un objetivo como el expresado por el presidente del Gobierno autonómico, ese de conseguir mejorar la vida de sus conciudadanos, se antoja a muchos demasiado vaporoso. Todos los gobiernos deben tener como objetivo básico mejorar la vida de los que le votaron y los que no le votaron. Que un gobierno afirme que está decidido a mejorar la vida de los ciudadanos es como si propugnara firmemente que el agua moje, como si decidiera ser absolutamente inclaudicable en que pueda respirarse todos los días o como si se conjurase para no cejar ni un minuto en que amanezca a diario. No están ustedes para otra cosa ni esperen un estremecido e interminable agradecimiento si hacen mediadanamente bien su trabajo. Es curioso lo de los discursos televisivos de los presidentes autonómicos, que han terminado por teñirse de cierto monarquismo. No se anuncian medidas ni acciones concretas. Los problemas colectivos se citan con un grado de abstracción lo suficientemente vago como para no molestar demasiado a ningún sector. Las contradicciones sociales y las expresiones de malestar se disuelven en un buen rollito festivo y la apelación a la unidad acude inevitable. Y eso es más o menos todo.
Entre 1933 y 1944 el presidente Franklin Delano Roosevelt transmitía casi todas las semanas, a través de un programa de radio, breves discursos que terminaron conociéndose como Fireside Chats (Charlas junto a la chimenea). Roosevelt explicó a sus compatriotas –que siempre le votaron masivamente– la evolución de la Gran Depresión y los avatares de la II Guerra Mundial con un lenguaje llano y preciso, con pocas pero fundamentales cifras, sin alharacas sensibleras pero convocando a la victoria, a un futuro de justicia social y el triunfo de la razón democrática. Y ni siquiera era Navidad.
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