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Opinión

2026

Óscar Fernández Calle (Vox) y María Guardiola (PP).

Óscar Fernández Calle (Vox) y María Guardiola (PP). / EL PERIÓDICO

Las creencias compartidas que han regido la Europa del último medio siglo están siendo sustituidas por otras convicciones.

El populismo de derechas ha llegado a la política europea para quedarse. España no será una excepción, como hemos podido comprobar en las recientes elecciones extremeñas. Lo desconocemos aún casi todo de su ideología; más allá de que compendian los instintos básicos del nacionalismo, sea el español en el caso de Vox o el catalán en el caso de Aliança Catalana. Es decir, soberanismo frente a un internacionalismo que, con mayor o menor fortuna, ha caracterizado el experimento europeo de este último medio siglo; y una visión primordialmente étnicocultural de lo que constituye la ciudadanía. La incógnita ideológica a despejar es todo lo demás: ¿representan estas formaciones un intento de volver a los valores de un cierto cristianismo de raíz conservadora o ejemplifican una forma moderna de neopaganismo? ¿Qué tipo de cooperación buscan en el ámbito internacional? ¿Su modelo económico es un Estado protector con fuerte intervención pública o, al contrario, su aspiración sería el liberalismo extremo de un Milei, pongamos por caso? ¿Cuál es su concepción del Estado del Bienestar, de la cultura, de la educación y de la libertad? ¿Se trataría de un wokismo con sus valores invertidos o de un mercado libre de las ideas? Son preguntas para las que no tenemos respuestas y probablemente no las haya.

Me explico: si observamos con cierta atención el fenómeno electoral del trumpismo, lo que detectamos es una alianza emocional entre corrientes ideológicas opuestas. Por un lado, las elites libertarias que anhelan reducir al mínimo la presencia del Estado, al que consideran un moderno Leviatán. Por otro, el hartazgo de los excluidos de la globalización: de los «trabajadores de cuello azul»; de los pequeños propietarios que padecen las consecuencias de la deslocalización, la locura burocrática y los altos impuestos. Y, finalmente, la aportación del votante conservador tradicional, partidario de la ley y el orden pero no revolucionario. Armonizar estas distintas voces, tan opuestas en su sustancia ideológica, parece una misión imposible. La ausencia de una línea coherente de actuación en las políticas de la actual administración americana, visible en sus vaivenes, es ya un hecho innegable.

Las tendencias políticas españolas marcan una progresiva sustitución del voto del PP por el de Vox y del voto de Junts por el de Aliança Catalana. Desde luego, esta dinámica puede consolidarse o no. Pero parece inevitable que, en los próximos años, estas formaciones vayan asumiendo mayores cuotas de poder, seguramente en tensión con sus socios de gobierno. El futuro es siempre una incógnita y quizás las ideologías fuertes estén sólo de paso, antes del retorno a una cierta moderación. Lo sabremos dentro de un tiempo.

Llegó 2026 y esta tensión interna de la derecha –y aún más con respecto a la izquierda– se irá magnificando. En su discurso navideño, el rey alertó de la falta de unidad del país. No parece que vaya a corregirse a corto plazo, porque en realidad esto no interesa a casi nadie. Las creencias comunes que hicieron posible en Europa el milagro de la segunda mitad del siglo XX van siendo sustituidas por otras vigencias ideológicas, por otras sensibilidades que responden al creciente malestar social. Hay demasiado ruido ambiental como para regresar a una senda compartida. La geopolítica, tan lejana, va abriéndose también paso en forma de amenaza militar. Una posibilidad que nos conduce a lugares inquietantes.

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