Opinión | RETIRO LO ESCRITO
La campana y el periodismo
Con toda sinceridad sostengo que a la gran mayoría de los ciudadanos de las capitales canarias no les interesa esta porca miseria que mueve muchos cientos de millones de euros anualmente

Imagen de archivo. / ED
Todo periodista –sea lo que sea un periodista – es un fisco egomaniaco, por lo que inevitablemente un simple momento de pereza para escribir se convierte en una reflexión tenebrosa sobre el futuro del periodismo. Pero son las primeras horas del año y quizás pueda admitirse como excusa preguntarse cómo va el oficio. La respuesta es ambigüa y confusa. Nunca se ha hecho mejor periodismo y jamás se ha hecho peor periodismo. También ustedes (los que leen este articulejo) tienen una parte de responsabilidad. Porque hay cosas que ustedes no quieren leer o que ya no leen nunca. El periodismo es una conversación, por supuesto, y también una transacción. Si los lectores no exigen nada nada les será dado. Por ejemplo, las simpáticas mafias que operan en los sures turísticos de Tenerife y Gran Canaria. Lo único que solemos contar son las detenciones de este o aquel grupito de delincuentes.
A veces son operaciones policiales relevantes que desarticulan –al menos momentáneamente – a las organizaciones delictivas. Pero, por supuesto, queda la incómoda pregunta de cómo tales organizaciones han conseguido instalarse en sus territorios, cómo prosperan y, en definitiva, con qué ramificadas complicidades cuentan. En las islas centrales operan media docena de mafias, desigualmente desarrolladas, que se ocupan de la venta de drogas, el blanqueo de dinero, la prostitución o la extorsión. Están prosperando. Por supuesto que se producen y reproducen conflictos y fricciones internos entre los mismos delincuentes. Viven todos tan próximos, tan juntitos. Los juzgados – por mencionar algo al azar – se encuentran tan sobrecargados de trabajo. Los sueldos de la policía son tan modestos (2.000 euros mensuales en la Escala Básica, unos 2.500 mensuales un inspector). Una hipótesis realista: la delincuencia organizada ha sabido, para evitarse problemas, no acercarse a las capitales, aunque en alguna que otra ocasión no pueden evitarlo, porque necesitan eliminar algún asunto.
En los municipios capitalinos (o los limítrofes) opera una delincuencia peor organizada pero más changa y a ratos más brutal pero, al mismo tiempo, cada vez más activa. Por el momento se respeta la vieja norma: en Santa Cruz o en Las Palmas no meterse, al menos estructuralmente. Que sus habitantes sigan viviendo en su burbuja de tranquilidad. Son escasísimas las preguntas parlamentarias sobre este asunto. Son definitivamente raros los debates en los cabildos, no se diga en los municipios pujantes de los sures turísticos. Este silencio refleja la colectivización de una feliz disonancia cognitiva. No existe la delincuencia organizada. No existe la entrada y distribución de drogas ilegales y, por lo tanto, han desaparecido del mapa político, sanitario y mediático las drogodependencias. No existe la trata de blancas ni varios miles de mujeres ejerciendo la prostitución en condiciones de explotación brutales en las zonas turísticas. No existen las palizas, los apuñalamientos, las intoxicaciones etílicas, las silenciosísimas muertes por sobredosis antes o después del amanecer.
Con toda sinceridad sostengo que a la gran mayoría de los ciudadanos de las capitales canarias no les interesa esta porca miseria que mueve muchos cientos de millones de euros anualmente. A veces – es difícil erradicar las malas costumbres – pienso en que al periodismo solo le queda una suerte de sacrificio ritual para poder tocar la campana. No sé si conocen un cuento estupendo del gran Giorgio Manganelli. Un campanero recibe la visita de un par de jóvenes de gran belleza; en cuanto entran en su taller, se presentan como dos ángeles. Le encargan una gran campana que deberá tocar un día, a una hora precisa, para anunciar el fin del mundo. El campanero, que es el periodista en este relato, trabaja esforzadamente para forjar la más sonora y bella campana durante un año, y acaba solo tres minutos antes de la hora para anunciar el final de los tiempos. Aparecen los ángeles, ruborizados: se habían equivocado con la fecha. Pero el campanero no está dispuesto a tolerarlo. «¿Cómo que un error? ¡De ninguna manera!» Y entonces tira de la cuerda, la hermosa campana suena magnífica, todo se oscurece y se abren los cielos y la tierra.
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