Opinión
Reyes en techos de uralita

Los Reyes Magos ya están en Santa Cruz de Tenerife / Andrés Gutiérrez
¿No hay más? Es la pregunta más repetida por miles de niños y niñas el día 6 de enero. Nunca es suficiente, porque cuanto más les das, más van a pedir. Canarias no sufre escasez de regalos infantiles. Sufre, más bien, una inflación de juguetes que ni el Banco Central Europeo sabría frenar. Reyes se ha convertido en una especie de Black Friday emocional en el que Melchor, Gaspar y Baltasar compiten con abuelos, tíos, padrinos, vecinos bienintencionados y padres con cargo de conciencia por dejar de regalar tiempo. Sentimientos de culpa por comprar presencia y afecto. El resultado es un niño hiperregalado, saturado y menos feliz.
No son la mayoría, porque tristemente la pobreza infantil en Canarias es tremendamente alarmante. Existe una solución, no sé si utópica o distópica: llevar al Parlamento un proyecto de ley que limite la compra de regalos infantiles en fechas señaladas como Reyes o Navidad para evitar la hiperregalización de niños y niñas. Desde una perspectiva de derechos de la infancia, la hiperregalización no es un asunto menor. El Parlamento ya legisla para proteger a la infancia frente a la violencia, el abuso o la explotación digital. ¿Por qué no hacerlo también frente a un modelo de consumo que, sin ser violento en apariencia, erosiona silenciosamente el bienestar emocional?
Si analizáramos pormenorizadamente lo que regalamos, nos daríamos cuenta de la cantidad de cosas que son completamente prescindibles. Familias que viven bajo techos de uralita mientras se hipotecan para comprarles a sus hijos cientos de regalos que comprometen la economía del hogar. No llegan a fin de mes, pero sí solicitan créditos al banco para llevarse la Play 5 o el bolso de Gucci que pide la sobrina. Hasta ese punto llega un modelo devorador de consumismo insostenible.
Este mes la nevera solo tiene cuatro yogures y tres huevos, pero el salón parece una juguetería. Hay que tener más regalos que el vecino, y presumir en el colegio de la ropa de marca y los complementos que dan apariencia de algo que no somos. Algunos psicólogos y educadores defienden lo que se conoce como la «regla de los cuatro regalos», una propuesta sencilla que invita a limitar el número de obsequios, especialmente a partir de los cuatro años, para preservar la ilusión infantil y favorecer un consumo consciente.
El primer regalo puede tratarse de un juguete, pero también de un objeto vinculado al movimiento y la actividad física, como una bicicleta, un patinete o unos patines, que además de divertir, fomentan hábitos saludables. El segundo regalo debería ser algo que pueda llevar o usar en su día a día. Una prenda de ropa, unas zapatillas deportivas, una sudadera o un complemento práctico como una mochila escolar o un reloj ayudan a integrar el regalo en la vida cotidiana y a darle un valor funcional.
El tercer regalo se orienta al aprendizaje y la creatividad. Los regalos educativos no tienen por qué ser aburridos; al contrario, pueden resultar muy estimulantes. Libros adaptados a la edad, puzles, juegos de construcción, material para manualidades o pequeños kits de experimentos. Por último, se propone regalar algo que realmente necesite. Puede ser material escolar, algún objeto para su habitación o un accesorio relacionado con sus actividades extraescolares.
Menos paquetes y más tiempo. Menos ruido y más juego; menos cantidad y más significado emocional. Quizás ahí radique el mejor de los regalos.
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