Opinión | Retiro lo escrito
La lista del año

La lectura puede servir para dar un cambio a tu vida. / SHUTTERSTOCK
El amigo Eduardo García Rojas ha resumido las pérdidas del año que está a punto de acabar en su suplemento literario: los escritores que han desaparecido a lo largo de 2025. Si usted le suma a los políticos, artistas, científicos, deportistas, periodistas y otros animales domésticos la cifra parece y quizás sea escandalosa. Pero nos confundimos. En la gaveta de nuestro asombro, bien doblada como unos calcetines desgastados, está la vejez. Muere más gente porque era nuestra gente, la gente que conocimos y a menudo tratamos, y como somos cada año más viejos, estos pesados se nos mueren cada vez más. Por lo demás hace apenas un siglo el porcentaje de escritores, periodistas y juntaletras en general era mucho menor que en la actualidad. En un articulo Larra se reía de la fama de un escritor sustentada en dos sonetos, una égloga y un artículo en una revista literaria que publicó tres números. Entonces era más que suficiente para ser considerado un talento literario. Ahora es todavía peor. Hace poco, por motivos profesionales, estuve repasando artículos y crónicas de un periodista que falleció hace algunos años, un periodista con trazas de gastrónomo muy conocido, muy altanero y muy personaje, y me quedó estupefacto de lo malo que era: poca formación, ninguna información y prosa abaratada. Cada diciembre la nómina de los muertos mínimamente ilustres será mayor, más agobiante en su medianía repetitiva, y habrá que empezar escribirla en primavera, porque los muertos se acumularán enseguida. Me he asomado a la lista de este año, como a un pozo de sucias aguas estancadas, y sinceramente, hubiera evitado como mínimo a las tres cuartas partes de los fallecidos, porque después de su deceso somos nosotros, y no ellos, los que descansamos en paz.
Mucho más interesante son los muertos que hemos decidido crear en los últimos doce meses o que nos han matado con la certeza de una ballesta. Los que se nos han muerto aunque sigan vivos y quizás una tarde insignificante pasen con la máscara de una sonrisa triste por nuestro funeral. Los que nos traicionaron sin despeinarse ni perder el apetito. Los que nos olvidaron con usura, intensa y progresiva y meticulosamente, durante lustros. Los que dejaron de escucharnos y, no obstante, seguían sonriendo y asintiendo. Los que nos perdieron todo respeto como quien pierde el feo vicio de fumar o la costumbre oscura de reírse de los tullidos. Los que se marcharon cinco minutos para jamás regresar. Los que se despidieron con un beso en un aeropuerto cualquiera y nunca más volviste a ver y sabes que en su casa, no demasiado lejos, una casa de pisadas blancas y silenciosas sobre un suelo tibio al amanecer, jamás te han recordado. Los que fueron una vez tu familia y ahora vagan como sombras por una memoria deshabitada, cenicienta y tartamuda. Los que huyeron cobardemente, como perros asfixiados por su propio hedor, para evitar que descubriéramos finalmente su ruindad y cobardía. Los que aprovecharon para no pronunciar una palabra más cuando descubriste, agotado, que no podías dirigirles más palabras, la lengua rota y el alma exhausta. Los que te despertaron una mañana con la noticia que nunca más podrías dormir. Los que callan ya para toda la eternidad, los que se empeñan en ser saludados como si no fueran fantasmas en carne vida, los que se pudren bajo el sol proclamando su triunfo, su éxito y sus billetes. Los que han muerto con los ojos abiertos y te observan fijamente en las madrugadas espasmódicas y has de arrastrar cuando se disuelve a la noche al sótano que no tienes. Los que te leen y los que no te leen y los que creen que te han leído o que no lo han hecho nunca. Los que se acercan y muerden. Los que muerden aun muerto con el cariño de pirañas de tierra firme. Los que nunca se acaban, ni siquiera muertos, y se te acercan mientras caminas como un pordiosero a la orilla del mar y te preguntan, como una maldición, si han leído su último libro, si conoces el chisme pútrido de uno de sus enemigos, si te parece que ese tipo merece la Medalla de Oro de Canarias. Todos están aquí, muertos asesinos, asesinos casi definitivamente muertos, y la lista va creciendo hacia el fin del año, hacia el fin de todos los años.
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