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Opinión

Bailar de lejos no es bailar

Operación nevada en el Teide

Operación nevada en el Teide / Andrés Gutiérrez

El muestrario de cosas viejas es muy amplio: el hilo negro, el café de achicoria, los teléfonos fijos, las canciones de las murgas, la gente que se abalanzan al coche en cuanto nieva en el Teide, los camareros misantrópicos, las catástrofes del Club Deportivo Tenerife, las tartas de queso, el horror ruin y chabacano que transforma la plaza de España y sus alrededores durante la Navidad. Pero hay algo más viejo y más insoportable que cualquier otra cosa: el llamado flamígero a la unión de las izquierdas para frenar en seco -y desde luego heroicamente- a la derecha y, ahora mismo, a la ultraderecha.

Como le ocurre a los viejos baladistas a Román Rodríguez le queda una y solo una de sus canciones: bailar de lejos no es bailar. Las izquierdas deben bailar pegadas para impedir que en las próximas elecciones la ultraderecha gane o condicione fuertemente al ganador, es decir, al PP. Parece un mensaje muy claro y explícito, pero en realidad se esconde a sí mismo muy bien. «La palabra es lo único que oculta lo que la palabra dice», según un apotegma de Raimon Panikkar. Las encuestas electorales más recientes le conceden a Nueva Canarias entre dos y tres escaños, es decir, que el partido de Rodríguez quizás no consiga siquiera grupo parlamentario. El nacionalismo de NC ha quedado dañado por su alineamiento inquebrantable y acrítico con el PSOE en el poder y en la oposición autonómica, por lo que el líder y fundador cree que debe insistirse en el eje izquierda/derecha. La crecida de la ultraderecha debe proporcionarle a la capitidisminuida Nueva Canarias un bálsamo de Fierabrás, una épica revitalizadora, un relato profético. En sus conversas con dirigentes de otras organizaciones -por ejemplo, Podemos- el exlíder de NC siempre termina advirtiendo paternalmente que su desinflado partidete debe encabezar la alianza de las izquierdas en Canarias «porque somos los que tenemos más presencia en las instituciones y más votos».

Toda esa vaina eructante de la unidad de las izquierdas en una salvífica alianza electoral se ha mostrado una y otra vez como lo que es: una fantasía para los frentistas ingenuos y un cuento manipulador para los sinvergüenzas que quieren servirse del esfuerzo ajeno con el objeto de arañar algunos centenares más de sufragios y punto. La historia de las elecciones canarias -municipales y locales- en los últimos cuarenta años lo avala. Como ha explicado Jesús Fernández Villaverde, «los detalles de los sistemas electorales importan mucho». Una alianza político-electoral de izquierdas en Canarias solo tendría sentido a) si el voto de la izquierda no psocialista fuera relevante, y no lo es, y b) si existieran partidos de izquierdas arraigados en territorios concretos -como lo ha sido de facto Nueva Canarias- que sumaran desde la circunscripción insular. No se cumplen ninguna de estas condiciones y por tanto las alianzas resultan inservibles, salvo para cantinflear dos minutos en la tele o en las redes. Sin embargo, lo que más me estomaga de estas operaciones, sean reales o fantasmales, es la inaudita soberbia en la que están embadurnadas. Las izquierdas no asumen absolutamente ninguna responsabilidad de la deriva electoral hasta las derechas autoritarias e iliberales. Absolutamente ninguna. Al parecer los ciudadanos votan a Vox (y al PP) por despiste o, como insinuaba el otro día la flamante secretaria de Organización del PSOE, porque no se enteran de nada, cabe decir, porque no saben votar como es debido. Cualquier autorreflexión crítica está vetada. En ese sentido NC es un ejemplo. Su seguidismo al PSOE ha sido, a veces, escandaloso, y entre 2019 y 2023, para continuar en el Gobierno autónomo, cerraron los ojos ante la (anti)política migratoria de los socialistas en Canarias o se mostraron complacientes cuando Pedro Sánchez se situó junto a los intereses de Marruecos en el Sahara Occidental, ninguneando miserablemente a los saharauis. Es precisamente el ensoberbecido cesarismo de Román Rodríguez y su desprecio a la democracia interna lo que lleva ahora a NC al infarto electoral y a clamar por la unión bailonga de las izquierdas. Qué cosas.

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