Opinión | Retiro lo escrito
El budismo como solución

Infografía del Tren del Sur de enerie / El Día
Hace algunos años, tal vez cuatro o cinco, sostuve en un articulejo que el problema de la movilidad en la isla de Tenerife era irresoluble. Cabían pequeñas mejoras, desatascos parciales, el auxilio de mejorar cuantitativa y cualitativamente el transporte público, pero nada más. Me escribieron mucho por ese artículo, generalmente correos y mensajes con un tono censor. Uno de los argumentos más repetidos por los críticos señalaba que ya se había llegado al máximo de vehículos por habitante, señalando cocientes de Madrid, Barcelona o Sevilla. Estaban equivocados.
El aumento de turistas (y de migrantes de la Península, Europa y Latinoamérica fundamentalmente para trabajar en hoteles y restaurantes) lleva implícito un aumento inevitable del parque automovilístico y el número de personas en tránsito por autopistas y carreteras. En el año 2019 Tenerife recibió 5,7 millones de turistas; en el 2024 se superaron los 7,2 millones de visitantes. En ese quinquenio los residentes en la isla aumentaron en cerca de 30.000 personas. Todo es exagerado, patético y manicomial. Fuerteventura ha doblado su población en 20 años.
En esas condiciones demográficas deviene imposible reconducir sensata y eficazmente la movilidad de las islas. En Tenerife Las colas no afectan exclusivamente a la TF-5, por supuesto. El pasado lunes, las carreteras del sur tinerfeño casi colapsaron. Habitualmente saturadas, bastó la casualidad de algunos accidentes de tráfico para que varios miles de automóviles, camiones y camionetas se paralizaran durante tres, casi cuatro horas. Alrededor de la TF-1 se expandió un infierno a varias vías de acceso y salida desde y hacia la autopista del Sur. Si querías divertirte un rato bastaba con seguir los comentarios de los automovilistas en la red social X. Lo hilarante –como ocurre siempre– es la indignación de los automovilistas, incapaces de reconocer que los causantes del colapso de autopistas y carreteras son ellos mismos. El automovilista jamás se reconoce responsable de nada, pero especialmente, está convencido de que nada tiene que ver con los atascos. Uno de los mitos de consumo más profundamente instalado en las últimas generaciones es el coche, máquina prodigiosa que recibe la consideración de una extensión corporal y espiritual de su conductor y propietario. Un bien sacralizado del que puede hacer un uso irrestricto en cualquier circunstancia porque se entiende que el automóvil es un símbolo y a la vez un instrumento de la incuestionable libertad del individuo. Aquel que no gasta automóvil y no conduce es visto como una combinación de pobre de solemnidad y tarado.
Es una completa estupidez suponer –no se diga pregonar– que ocurrencias como el tren del sur resolverán la situación de la movilidad en Tenerife o en Gran Canaria. Con un coste desorbitado el tren milagroso causará un destrozo enorme y su beneficio será casi marginal. Más razonable sería mejorar rápidamente el acceso a Los Cristianos y desplazar parte del tráfico marítimo hacia La Gomera y La Palma a un puerto de Granadilla definitivamente terminado y readaptado (en parte) como nodo de transporte interinsular. Y aun así se tratará de un parche. Un parche necesario y útil, pero un parche. Porque la única manera efectiva de mejorar la movilidad en este terruño es limitando (disminuyendo) el tráfico rodado. Algo imposible. Necesitamos el coche para huir de los problemas y dificultades que impone el tráfico que genera el coche. ¿Cómo va a regular y limitar el uso (el abuso) del automóvil una economía de servicios turísticos y comerciales?
Y más allá de lo puramente económico está la ideología social del automóvil tal y como ha describieron Iván Illich y André Gorz: el coche no es bien de consumo más, es una identidad y una forma de ejercer (supuestamente) la libertad individual. Pronto aguantaremos un millón de vehículos motorizados rodando por Tenerife y llegaremos a los 3.500.000 desplazamientos diarios en la isla antes de 2030. La única solución pasa por convertir a los tinerfeños en budistas para que aprendan que el tiempo es solo una ilusión.
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