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Opinión | Análisis

Pedro Afonso

Liderazgo social: La herramienta para construir el futuro

Rubén Duque, experto en liderazgo de equipos de alto rendimiento

Rubén Duque, experto en liderazgo de equipos de alto rendimiento / Luis Ramírez

Sin resultados no hay sostenibilidad. Lo ideal en la gestión empresarial —en la toma de decisiones, en la gestión de equipos, del talento y del liderazgo— no es el brillo personal. Las empresas deberíamos tomar decisiones con un nivel muy alto de preparación previa, con detalle y adaptabilidad al problema previsible.

Una empresa también es un estado de ánimo: es la sincronización entre tu estrategia y las emociones de tu equipo. Hay que tener la habilidad de identificar a los auténticos profesionales, que, más allá del conocimiento, son capaces de aportar resiliencia en los procesos; coordinar a quienes aspiran con quienes ya están consolidados; unir el hambre por el éxito con la gestión de la experiencia.

Fichar a los mejores puede ser fácil, aunque caro. Lo importante es construir un equipo que se complemente y que funcione como sistema, más allá de los personalismos. Necesitamos reforzar el talento en todos los campos de la empresa, no solo en la dirección.

Los retos, en el fondo, suelen ser sencillos: localizar el objetivo, planificar una estrategia y ejecutarla con brillantez y eficiencia en todos los procesos, desde la compra hasta la venta, el cobro y la gestión. Se puede fallar, pero siempre debemos tener en el horizonte que tenemos que ganar: no olvidemos que esto es una empresa, se basa en el riesgo.

Liderar es servir: mantener un compromiso, sostener un comportamiento y ejercer un control permanente de los detalles. No importan los seguidores. También debemos ser conscientes de que tenemos que competir con nosotros mismos y mejorar de manera constante.

Sin resultado no hay sostenibilidad. Y sin sostenibilidad, todo lo demás —cultura, talento, propósito— se queda sin suelo. Por eso el liderazgo no va de brillo personal: va de preparación, de detalle y de adaptación.

Pero este liderazgo no puede quedarse solo en lo íntimo de la empresa ni en la épica social entendida como “buenas intenciones”. El liderazgo que transforma —el que Lincoln intuía como deber moral y como responsabilidad histórica— tiene que institucionalizarse: practicarse con compromiso también en la representación social y en el ámbito público y político.

Porque si el liderazgo no se sienta donde se deciden las reglas, otros lo harán por nosotros. Y entonces la empresa será solo un ejecutor de consecuencias, no un actor de futuro. Liderar, por tanto, también es representar: poner el interés general por encima del personalismo, defender acuerdos que funcionen, sostener coherencia entre lo que se exige y lo que se aporta, y asumir el coste de la responsabilidad cuando no hay aplausos instantáneos.

El liderazgo real no se mide solo en discursos: se mide en instituciones, en acuerdos, en marcos, en confianza, y en la capacidad de unir lo público y lo privado para que el sistema funcione.

¿Qué estás reforzando hoy en tu empresa: el “talento de dirección” o el talento del sistema completo?

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