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Opinión | El recorte

El discurso y el elefante

El Rey Felipe VI

El Rey Felipe VI / POOL / Europa Press

Ya estuvimos ahí, dijo el rey de los españoles en su discurso de Navidad. No se refería a un lugar, sino a un tiempo: el del populismo, el extremismo y el enfrentamiento fratricida que se vivió en la España del siglo pasado. Habló de la necesidad del entendimiento y de la convivencia, que se basan en el respeto a los demás, y sentenció con una de esas frases redondas: en democracia las ideas propias nunca deben ser dogmas ni las ajenas amenazas. ¡Qué bonito! Con una frase así nunca se habría aprobado la Ley Mordaza.

La evocación de Felipe VI del fracaso de la república española y el baño de sangre que vivió el país con el golpe de estado, la guerra civil y la dictadura, es en realidad una alusión a un país extranjero. Uno que es completamente ajeno a los españoles de hoy. A los jóvenes y migrantes, porque jamás lo vivieron y nunca lo han estudiado. Y a los ancianos porque han sido deformados por su ideología y han creado un mundo de fantasías que perpetúa el mismo sectarismo y enfrentamiento que llevó a los españoles a las trincheras. Se morirán con sus viejas ideas, igual de falsas sean del bando que sean. Porque la triste verdad es que todos los bandos, en un momento dado, fueron igual de criminales y suicidas. Pero el rey liberal no hablaba del pasado. O mejor dicho, habló del pasado para hablar del presente. Lo utilizó como excusa para descalificar a los extremistas y populistas de hoy que vampirizan el descontento y pretenden estimular las emociones más básicas de los ciudadanos. Un paraguas tan amplio que igual sirve para poner debajo a los patriotas de Abascal que a los independentistas de Puigdemont. Aunque también tuvo palabras críticas para quienes les ofrecen materia prima para dudar de las instituciones debilitadas por el descrédito, la corrupción y el escándalo.

La opinión de los extremistas y los radicales la expresó mejor que nadie una joven podemita con pañuelo palestino al cogote que afirmó, muy seriamente, que el rey sigue jugando a favor de los fascistas. Debió querer decir de los franquistas, que no son exactamente lo mismo, pero es lo que tiene la juventud, que anda floja de historia. Su desvaída opinión viene avalada por el peso de esos partidos en el actual Gobierno del mismo país al que se supone que representa el Jefe del Estado. O sea que, si nos ponemos exquisitos, resulta que Felipe VI está contra los extremistas de un país que está cogobernado por los extremistas. Es una maravillosa contradicción genuinamente española.

El rey, en su discurso de Navidad de este año, solo puede hablar de generalidades. Tiene que guardar las formas de la democracia a las que viene obligado en razón de su cargo. No es lo mismo, por ejemplo, que el presidente del Gobierno de España. Pedro Sánchez, que sí decidió coger «su» discurso navideño y adelantarlo al 15 de diciembre porque le venía al pelo meterse un anuncio publicitario de la brillante gestión socialista justo en la semana anterior a las elecciones en Extremadura. «Trabajos de amor perdidos», como escribió Shakespeare, porque no le sirvió para nada.

El problema es cuando no puedes hablar del elefante en la habitación y estás grabando un mensaje que va a escuchar mucha gente que sí lo ve. Las volutas retóricas del discurso real y las metáforas del fatal destino al que lleva la entropía social quedan muy bonitas. Pero la gente se da cuenta de que no estás hablando del elefante.

Si existe un creciente número de ciudadanos que están desencantados de las instituciones democráticas, igual tiene algo que ver con el hecho de que las sostienen con su esfuerzo fiscal y están cabreados. O sea, el elefante. El ministro que colocaba a sus amigas. El asesor que negociaba contratos de mascarillas. El secretario de organización socialista copropietario de empresas que trincaban obra pública. El rescate de 53 millones de euros tirados a la basura de una compañía aérea que no tenía aviones…

Por eso, mientras el Rey hablaba y se movía por el Salón de Columnas del Palacio Real, se podía atisbar detrás el fantasmal perfil de un gigantesco elefante que defecaba. Cada uno a lo suyo. Felipe VI animando al equipo. Y el elefante cagándola.

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