Opinión | Risas y fiestas
Pureza e impureza

Pureza e impureza / Adae Santana
Lo aleatorio es un tesoro. Sin ninguna duda. Nuestros cuerpos tienen memoria, y nuestra memoria tiene cuerpo. Eso quiere decir que no decidimos las cositas que se nos van quedando pegadas al vivir: vemos algo y nos impacta, vemos algo y no nos impacta, vemos algo muchas veces repetido o vemos algo en un momento en el que estamos prestando una atención concreta y de repente pum, se nos mete dentro y no nos damos cuenta y empieza a formar parte de nosotras. Me parece fascinante pensar en todo lo que no sabemos que sabemos, en todo lo que recordamos sin querer, y cómo podemos hacer para sacar esos recuerdos, abrir nuestra gaveta preferida y rebuscar un poco a ver qué objetos antiguos y preciados nos salen,
Para mí, la forma es jugar con lo aleatorio. Anne Carson dice en un poema, explicando a Aristóteles, que la metáfora es un error que hace que la mente se experimente a sí misma. Esto es bellísimo. Lo que quiere decir es que, al soltar una metáfora, estamos juntando dos elementos que no tendrían que juntarse (por ejemplo, pelo y monte) y el cerebro lo lee como un error. Pero a la vez el cerebro lo lee como juego, como literatura, como lo que es, y emprende un esfuerzo enorme por darle sentido y buscar una conexión. Ese esfuerzo lo hace con lo que tiene, usando sus recursos disponibles, y sus recursos disponibles son la memoria: eso que tenemos guardado se manifiesta, y pensamos desde ello. Lo mismo pasa cuando generamos nosotras lo aleatorio. Pero desde un punto un poco más divertido, creo.
Hay una especie de estado de gracia escrituril en el que sientes que las palabras salen un poco solas. Es muy interesante analizar ese estado, porque al final es como un enralamiento compuesto de un montón de permisos. Permiso de no buscar nada concreto, de dejar que el texto se vaya formando como se forma una caspa sobre una herida. Permiso de no tener que hacerlo bien. Y permiso de no tener que buscar un significado literal, racional. Si no está este último, pensamos que la palabra escrita siempre tiene que ser la palabra perfecta, y lo que pasa con lo de la mente experimentándose es que la palabra perfecta nunca va a generar el fenómeno y además quizá ni siquiera nosotras sabemos cuál es la palabra perfecta: si más bien la cosa va de convocar fantasmitas pegados con restos de pegamento viejo latoso. Lo ideal para entrar en «el estado» es confiar en que, salga la palabra que salga, va ahí y significa y algo estará diciendo.
¿Qué estará diciendo? Bueno. A veces no lo entendemos al principio, a veces hace falta más texto, y de repente al terminar nos damos cuenta de que esa cosa de juntar «amor» y «aguacate» venía de una sensación de desayuno con la abuela que. O esa imagen de «los pelos de los peces» se clava directísima en una sensación que nos persigue desde la infancia y nos llena de un asco indecible y ya está dicho, ea. Es como si esa voz de memoria secreta operara un poco sola y no nos pidiera sino una pequeña confianza: quizá las palabras que nos recorren la cabeza obsesivamente no van tan sueltas, tal vez van un poco agarradas o se parecen más a un fluido consecuencia de que a una masa de lenguaje abstracto. Y qué preciosidad.
Es posible que la gente que crea obras que emocionan muchísimo, que nos hacen llegar emociones clarísimas y muy bien relatadas, sea consciente de esto y trabaje desde ese estado de gracia absoluto. Es posible que esa gente, en muchos puntos del proceso, no haya tenido mucha idea de lo que estaba haciendo. Luego sí. Pero la cosa está en la confianza. Confianza en nuestra identidad, en nuestra vida, en que nuestra memoria es valiosa y nuestro relato es valioso e importante. En que no hay que saber hacer nada para hacer nada, hay que construir los métodos desde lo que tenemos (igual que la memoria, por sí sola, construye su método para descifrar las metáforas) sin enmascarar nada. Porque perdemos mucho si no nos tomamos en serio lo que intuitivamente ya hacemos.
No sé, creo que esto es un poco un ánimo para quienes duden de sí y teman su propio balbuceo. Hasta cuando juntamos dos palabras aleatorias sin buscar nada, hay relato valioso. Imagínense todo lo que, más allá de eso, partiendo de eso, podemos hacer. El problema es que nos dirigen al silencio, y esa duda también es eso: la normalización de algo que va contra el hermosísimo ruido humano, tan desordenado y tan como si estuviéramos borrachas de refresco y qué bien. Nada mejor que ese estado caótico y a la vez tan ordenado, con tanto sentido, con tanta importancia.
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