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Opinión | Retiro lo escrito

Vía libre

El presidente del Gobierno, Pedro Sánchez, mantiene una videoconferencia con las unidades españolas en misiones humanitarias y de paz en el exterior

El presidente del Gobierno, Pedro Sánchez, mantiene una videoconferencia con las unidades españolas en misiones humanitarias y de paz en el exterior / EUROPA PRESS

Abundan los indicios para sostener que Pedro Sánchez es la mejor vía para que la ultraderecha consiga un resultado apoteósico a mediados de 2027. No, no creo que Vox consiga para entonces dar el sorpasso al PP, pero es perfectamente posible que sobrepase los 80 diputados. Por supuesto, Sánchez no frena a Vox. Más que nada lo estimula. Lleva cinco años jaleándolo. Ya se sabe que no es una técnica nueva. La utilizaron los socialistas franceses y –en menos medida– los democracristianos italianos en los años ochenta del pasado siglo. Cebar a la ultraderecha para fragmentar todo el espacio sociolectoral conservador, y a continuación se acusa a la derecha tradicional de llegar a acuerdos con los ultras y ya está hecho. Se podía jugar a este juego hace cuarenta y pico años sin problemas especialmente graves. Ahora es un suicidio para la izquierda y una bomba lapa para la legitimación del sistema democrático. Lo es porque el régimen de la democracia representativa está muy debilitado y las promesas reformistas de la socialdemocracia ya no se cumplen. No es nuevo. El PSOE no gana ampliamente unas elecciones desde los tiempos de José Luis Rodríguez Zapatero (2008, 169 escaños). La última vez que triunfó en las urnas fue hace seis años y apenas consiguió 120 diputados. Y sin embargo, delirantemente, los socialistas siguen arrogándose la representación de la mayoría social. Tal y como ha apuntado Jordi Sevilla, en el último lustro no se han impulsado en España políticas de redistribución de la renta –con algunas excepciones valiosas– sino programas asistencialistas. Pero el problema es más grave. El modelo de crecimiento al que el Gobierno central se ha resignado –un ejército laboral alimentado por cientos de miles de inmigrantes, salarios entre bajos y moderados, abandono industrial, turismo y servicios, aprovechamiento no especialmente inteligente de los fondos europeos extraordinarios– dificulta una redistribución continuada, eficiencia y eficaz de las rentas. En fin, una política socialdemócrata consiste, por ejemplo, en una política de construcción de vivienda pública, que en España, por la estructura competencial de las administraciones públicas, solo es posible a través de un amplio pacto estratégico entre el Gobierno, las comunidades autónomas y los ayuntamientos. El ingreso mínimo vital, en cambio, aun sin cuestionarlo, es una medida de carácter existencial, que no resuelve una demanda social fundamental y solo ejerce un efecto paliativo.

La respuesta del oficialismo a las últimas cuitas del Gobierno es un clásico: lo que pasa es que la gente no sabe votar. De nuevo, es un profundo error, e incluso un error peligroso. Lo que ocurre es que la mitad del país está harto de Pedro Sánchez. Y no solo por los escándalos, sino porque se ha extendido la sensación de que el sanchismo no da para más y solo queda una charlatanería enamorada de sí misma, un amor desaforado por sus propias mentiras, una negativa resuelta a corregir el rumbo por parte de un partido cuya aristocracia sabe que lo perderá casi todo si el sistema montado por Sánchez y sus secuaces –ese PSOE excrecencia del Gobierno y su presidente– se hunde. Están luchando por sí mismos: por sus carreras, sus sueldos, sus canonjías, su venturoso lugar en el mundo. Lo harán hasta el último minuto y sin pensar un segundo en pasado mañana y en la trampa delirante en la que han metido a la izquierda –una izquierda que ha renunciado a su vocación de mayoría perdida en el laberinto de las identidades– y al país, un país que solo será mezquinamente próspero si admite la pauperización de sus clases medias, una modestísima productividad y un lugar excéntrico y muy menor en el desarrollo tecnológico de las próximas décadas, incluido, obviamente, el crecimiento y extensión de la inteligencia artificial. La puñetera intuición de millones de electores es que la izquierda ya ha perdido y que no sabe –y en peor de los casos no quiere– dejar atrás la nueva pobreza del siglo XXI: puedo comer y salir al cine dos veces al mes, pero todo lo demás se lo lleva el alquiler y la letra del coche. La ultraderecha tiene vía libre para desplegar sus obsesiones, sus imposiciones, sus crueldades y sus fobias.

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