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Opinión | Un carrusel vacío

Dos peniques

Luces de Navidad de La Orotava.

Luces de Navidad de La Orotava. / ENRIQUE MORA

La Navidad refuerza las ausencias. Nos acompañan durante todo el año, pero, estos días, parecen brillar con más brío, clavarse con más ahínco en el corazón. Y es que, cuando un mismo escenario se repite año tras año desde que alcanza la memoria, cualquier cambio resulta llamativo. Falta gente en la mesa, porque su camino se ha separado del nuestro o porque la muerte ha sembrado su particular abismo. Pero, de algún modo, los fantasmas de vivos y muertos permanecen en esa mesa y nos contemplan con la mirada que recordábamos, una mirada que ya siempre será estática.

En estas fechas, dicen que debemos ser felices y disfrutar de la compañía de los nuestros. La familia, los amigos, las cenas, los regalos, los recuerdos compartidos. Sin embargo, como escribió Neruda, «Nosotros, los de entonces, ya no somos los mismos»: los amigos cambian; incluso el núcleo familiar, que creíamos inmutable, se desvanece. Los optimistas replicarían: ¿y la gente que llega? Pero quienes tendemos a la melancolía nos centramos en aquello que fue y ya no es. Siempre me viene a la cabeza ese villancico que dice: «La Nochebuena se viene, / la Nochebuena se va, / y nosotros nos iremos / y no volveremos más». Para compensar, también está ese otro, a caballo entre el surrealismo y el dadaísmo, en el que los peces celebran la llegada de Jesús «bebiendo» en el río. Como no especifica qué es lo que beben, dejamos volar la imaginación.

Pero los villancicos no suenan en todas las casas. En algunas, no se celebra la Navidad, por falta de ganas o porque no hay con quien hacerlo. La soledad no deseada también brilla más en estas fechas, y se trata de un problema que, según un estudio de la Fundación ONCE y la Fundación AXA de 2024, titulado «Barómetro de la Soledad No Deseada en España», afecta de manera crónica a un 13,5% y, en el momento de la encuesta, a un 20%. A la soledad de las personas mayores hemos de añadir, en los últimos tiempos, el factor de que los vínculos afectivos –ya sean amistosos o sentimentales– son más fugaces, más cambiantes: lo que el sociólogo Zygmunt Bauman definió como «modernidad líquida».

Ante esto, me aferro a las tradiciones: el abeto, el belén, las mismas figuritas de mi infancia… Quienes me rodean me tachan de «conservadora»; no terminan de comprender que estos detalles representan mi pequeña rebelión contra el paso del tiempo: podrá suceder cualquier cosa, que siempre pondré el canguro en las montañas de Belén, o ese ángel al que le faltan los brazos, las alas y hasta la cabeza, porque era el mismo que ponía mi padre cuando era pequeño.

No obstante, incluso a mí me parece incongruente –y me genera una cierta culpabilidad– celebrar fiestas mientras en Gaza a diario mueren personas a causa de la guerra. Aquí nos bombardean con mensajes de paz y amor, pero, en otras partes del mundo, los bombardeos son reales. Sin embargo, seguimos celebrando, riendo, brindando. Por desgracia, casi siempre hay una guerra mientras eso sucede.

El otro día, volví a ver la película de Mary Poppins y escuché, de nuevo, la hermosa canción «Migas de pan», en la que la niñera les habla a los pequeños Jane y Michael Banks de la mujer que se sienta en las escaleras de la catedral de San Pablo y vende comida para las palomas. El padre de los niños, el estricto y ambicioso banquero George Banks, no le concede ninguna importancia a la presencia de la mujer ni comprende que Michael quiera gastar en comida para las palomas los dos peniques que ha ahorrado, en vez de usarlos para abrir una cuenta en el banco. Como dice Mary, él «no ve más allá de sus narices». Hay mucha gente igual que Banks en el mundo, sin una pizca de sensibilidad o empatía, y no suele cambiar a mejor, como el banquero, que acaba convertido en un padre sensible y atento gracias a la intervención de la niñera mágica y de su amigo, el deshollinador, interpretado por el gran Dick Van Dyke, quien, por cierto, cumplió cien años hace unos días y sigue conservando su buen humor. Creo que todos deberíamos ver esa película al menos una vez al año.

Tener empatía no significa que debamos dejar de celebrar la Navidad. Simplemente, que recordemos que existe gente en el mundo que no puede hacerlo: los solitarios, los pobres, los habitantes de países en guerra… Y que acojamos los mensajes de paz y amor que se multiplican en estas fechas durante todo el año, porque, de otro modo, la celebración se convierte en una pantomima. La bondad no depende de una cifra en el calendario. Que, mientras cambie todo en el mundo, conservemos la capacidad de ponernos en el lugar de los demás. Cada uno elige en qué gastar sus dos peniques.

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