Opinión | El recorte
Un concierto diario

Un operario procede a retirar las medidas de seguridad que acotaban el carril bici a su paso por Méndez Núñez, cerca del ayuntamiento. | MARÍA PISACA
Lo reconozco. Inclino el tormo en señal de respeto. Me quito el sombrero. Era extremadamente difícil superar la metedura de pata del carril bici en el centro de Santa Cruz. Podríamos decir que se trataba de algo casi imposible. Una tarea que ni siquiera estaba al alcance de Hércules, el hijo de Zeus, que estranguló al león de Nemea con sus propias manos y le cortó todas las cabezas a la ‘banda del Peugeot’. Pero lo han logrado.
El Ayuntamiento de Santa Cruz pudo peatonalizar la calle de El Pilar. Habría sido polémico, pero revolucionario. Pero no. Alguien dijo un día: ¿qué es lo que menos se usa en Santa Cruz?. Y otro contestó: ¡las bicicletas! Pues nada: decidieron hacer un carril para bicicletas y repartidores de Glovo. Y una mañana aparecieron las rayas pintadas. Y los bolardos en el suelo, para que la gente se fuera tropezando: que mira lo torpe que es la gente que no sabe caminar por la ciudad esquivando los obstáculos que les ponen en el suelo.
Inexplicablemente, lo del carril bici sentó fatal a vecinos y comerciantes. Lo más bonito que dijeron es que era una bobería. Pero es que, encima, los tribunales de Justicia tumbaron el proyecto porque estaba mal hecho. O sea, mal motivado. Y ahí se quedaron las rayas pintadas en el suelo, separando las interminables colas que se montaron de un espacio vacío e inútil. Como la cabeza del que se le ocurrió la brillante idea.
Una mañana alguien aparcó. Y al ver que no le multaban, todo el mundo empezó a aparcar. Y ahora el difunto carril bici es una extraña zona de aparcamiento. Tenían la opción de hacer las aceras más grandes. De peatonalizarlo todo. O de hacer dos carriles para intentar acabar con las colas. Pero no. De todas las opciones volvieron a elegir la peor demostrando que cuando se rectifica no siempre se acierta, sino que incluso, a veces, se consigue hacerlo peor.
La circulación en el centro de la ciudad se ha transformado en una tortura china. Solo estas fiestas, donde la gente huye de la capital y se suspende el trabajo, han aliviado temporalmente una cotidiana tortura de atascos y mala leche. Porque como si lo hubiese parido la Sección de Coros y Danzas del muy leal, invicto y atascado municipio, el difunto carril bici se ha transformado en un concierto que intenta rivalizar con el del Puerto.
Cada mañana y cada tarde, en los momentos álgidos de tráfico, un coro de las bocinas de los coches, en una horrenda mezcla, saluda a los vecinos de toda la zona de Numancia, Pilar, Santa Rosalía y aledaños. La desesperación de los conductores se expresa a través del ruido. Y si toca un día en que a los taxistas les da por joder a aquellos de los que comen, la jornada se puede convertir en la mejor imitación de un infierno.
Si quieren darle la ciudad a los peatones, no sean rebenques: peatonalicen. Si por el contrario quieren que sigan los coches, faciliten el tráfico. Quedarse a medias solo consigue perjudicar a todos. ¿De verdad que no se dan cuenta que tener ahí pintado el fiambre de un carril para bicicletas sin bicicletas es la peor publicidad que pueden hacer de sí mismos?
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