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Opinión

Antonio Aparicio

Canarias ante su oportunidad aeroespacial

Un satélite sobre Canarias

Un satélite sobre Canarias

La diversificación económica se ha convertido en un objetivo compartido en Canarias, pero no siempre en decisiones concretas. El sector aeroespacial ofrece hoy una oportunidad real, basada en condiciones objetivas y en capacidades científicas propias, que exige algo más que iniciativas dispersas: visión, coordinación y una apuesta decidida por construir capacidad propia.

Estamos ante una realidad evidente: el espacio ha dejado de ser un ámbito lejano o estrictamente científico para convertirse en un elemento central de la economía, la seguridad y la gestión del territorio. Hoy, hablar de espacio es hablar de incendios, costas, emergencias, clima, océanos, agricultura, comunicaciones y soberanía tecnológica, todos ellos ámbitos de relevancia directa para Canarias. La pregunta ya no es si debemos estar en este ámbito, sino si queremos hacerlo como actores relevantes o como meros usuarios pasivos.

Desde un punto de vista estrictamente técnico, la posición geográfica de Canarias es especialmente favorable para el lanzamiento de satélites. Una parte muy significativa de los satélites que se utilizan hoy, en particular los destinados a observación de la Tierra, se sitúan en órbitas polares o heliosíncronas, porque permiten cubrir todo el planeta de forma regular y repetir las observaciones en las mismas condiciones.

Este tipo de órbitas exige lanzamientos hacia el norte o hacia el sur, con amplias zonas deshabitadas bajo la trayectoria inicial del cohete, donde puedan caer de forma segura las distintas etapas. Canarias cumple de manera excepcional este requisito al estar rodeada de grandes masas oceánicas tanto al norte como al sur. A ello se suma la existencia de áreas escasamente pobladas que permiten compatibilizar estas infraestructuras con la protección del territorio y del medio ambiente.

Nada de esto es especulación. Son los mismos criterios técnicos que se están utilizando en distintos puntos de Europa para posicionarse en el nuevo mapa aeroespacial. La diferencia es que, en el contexto europeo, pocas regiones reúnen de forma simultánea las condiciones que ofrece Canarias: una posición geográfica especialmente ventajosa, recursos científicos y tecnológicos en la vanguardia internacional y una capacidad demostrada para albergar y gestionar infraestructuras científicas complejas y de alto valor estratégico. El Archipiélago no parte de cero y cuenta con una trayectoria reconocida en ámbitos directamente relacionados con el espacio y la observación.

Conviene insistir en una idea que a veces se pierde en el debate: el sector aeroespacial actual no gira en torno a grandes misiones faraónicas ni a presupuestos inasumibles. El auge de los satélites de pequeño tamaño, la reducción de costes de lanzamiento, el uso masivo de datos y la aparición de aplicaciones civiles han transformado por completo el panorama. Hoy existe una industria aeroespacial en la que conviven el sector público y el privado, con retornos económicos claros y con una demanda creciente de profesionales cualificados. Es ahí donde Canarias puede encontrar una vía realista de diversificación, alejada de discursos grandilocuentes y anclada en necesidades concretas. A ello se suma un elemento diferencial importante: Canarias dispone de instrumentos propios para impulsar iniciativas empresariales y atraer proyectos externos, como la Zona Especial Canaria, orientada a la reducción de la carga fiscal, y la Reserva para Inversiones en Canarias, que permite la exención de impuestos ligada a la inversión productiva.

Pero para que esa oportunidad sea algo más que una etiqueta atractiva, hace falta algo más que iniciativas bienintencionadas. La dispersión de esfuerzos, la superposición de proyectos o la confianza en que la inercia acabe ordenando el sistema por sí sola pueden diluir una oportunidad real. El verdadero riesgo no es apostar por el sector aeroespacial, sino hacerlo sin construir capacidad propia, limitándose a alojar iniciativas ajenas o a ejecutar proyectos diseñados fuera. Sin una estrategia coherente, coordinada y sostenida en el tiempo, Canarias corre el peligro de convertirse en un mero escenario donde otros desarrollan sus proyectos, sin generar tejido propio ni capacidad estructural. Eso no es diversificación: es dependencia con otra apariencia.

Ese movimiento, no obstante, ya existe y conviene reconocerlo. Canarias cuenta hoy con un plan canario del espacio, con iniciativas públicas para el desarrollo y puesta en órbita de constelaciones de nanosatélites, con inversiones en infraestructuras específicas y con el impulso de un clúster aeroespacial promovido desde el ámbito privado. A ello se suman actuaciones concretas de distintos cabildos, así como capacidades tecnológicas ya consolidadas, como las desarrolladas en IACTEC, y entornos preparados para atraer y alojar empresas de base tecnológica, como el Parque Científico y Tecnológico de Tenerife. Hay actividad y hay inversión; el reto es evitar que todo ello avance de forma fragmentada y sin una visión de conjunto.

En este punto aparece una cuestión que suele generar debate y, a veces, caricaturas: la posible instalación en Canarias de infraestructuras singulares vinculadas al espacio, como una base de lanzamiento de satélites de pequeño tamaño. Conviene abordarla con serenidad y sin apriorismos. No se trata de presentar estas infraestructuras como un objetivo en sí mismo ni como una amenaza para el territorio o el turismo, sino de entenderlas como una consecuencia lógica de un ecosistema aeroespacial bien construido. Desde mi punto de vista, una instalación de este tipo no debe impulsarse sin el suficiente consenso y apoyo de una ciudadanía bien informada. Conviene recordar, además, que este tipo de infraestructuras tienen un impacto territorial y ambiental limitado, comparable al de otras ya existentes en las islas, como puede ser un aeropuerto de dimensiones y actividad reducidas. Su actividad está altamente regulada, es compatible con la protección del entorno, y tiene un potencial significativo en términos de inversión, empleo cualificado y posicionamiento estratégico.

Ahora bien, ninguna de estas piezas encajará si falta el elemento central: el conocimiento. En Canarias, ese núcleo existe y está bien identificado: las universidades públicas y el Instituto de Astrofísica de Canarias. Más del 90% de la investigación que se realiza en el archipiélago procede de estas instituciones, que no solo forman profesionales, sino que desarrollan investigación puntera, generan tecnología y actúan como origen natural de la transferencia al tejido productivo. Pensar el sector aeroespacial sin situar este hecho en el centro conduce inevitablemente a modelos dependientes y frágiles.

La universidad no es, por tanto, un actor periférico ni un mero proveedor de recursos humanos. Es el espacio donde trabajan los investigadores e investigadoras que conciben, desarrollan y validan nuevas soluciones, y desde donde esas soluciones pueden transformarse en actividad económica mediante transferencia, colaboración con empresas y creación de nuevas iniciativas tecnológicas. En el caso de Canarias, la estrecha relación histórica entre la Universidad de La Laguna y el Instituto de Astrofísica de Canarias, a la que se suma la valiosa contribución de la Universidad de Las Palmas de Gran Canaria, ofrece una base excepcional para construir un sistema aeroespacial sólido y propio, con capacidad real de innovación y no solo de ejecución. Ignorar esta realidad sería renunciar al principal activo científico y tecnológico del archipiélago.

Apostar por el sector aeroespacial no significa cambiar la identidad de Canarias, porque la ciencia y la tecnología ya forman parte de ella. Desde hace décadas, el archipiélago alberga actividad científica y tecnológica de primer nivel, con reconocimiento internacional, particularmente en el ámbito espacial. El debate no es si Canarias debe dejar de ser algo para convertirse en otra cosa, sino si es capaz de asumir plenamente una realidad que ya existe y ampliarla de forma estratégica. En ese contexto, el desarrollo aeroespacial no compite con otros sectores, sino que los complementa, refuerza la diversificación económica y abre oportunidades reales para las generaciones más jóvenes.

Canarias ha dejado pasar oportunidades en el pasado. No por falta de ideas, sino por falta de decisión, coordinación y continuidad. El momento actual es distinto: existe un marco nacional claro, un contexto europeo favorable y unas capacidades locales contrastadas. Pero nada de eso garantiza el éxito por sí solo. Aprovechar esta oportunidad exige liderazgo institucional, cooperación entre administraciones, implicación del sistema universitario y una visión que vaya más allá del corto plazo.

El espacio ya no es algo lejano. Forma parte de nuestra vida diaria, aunque no siempre seamos conscientes. La pregunta es si Canarias quiere limitarse a observar ese proceso desde fuera o si está dispuesta a formar parte de él de manera activa, con ambición y con sentido estratégico. Las oportunidades, cuando aparecen, no esperan indefinidamente.

*Vicerrector de Investigación de la Universidad de La Laguna

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