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Opinión | A babor

Psicología de la negación

La portavoz del PSOE, Montse Mínguez, ha dicho esta mañana en TVE que la voz la tendrá la militancia extremeña.

La portavoz del PSOE, Montse Mínguez, ha dicho esta mañana en TVE que la voz la tendrá la militancia extremeña. / EFE

Después de calcinarse el PSOE de Extremadura, la portavoza de Pedro Sánchez, Montse Mínguez, compareció con gesto satisfecho para proclamar, sin ironía aparente: «Estamos más fuertes que nunca. Hay PSOE para rato». No fue un lapsus, ni una frase que le salió torcida a la señora portavoza. Fue una declaración política consciente. Y por eso merece algo más que una burla fácil.

La primera reacción ante un mensaje así es pensar en el cinismo. Todo apunta a que lo que dice Mínguez es una mentira deliberada, propaganda desnuda. Pero quizá estemos ante algo más complejo e inquietante: una disociación profunda entre la realidad y el relato, sostenida no solo hacia fuera, sino también hacia dentro del partido. La psicología describe la negación como un mecanismo de defensa primario: cuando la realidad resulta insoportable, el individuo –o el grupo– la rechaza y construye una versión alternativa que le permita seguir funcionando. No se trata de engañar a otros, sino de no desmoronarse uno mismo. El problema surge cuando ese mecanismo deja de ser transitorio y se convierte en sistema. Y eso es lo que le ocurre desde hace tiempo al PSOE de Sánchez.

Lo que pasó en Extremadura no es un hecho aislado. Es un síntoma más de un proceso de desgaste continuado, de pérdida de apoyo en territorios clave, de descomposición y/o fuga a la abstención o a otros caladeros del voto tradicional de la izquierda. Sin embargo, la respuesta oficial no se ampara en la reflexión o la autocrítica. Ni siquiera se atrinchera tras un silencio prudente. Es pura euforia impostada: «Estamos más fuertes que nunca». ¿De verdad lo creen?

Si lo creen, el problema es grave: significaría que la cúpula socialista vive encerrada en una burbuja cognitiva, impermeable a los datos, las derrotas y las señales de alarma. Una burbuja alimentada por encuestas amigas, aplausos internos y una comunicación política diseñada exclusivamente para sostener el liderazgo se Sánchez, ocurra lo que ocurra. Pero si no creen lo que dicen, si saben que no es verdad, su problema es aún más grave: significa que les importa un bledo la realidad, porque su objetivo ya no es representar a una sociedad adulta, sino mantener viva una narrativa que justifique seguir donde están.

Sánchez ha construido un modelo de liderazgo basado en la resistencia. Resistir a la oposición, a los resultados, a los hechos, a los barones, a los votantes. En ese modelo, reconocer una derrota no es una virtud democrática, sino una amenaza existencial. Admitir debilidad equivale a abrir una grieta. Por eso nadie frena en el PSOE este discurso extravagante y ridículo que asegura que el partido esta más fuerte que nunca después de haber perdido la mitad de los votos en Extremadura, una de sus regiones históricas, mientras las derechas y la izquierda a la izquierda del PSOE mejoraban resultados.

Esto ya no es política, precisa de un diagnóstico clínico: se parece a uno de esos suicidios colectivos protagonizados por sectas religiosas. Siguen avanzando hacia el vacío con los ojos cerrados, convencidos de que basta repetir el relato para que el suelo aparezca. Saltar una y otra vez, como lemures confiados ante el precipicio, no para ganar, sino para no admitir que el salto anterior fue un error.

¿Cuánto daño está dispuesto a asumir un partido histórico para sostener la narrativa extraviada de su jefe? ¿Cuántas derrotas hacen falta para aceptar que todo va mal? ¿Existe un límite a la consigna de seguir, pase lo que pase?

El PSOE fue durante décadas el gran partido de la izquierda española. Lo fue porque supo combinar poder y autocrítica, gobierno y corrección de rumbo. Hoy parece haber renunciado a lo segundo, y cuando eso ocurre, el partido deja de ver el país que dice representar. Asegurar que «hay PSOE para rato» tras una derrota puede ser un mensaje de fortaleza, una llamada a la unión. Pero aquí y ahora suena a señal de desconexión emocional con los propios votantes, con quienes empiezan a sentirse huérfanos de representación, porque no entienden qué diablos le pasa al PSOE.

La negación es un recurso psicológicamente útil en ciertas situaciones y durante un tiempo. Permite afrontar un duelo, ganar días o semanas para poder afrontar la recuperación ante un destrozo. Pero convertida en doctrina, la negación es destructiva. La realidad no puede negarse eternamente. Siempre termina por pasar su factura.

La única incógnita es cuándo ocurrirá eso. Cuando llegue ese momento, espero que quede alguien en el PSOE capaz de construir un camino en dirección contraria. Pero también creo que será muy difícil encontrar a esa persona entre los serviles que se pliegan a la falacia de un partido y un líder que creen resistir mientras se hunden.

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