Opinión | El recorte
Maldita Navidad

15 ideas de regalos por menos de 50 euros con las que sorprender a tu amigo invisible / GUARDIA CIVIL
La Navidad es esa época del año en la que los centros comerciales se convierten en experimentos sociológicos. Da igual la hora, el día o la fase lunar: siempre están llenos de gente con cara de haber perdido una guerra. Personas malhumoradas buscando regalos que ya están agotados. Gente que se mueve en manada, con el carrito por delante como un ariete medieval. Todos con la escopeta cargada y listos para cabrearse con el primero que se acerque demasiado al último perfume de Paco Rabanne o al último Nike Superpower Air Force One.
Allí no hay paz. Hay miradas torvas, bocas cambadas, codazos estratégicos y una tensión en el ambiente que ni en un Madrid-Barça. La mala uva se masca en el aire envenenado con villancicos que suenan en bucle y que, lejos de tranquilizar, empujan al crimen. Porque no hay ser humano que aguante tres horas de compras, empujones y colas, sin empezar a odiar a la humanidad en general.
Y cuando crees que nada puede ir a peor… se te pega El Burrito Sabanero. Porque el «tuqui tuqui tuqui ta» es irresistible. Pegajoso como un chicle en el zapato y totalmente imposible de erradicar del cerebro. Puedes huir del centro comercial, meterte en el coche, cerrar las ventanillas… Pero el maldito burrito va contigo. Te acompaña al parking, al atasco, a tu casa, a la ducha y a tus pesadillas.
Entrar en el parking del centro comercial es como participar en los Juegos del Hambre. Gente peleándose por un aparcamiento como si fuera una herencia. Coches con el intermitente puesto desde 1998. Conductores que acechan como lobos a los peatones cargados con bolsas, esperando que dejen un aparcamiento libre. Miradas asesinas y discusiones por una plaza que claramente no es de nadie, pero que todo el mundo considera suya por la ley de «yo la vi primero». ¡Navidad, tiempo de paz y concordia!
Encima, el maldito Click&Car del Corte es click, pero no car. Compras los regalos desde tu casa haciendo un click pero no recoges nada en el car. Te comes una cola como la de un traje de novia para entrar al parking. Logras aparcar, tras una dura lucha, y llegas a un mostrador donde haces otra larga cola hasta que una dependienta agotada apunta tu número de pedido, con un BIC mordido, en un papel reciclado. Como si estuvieras en una venta de chochos de principios del siglo pasado. Y luego, otra media hora, mientras buscan tu paquete a ojo en un almacén que parece Narnia. Tecnología punta. Amazon tiembla.
Te vas mientras observas a la gente que deambula como perdida. Mujeres cabreadas y desorientadas. Hombres desesperados comprando regalos que sus esposas van a devolver sin mirar. Ellos lo saben. El dependiente lo sabe. Hasta el ticket lo sabe.
En nuestra casa no hay Navidad. Ni peleas por saber a quién le toca comprar los langostinos. Mi mujer y yo somos como el Grinch. No permitimos que se nos cuele ni una puñetera guirnalda. Ni luces, abetos de plástico o elfos cabrones. No participamos del simulacro de paz y amor. Huimos, si podemos, lo más lejos posible. Porque la Navidad es un tiempo insoportable donde la gente se vuelve taaaan dulce y taaaaan buena que puede arrancarte los intestinos con los dientes para llevarse el último muñeco de Spiderman.
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