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Opinión | El recorte

La primera, en la frente

La candidata de Unidas por Extremadura, irene de Miguel, vota en un colegio electoral de Mérida

La candidata de Unidas por Extremadura, irene de Miguel, vota en un colegio electoral de Mérida / JAVIER CINTAS/ EUROPA PRESS

¿Qué puede salir mal cuando presentas un candidato procesado que tendrá que sentarse en el banquillo el próximo mes de febrero? ¿Qué puede salir mal cuando el propio Pedro Sánchez, en el peor momento de su vida política, se involucra personalmente en la campaña? Pues todo. Las elecciones de Extremadura del pasado domingo han dejado una derecha radical que sigue subiendo y un socialismo que se hunde en lo más profundo del abismo electoral. Lo que ha decidido el electorado extremeño es que gobierne la derecha. Pero al no darle mayoría absoluta al PP le ha dicho, de paso, que tiene que gobernar aplicando las políticas más duras que representa la extrema derecha de Vox.

Habrá mil explicaciones de estas últimas elecciones, pero en realidad tienen una lectura estrepitosamente clara: le están diciendo a Pedro Sánchez que se vaya a freír puñetas. Que no van a votar a un presidente cuyo discurso contra la corrupción ha naufragado en su gente más cercana. Echarle la culpa de lo ocurrido solo a Miguel Ángel Gallardo, el mal candidato extremeño, es un error colosal. Es mirar el dedo y no la luna. En estas elecciones la gente ha votado mirando a La Moncloa.

En su favor, Sánchez ha sido capaz de gobernar pactando a su izquierda, con Unidas Podemos primero, con Sumar después y con los independentistas catalanes y vascos de derechas y de izquierdas. Eso que llamaron, desde el PP, el gobierno Frankestein. Por la derecha, en cambio, parece que solo pueden gobernar si alguno de los dos gallos del corral termina desplumado. PP y Vox no parecen capaces de ponerse de acuerdo en un programa estable de gobierno. Pero una y otra vez el electorado les está señalando cuál es el camino. Y no parece que hoy exista otro. Si las mayorías absolutas son imposibles habrá que hacer posible los acuerdos, por muy difíciles que sean.

Núñez Feijóo se resiste a abandonar la moderación de un partido conservador tradicional que coincide, probablemente, con la suya propia. Pero ese esfuerzo de coherencia le sirve de poco. Los socialistas le acusan constantemente de ser también la derecha radical, a pesar de que es incapaz de entenderse con ella. Las elecciones de Extremadura son una nueva señal que empuja al PP para que abandone su moderación porque la sociedad se está derechizando y quiere políticas más radicales.

Ante el batacazo extremeño, el argumentario del PSOE permanece en un delirio alucinógeno. Aún es capaz de sostener que es el PP quien da alas a su adversario electoral: Vox. Que es la derecha quien hace que crezca la ultraderecha. Y que quien salió derrotado fue el PP, o sea, María Guardiola, al no conseguir mayoría absoluta. Un análisis que podría figurar en la antología del disparate político.

El gran problema es que la corte del rey desnudo sigue siendo incapaz de decirle a Pedro Sánchez que su permanencia le está haciendo un daño histórico al partido. Que el Sanchismo está destruyendo a la izquierda moderada en España. El batacazo socialista en Extremadura ha sido histórico. Pero aunque se repita en Aragón o en Castilla León o en Andalucía, no pasará nada. Sánchez no puede dejar el poder. Sabe lo que le espera.

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