Opinión | La gaveta de astrofísica
Paco Sánchez: soñador de estrellas, forjador de horizontes

Paco Sánchez: soñador de estrellas, forjador de horizontes. / IAC
El pasado 21 de octubre despedimos a Francisco ‘Paco’ Sánchez, director-fundador del Instituto de Astrofísica de Canarias (IAC). En la historia de la ciencia española hay pocos casos tan extraordinarios como el de Paco y, con su marcha, la comunidad ha perdido a un referente. Su legado es haber transformado unas islas volcánicas en el Atlántico en uno de los centros astronómicos más importantes del planeta, catapultando a España desde la irrelevancia hasta la élite mundial de la astrofísica. Lo hizo, además, en las condiciones más adversas imaginables: inmerso en una dictadura, en un país donde la ciencia era una nota al pie y desde una región periférica y empobrecida. La historia de Paco Sánchez es la de una visión audaz convertida en realidad a fuerza de tenacidad, diplomacia y genio estratégico.
A comienzo de los años sesenta un joven e inexperto Paco Sánchez llega a Canarias con el encargo de realizar prospecciones de los cielos insulares. Se convertía así en el sucesor de una tradición iniciada por Charles Piazzi Smyth y Jean Mascart. De inmediato tuvo una intuición que cambiaría el curso de la astronomía española. Mientras otros veían en Canarias tan solo un destino turístico emergente, él contempló sus cielos nocturnos y vio algo diferente: condiciones atmosféricas excepcionales para la observación astronómica. La altitud de sus cumbres, la estabilidad de la atmósfera, la escasa contaminación lumínica y su privilegiada posición geográfica se conjuraban para crear un laboratorio natural perfecto para escrutar el cosmos.
Paco no se limitó a la intuición. Realizó rigurosas campañas de medición de la calidad astronómica del cielo canario, y sus datos eran irrefutables: Canarias podía competir con los mejores emplazamientos astronómicos del mundo. Pero tener razón científicamente era solo el principio. El verdadero desafío era político, diplomático y, en última instancia, humano.
El contexto no podía ser más desalentador. La España de la época vivía los estertores del franquismo, aún aislada internacionalmente y con una tradición científica débil y desarticulada (“¡Que inventen ellos!”, había sentenciado Miguel de Unamuno a principios del siglo XX). La investigación básica no era prioridad para un régimen preocupado por su supervivencia. En ese panorama, la astronomía se presumía un lujo incomprensible.
Canarias añadía capas adicionales de complejidad. Archipiélago periférico, económicamente deprimido, alejado de los centros de decisión, las islas luchaban contra el estigma de la lejanía. Convencer a las autoridades de invertir en telescopios cuando las necesidades acuciaban parecía una quimera. Pero Paco entendió algo crucial: no se trataba de convencer solo a Madrid. España no tenía ni el dinero ni la experiencia para construir observatorios de primer nivel por sí sola. La jugada maestra consistiría en convertir a Canarias en un proyecto de proyección internacional.
Emprendió entonces una campaña de seducción científica sin precedentes. Viajó incansablemente por Europa, presentando sus datos ante las instituciones astronómicas más prestigiosas del viejo continente. Su argumento era triple y sofisticado. Primero, técnico: Canarias ofrecía cielos comparables a los mejores del mundo, pero con una ventaja logística insuperable, a solo pocas horas de vuelo de las principales capitales europeas. Segundo, geopolítico: Europa disponía de telescopios en Chile, pero Estados Unidos dominaba los observatorios del hemisferio norte. Tercero, económico: España ofrecería el terreno y la infraestructura básica, reduciendo costes.
La estrategia funcionó. Uno tras otro, los grandes nombres de la astronomía europea decidieron apostar por Canarias. El Telescopio Isaac Newton, hoy parte del grupo al que represento, llegó a La Palma en 1984, seguido por telescopios alemanes, escandinavos, belgas, italianos. Cada acuerdo reforzaba el siguiente, y los observatorios catalizaron la fundación del IAC, que Sánchez dirigió durante décadas. Generaciones de astrofísicos e ingenieros españoles se formaron y crecierona su amparo.
Paco entendió que atraer telescopios no bastaba: había que proteger el cielo que los justificaba. Impulsó entonces la Ley del Cielo de 1988, pionera mundial en protección del cielo nocturno contra la contaminación lumínica, atmosférica y radioeléctrica. Esta legislación, que hoy se intenta emular en otros lugares del mundo, garantizó que las excepcionales condiciones astronómicas de Canarias no se degradaran con el desarrollo. Canarias estaba en el mapa astronómico mundial, protegida por ley.
En cada negociación internacional, Paco consiguió insertar una cláusula revolucionaria: a cambio de las facilidades ofrecidas, los astrónomos españoles tendrían garantizado un 20% del tiempo de observación disponible. Esto transformó la ecuación. España no solo sería anfitriona, sino socia. Los astrónomos españoles accedieron súbitamente a tecnología de vanguardia. El 20% era más que tiempo de telescopio: era soberanía científica, era formación y futuro.
Pero Paco no se conformó con gestionar telescopios ajenos. Su visión culminó con el Gran Telescopio de Canarias (GTC), el telescopio óptico más grande del mundo, con un espejo de 10,4 metros. El GTC no solo dotó a la comunidad científica española de un instrumento de investigación sin parangón, sino que catalizó el desarrollo de ingeniería y tecnología astronómica nacional. España dejó de ser mera consumidora para convertirse en productora de tecnología astronómica avanzada.
Sin pretender idolatrar, el legado de Paco Sánchez demuestra que la visión individual, combinada con determinación estratégica, puede transformar el panorama científico y tecnológico de una nación, incluso desde las condiciones más adversas. Per aspera ad astra.

Biografía
Rubén Sánchez Janssen es un astrofísico lagunero que se licenció y doctoró por la Universidad de La Laguna, con un proyecto de tesis desarrollado en el Instituto de Astrofísica de Canarias. Tras estancias postdoctorales en el Observatorio Europeo Austral (Chile) y el Instituto de Astrofísica Herzberg (Canadá), pasó casi una década en el Observatorio Real de Edimburgo (Escocia) liderando el desarrollo de nueva instrumentación astronómica para grandes telescopios, como el ELT. Actualmente es el director del Grupo de Telescopios Isaac Newton (ING) en la isla de La Palma.
***Sección coordinada por Adriana de Lorenzo-Cáceres Rodríguez
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