Opinión | El RECORTE
La responsabilidad del entrenador

Archivo - El presidente del Gobierno, Pedro Sánchez, y la vicepresidenta segunda y ministra de Trabajo y Economía Social, Yolanda Díaz, durante una reunión, en el Palacio de la Moncloa, a 16 de junio de 2025, en Madrid (España). / Carlos Luján - Europa Press - Archivo
A Carlos Mazón, el ya expresidente de Valencia, le calificaron de homicida y sicópata porque estaba tranquilamente comiendo en un restaurante mientras una riada se llevaba más de doscientas vidas. A Salomé Pradales, su consejera de Emergencias, que estuvo desde el primer momento en el centro de emergencias, la lincharon igualmente por estar y no evitar el desastre. O sea, a uno por no estar y a la otra por estar. Ni contigo ni sin ti tienen mis penas remedio.
Nadie se ha parado a pensar que los desastres naturales no son tan previsibles como creemos. Que a veces no se ven venir. Y que mandar un mensaje cuando ya ha ocurrido todo tiene muy poco sentido, porque ya es tarde. Pero la consejera de Emergencias valenciana fue obligada a dimitir. Le arrojaron su cabeza política a los lobos. Hubo, como bien se ve, una exagerada exigencia de responsabilidad que escaló hasta los dirigentes.
A Pedro Sánchez estas cosas no le pasan, porque él es un mundo aparte. Si hay una catástrofe en algún lugar de España, no es un asunto que le competa, porque para eso están las autonomías. Si se hace bien, aparece él después, como en La Palma, para dar ruedas de prensa e informar de forma muy prolija de lo maravillosamente que han funcionado las cosas. Si van mal dadas y la gente está cabreada toca hacer mutis por el foro y dejar que sean los locales los que aguanten las cachetadas. Lo aprendió a las malas en Paiporta, cuando le tiraron pellas de barro.
Cuando las hecatombes ocurren en política, en su propio partido o en su Gobierno, el manual no cambia. No hay ningún presidente autonómico al que echarle el fango encima, pero están los jueces y los medios de comunicación a los que acusa de conspirar para derribarle. Y luego están los que fueron compañeros, que dejan de serlo en el mismo momento en que se convierten en víctimas de la riada. De José Luis Ábalos ha llegado a decir que no le conoce realmente a nivel personal. Hay que estar hecho de un material muy especial para afirmar algo así y que no se te mueva ni un pelo del bigote.
Es como un entrenador de fútbol al que cada vez que le meten un gol acaba cargándose al portero (aunque sea de discoteca) o al defensa. Y con eso cree que ya cumple con la grada, aunque vaya perdiendo por quince goles a cero. Y ese entrenador tiene en el banquillo, nunca mejor dicho, a medio equipo: Leire, Cerdán, Antxon, Fernández, Salazar, Ábalos, Koldo… Y los que hagan falta. Como si tiene que quedarse solo. Y que a nadie se le ocurra preguntar qué responsabilidad tiene el que hace la alineación y los pone a jugar en el equipo, porque la respuesta será que ninguna.
El manual es polivalente. Frente a las denuncias de unas mujeres contra el coordinador institucional de Moncloa, Francisco Salazar, el presidente contesta que ya ha dimitido y que se ha actuado con contundencia «desde que se tuvo conocimiento de los hechos publicados en un medio de comunicación». Ahí está la cosa. Porque cuando se tuvo conocimiento en el partido, nadie hizo ni puñetero caso de las denuncias. Solo se actuó cuando el verbo se hizo carne. Mejor dicho, cuando la carne se hizo texto.
Mira que nos reímos –y se rieron ellos– de aquel «sé fuerte, Luis» que le escribió el timorato M. Rajoy a su tesorero Bárcenas, cuando el gallego aún no sabía de la misa la mitad. No escupas al cielo. Hace dos años, cuando ya había sonado el mensaje Es-Alert de José Luis Ábalos, el presidente Sánchez le escribió: «he echado de menos muchas veces trabajar contigo, también tu amistad». Eso a una persona a la que casi no conocía personalmente.
Todo es postureo. Y lo peor es que nadie parece mejor que el de enfrente. Razón tiene García Page, el presidente castellano manchego, último superviviente de aquel viejo PSOE sensato, que no compró mascarillas tóxicas ni está metido en ninguna mamandurría. «Aquí no se piden comisiones, no hay mordidas, no hay atajos», ha dicho. Qué cosa más curiosa. A él no le llamó Koldo. Ni le han salido ranas en la charca. Será casualidad. O no.
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