Opinión | Notas del móvil
«Miiiiiiil eeeuroooooos»

Gente comprando décimos de la Lotería en una imagen de archivo. / ED
Todos nos hemos despertado una mañana de diciembre con el canto a pleno pulmón de «miiiiiiiil eeeeeuroooooos». La familia se reúne en torno a la tele desde temprano con la expectativa de si, por fin, es el año en el que tocará algo de la Lotería. Las pantallas de todos los sitios que visitamos están encendidas con RTVE. Y la imagen de los niños de San Ildefonso se convierte en el hilo conductor de nuestro día.
Una tradición pasada de generación en generación que se ha convertido en un hito de las navidades. De las fiestas. De la familia. Para vivir en colectivo la alegría, la esperanza y las ansias por saber los resultados. Por saber si nuestro número, el que compramos entre hermanos, entre compañeros de trabajo o entre parejas, es el premiado.
Al ser veinteañeros, las navidades de estos años deben haber coincidido con nuestra primera vez comprando lotería de nuestro propio bolsillo. Conseguimos, por primera vez, el ‘ticket de oro’ que nos permite formar parte de la emoción que desde niños hemos visto en los ojos de nuestros familiares. Estas navidades tenemos un sitio en el sillón. Estas navidades tenemos una razón más para estar pegados a la tele y compartir el «y si nos toca...» Empezamos a plantearnos qué haríamos con el dinero del Gordo. «Me compraría un piso», «eso ya no te da para un piso», «me compraría un coche, «¿cuál?», «me lo gastaría en mi madre...»
Desde pequeños, todos nos hemos sentado con nuestros abuelos, nuestros padres y hemos escuchado con atención el origen de muchas de las tradiciones familiares. Cómo llegaron a ser. Qué significan. «Cuando yo era pequeño todo el barrio salía a correr el cacharro», «donde dejes tu zapato es donde los Reyes te pondrán tu regalo», «la estrella del árbol siempre la pone el más pequeño».
Al crecer, las interiorizamos, las hacemos nuestras y un día, estando lejos de casa, nos damos cuenta de que no concebimos comenzar noviembre sin comer castañas. La anécdota y la costumbre, por muy diluida que pueda estar por el tiempo, forma parte de nuestro lore. De nosotros.
Así, en medio de lo rápido. De lo veloz. De las prisas. De las entregas. Del trabajo. Del producir, en tiempos de hibernar. Nos damos la oportunidad de pausar volviendo al recuerdo. En medio del caos, nos obligamos a parar y a pensar en las mañanas de diciembre que pasamos esperando a ver si caía el Gordo en la familia. En las latas usadas y unidas con una cuerda, con las que corríamos por la calle arrastrándolas por el suelo. En comprar castañas con tu abuelo para dar un paseo y ver las luces.
Tomamos una pausa y hacemos un huequito en el horario. Un huequito entre «quedar con» y «cita de». Un huequito en el que escribimos con lápiz (dejando siempre la oportunidad de borrarlo) «comprar Lotería». Porque ahora depende de nosotros. Ahora está de nuestra mano continuar con esas anécdotas y costumbres, que por muy diluidas en el tiempo, siguen siendo parte de nosotros.
Y así, quizás, algún día seamos nosotros los que pasemos las tradiciones. Los que compren las castañas el día de ir a ver las luces. Los que guarden las latas usadas, las unan con un hilo y se las den a los más pequeños para que salgan a correr. Los que enciendan la tele desde muy temprano una mañana de diciembre, para despertar a todo el mundo con el canto de «miiiiiiiil eeeeeuroooooos».
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