Opinión | Un carrusel vacío
You’re lost, little girl

You’re lost, little girl / El Día
Debo de ser una de las pocas niñas de los noventa que nunca participó en coreografías de las Spice Girls y una de las escasas adolescentes de comienzos de los dos mil que jamás pisó las «sesiones light» de una discoteca. Tampoco me digné a ver las primeras ediciones de Gran Hermano ni de Operación Triunfo, aunque en mi clase no se hablara de otra cosa. En mis años universitarios, frecuentaba poco la cafetería y no llegué a asistir a esas famosas fiestas de facultades –en la Complutense de Madrid, estaban «San Cemento» o «San Canuto», por ejemplo–. Pero después, acabó la universidad y caí en el mundo.
Al final, la vida te acaba arrastrando. Si quieres socializar a los veintipocos, tienes que salir por la noche, aunque no sea tu pasión. Supongo que, en aquella época, yo quería socializar. Nunca me había ocurrido, hasta entonces. Me recuerdo en los garitos del Barrio de las Letras de Madrid, moviendo la cabeza al ritmo de la última canción de Daddy Yankee, preguntándome qué interés podría suscitar a la gente una actividad que a mí me parecía aburrida: hacer como que bailabas durante horas y no poder mantener una conversación decente, porque la música estaba demasiado alta. Cuando se acercaba algún chico con la intención de ligar, se ponía a hablarme en el oído y era bastante desagradable, porque había que gritar para entenderse mínimamente. Aprendí que, antes del acercamiento, existía un lenguaje previo de miradas que debías manejar para dar el siguiente paso. Si alguno me parecía sugestivo, le permitía acercarse, pero lo descartaba en cuanto intentaba besarme. ¡Nos acabábamos de conocer! Si en vez de eso me pedía el número de teléfono, se lo daba, porque me parecía que su interés podía ir más allá de esa noche.
La mayoría de las veces volvía a mi casa de madrugada, reflexionando sobre la superficialidad de las relaciones humanas y lo perdida que me sentía en el mundo. Antes del amanecer, el canto de los pájaros se me antojaba desagradable e improcedente, como si fuera una señal de que yo no debería estar vagando por la calle, expuesta al frío y a las desilusiones, sino bajo el calor de mis mantas. Una sensación enorme de vacío, de frustración, me invadía. Soledad, incomprensión, primera juventud. Ahora recuerdo todo con nostalgia.
Creo que en aquellos años quería alcanzar algo que no lograba identificar. El amor, tal vez, o una amistad verdadera. Por eso traté de abandonar mi natural tendencia a la introversión para hacer planes que, en realidad, no habría hecho si de mí dependiera. Seguía al grupo, fingía divertirme bailando reguetón y bebiendo Malibú con piña, que era lo que bebíamos quienes no estábamos acostumbrados al alcohol. Quedaba con multitud de pandillas diferentes, ampliando mis círculos con la esperanza de encontrar mi lugar en algún sitio.
Pero ciertas personas no estamos hechas para las multitudes, ni debemos obligarnos a disfrutar con planes que no son para nosotros. Cuando comprendí esto, descubrí que soy más feliz relacionándome con menos gente, pero de un modo más profundo. Aunque a veces resulte difícil aspirar a esa profundidad, porque la empatía no está de moda y, sin ella, todo queda en la superficie. Al menos, los planes se antojan más atractivos. Todo esto no impide que, de vez en cuando, me haga gracia ir a un garito con personas de mi confianza y bailotear alguno de los grandes éxitos de mi primera juventud, con un sentimiento nuevo, con una mirada de comprensión hacia mi yo del pasado, que se sentía tan solo como aquella chica de la canción de The Doors: «You’re lost, little girl…».
Ahora, cuando hablo de esos años, suelo coincidir con gente que experimentaba sentimientos similares a los míos. ¡Si lo hubiera sabido entonces…! No era tan rara, tan distinta al resto; simplemente, no había conocido a personas como yo, o no las había identificado. Pero existían.
Últimamente, no necesito fingir lo que no soy. Conozco mis virtudes y defectos; asumo mi introversión y mi habitual desinterés por socializar o por unirme a grandes grupos. Disfruto de planes tranquilos: ir al cine, salir a cenar con una o dos amigas, pasear... Este año, no me ha apetecido apuntarme a la comida de Navidad del trabajo y no me he sentido culpable por ello. Ninguna postura vital es mejor que otra, mientras no se haga daño al prójimo, pero eso se aprende con el tiempo. Si todos fuéramos iguales, el mundo sería un lugar aburridísimo. En algún momento indeterminado, terminamos de madurar y la verdad se revela, límpida, ante nosotros. Pero en otro tiempo, parecer «normales» era nuestra forma de combatir la amenaza de la soledad. n
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