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Opinión | Retiro lo escrito

Consejeras, jurados, trujimanes

Fernando Clavijo en el Parlamento de Canarias

Fernando Clavijo en el Parlamento de Canarias / Álex Rosa

No creo que no exista un solo argumento razonable para no felicitarse por la Medalla de Oro de Canarias que se entregará el próximo mayo a Braulio. El presidente Fernando Clavijo ha querido adelantar el anuncio al comunicar al cantante y luego a los medios de comunicación la distinción. Pero qué quieren que les diga, a mí todo esto me llena de una melancolía más amarga que triste. Hace un par de días el mismo Clavijo empleaba su cuenta en la red X para una brevísima necrológica dedicada a Eugenio Padorno, fallecido a los 82 años después de una enfermedad larga y penosa. El cancionero de Braulio recoge dos o tres hermosas canciones que conocen la mayoría de los isleños de más de cincuenta años. Padorno se embarcó, en cambio, en una larga investigación crítica, ensayística y poética recorriendo con una lucidez admirable los laberintos de nuestra identidad. En soledad realizó una relectura vibrante y enriquecedora de nuestra tradición poética bajo la luz de otras tradiciones sin las cuales no podría entenderse. Su lírica es una indagación sobre el ser desde la experiencia insular que llega al borde mismo del silencio. El reino de Padorno fue casi una forma de exilio interior. Reconocimientos, los justos, e incluso, menos que los justos, pero daba igual: generosamente fundía pasión por la palabra, curiosidad por su país y su cultura y anhelo de enseñarlo para aprenderlo mejor. Están muy bien las canciones de Braulio y sin duda se merece el reconocimiento de su país. Pero nuestra literatura no puede interpretarse, no puede entenderse cabalmente sin las aportaciones críticas –más sistemáticas de lo que aparentan– de Eugenio Padorno, que creó una poesía excepcional, acendrada, rigurosa y clarividente. Poesía de conocimiento en carne viva y luz interior.

Después de muchos años de sorpresas, decepciones y algunas risas ya he renunciado a entender lo que podía llamarse «la institucionalidad cultural canaria», más atravesada por el oportunismo ridículo o por el sopor de la inercia que por el rigor valorativo a la hora de repartir reconocimientos oficiales. Algunos de los jurados de los Premios Canarias han estado controlados por los mismos engreídos payasetes durante lustros. A algún genio se le ocurrió que se nos podían acabar los hombres y mujeres ilustres enseguida y los galardones pasaron a ser trianuales. El año pasado, ya octogenario, Padorno había enfermado de gravedad, pero fue igual: premiaron a un novelista acabado al que ya no lee absolutamente nadie y que un día definió inmortalmente Canarias como «un Caribe sin negros». Luego debe tolerarse esa pedrea estúpida y vergonzante que suponen las medallas de oro. Artistas excepcionales como Teddy Bautista (que ha presentado o presentará en breve su último disco en Japón) o Mestisay (con el excepcional cancionero escrito por Manuel González y el prodigio de la voz de Olga Cerpa) no recibieron el Premio Canarias, sino la Medalla de Oro, y todavía no encuentro a nadie que me explique los distingos. Alguna que otra vez, por supuesto, se han utilizado para adornar con un pizco de glamour batuecasiano la gala televisada del 30 de mayo: todavía recuerdo cuando enmedallaron a una actriz por entonces aún joven, Goya Toledo, cuyo último papel destacable pueden disfrutar ustedes en Los hombres de Paco o algo por el estilo. Es todo atrabiliario y tontiloco, un batiburrillo de parabienes huidizos, una tristeza memorialística que cae enseguida al suelo como el arroz barato en las bodas de los pueblos. Y suma y sigue. Lázaro Santana –poeta, ensayista, editor– se mantiene admirablemente activo, defendiendo y proyectando a Alonso Quesada en el centenario de su fallecimiento, una efeméride a la que, por cierto, el Gobierno de Canarias ha prestado una atención más bien mezquina. A la consejera de Cultura y Universidades le importa menos que un higo pico Alonso Quesada. Con un poco de suerte Lázaro Santana también se les morirá sin Premio Canarias, sin Medalla de Oro, sin un puñetero agradecimiento de esa patria canaria a la que ha cantado hermosamente Braulio y que aún vive para nosotros en un paisaje martirizado, en nuestra forma de querernos y despreciarnos, en una tradición artística, plástica y literaria ajena a consejeras, jurados y trujimanes.

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