Opinión | Reflexiones
Ceder el paso

Ceda el paso: ¿cuántos puntos pierdes y qué multa te pueden poner si te lo saltas?
Existen pocos gestos tan satisfactorios como ceder el paso. Da igual que sea un peatón o un vehículo. El asunto es tener esa deferencia que parece simple, pero que, en la vorágine del día a día, se convierte en un pequeño acto de heroísmo cotidiano. Es tomarse un instante para frenar, para mirar al otro, para priorizar la convivencia por encima de la prisa. Y si lo combinas con una sonrisa, la práctica se vuelve casi perfecta. Vamos, sin duda alguna, son gestos que mejoran la empatía más que cualquier gran pacto de Estado. Una acción que algunos conductores consideran una humillación moderna y que otros peatones reciben como si les acabaran de cancelar la deuda con el banco. Lo irónico es que ceder el paso no es un gesto de sumisión ni de pérdida de tiempo. La mayoría de las veces se pierden apenas unos segundos, pero se gana algo mucho más valioso: la sensación de haber hecho lo correcto en un mundo empeñado en hacer lo que más le puede fastidiar al otro. El que cede se va con una ligera sonrisa interior; el que recibe, con la certeza de que los seres humanos todavía tenemos una mínima pizca de buen rollo. Y lo digo por experiencia propia: ceder el paso engancha. Empieza como un gesto educado y acaba siendo un vicio sano. Un placer discreto, casi íntimo, que no hace ruido, no contamina y no necesita normativa nueva. Si lo practicáramos más, nos cogeríamos menos cabreos en la jungla de la carretera. Tanta prisa, tanta prisa, si al final vamos a llegar, tarde o temprano, pero acabamos llegando. Ceder el paso es una forma mínima de caridad laica, una limosna de segundos que no empobrece a quien la da y, sin embargo, dignifica a quien la recibe. Es un acto horizontal, de iguales, donde nadie queda por encima del otro. Yo tengo un amigo que es un ‘cededor’ profesional. Se llama Paco y es de Los Campitos. Su jornada comienza en la primera rotonda, donde frena con una suavidad monacal y deja pasar a cuatro o cinco coches seguidos, solo por ir calentando. Paco sabe que la prisa es un mal hábito y que el verdadero poder está en el freno bien puesto. Pero si hay algo que distingue a Paco del aficionado, es su relación con las guaguas. Paco adora ceder el paso a las de color verde. Las ve venir desde lejos y se le ilumina la cara. Paco frena: «Pasa, compadre», mientras agita la mano. Titsa le adora. Jamás toca la pita. Paco cree que ese bicho lo carga el diablo. Mañana volverá a salir, puntual, a ejercer su profesión no regulada pero imprescindible: la de recordar, freno en mano, que la buena gente también circula. La última vez me dijo que lo habían llamado del periódico para hacerle un reportaje. A él no le gustan los reconocimientos, pero la sociedad le debe uno. En Los Campitos algunos dicen que está loco, mientras que otros piensan que, si actuáramos como él, todo iría un poco mejor. Pues sí, necesitamos más calma y paciencia, sobre todo en la carretera de esta isla. Es la ley del más fuerte. Ceder el paso es ganar humanidad.
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