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Opinión | El recorte

Un año difícil

El presidente del Gobierno, Pedro Sánchez.

El presidente del Gobierno, Pedro Sánchez. / Isaac Buj - Europa Press - Archivo

Está acabando un año de tormentas políticas. Riadas de fango han inundado la vida pública del país, llegando hasta las puertas de La Moncloa, donde sobrevive, sitiado, un presidente que ha visto entrar en la cárcel a sus más estrechos colaboradores. Que vive cercado por las causas judiciales que afectan a su partido y a su familia. Y que ha transitado de atacar a los jueces y a los medios de comunicación a hundirse en un hosco silencio.

En cualquier otra democracia europea lo que ha pasado en este país habría acabado en dimisiones y en elecciones. Pero España es diferente. También en eso. Aquí se cree a pies juntillas que quien resiste gana. Que ustedes –la gente– termina olvidándose de las cosas. Y que al final piensan que todos son iguales ¡y qué más da! Sánchez cree que a lo largo del año que viene se van a ventilar viejas e importantes causas judiciales que afectan al Partido Popular –de la época de Rajoy– y que eso nivelará las cosas. Aunque ya saben lo que se dice: que mal de muchos consuelo de tontos.

Pero uno, respetando la presunción de esperanza del presidente cautivo, tiene la sensación de que las cosas van a cambiar. Que el cabreo está creciendo. Que estamos cansados de pagar impuestos del dinero que ganamos con nuestro trabajo para ver cómo unos sinvergüenzas lo dilapidan o se enriquecen. Aquí va a pasar algo, aunque nadie sepa muy bien cuándo. Ni quién exactamente va a terminar pagando el pato de la frustración y el hastío.

Canarias, aquí abajo, tan lejos de la corte centralista, se enfrenta a un nuevo año muy difícil. Porque en estas islas dependemos demasiado de la solidaridad del Estado. Y soplan vientos muy malos para la solidaridad. La reforma de la financiación de las Comunidades Autónomas puede ser un hachazo para las islas, que van a perder aportaciones de otros territorios del Estado. Y encima vienen los recortes de la Unión Europea y el control de sus fondos por Madrid, que va a poner en peligro nuestra agricultura de exportación.

A nadie se le oculta que tenemos un Gobierno central y centralista debilitado, que está prisionero de los votos de los nacionalistas catalanes. El tablero está inclinado hacia el País Vasco y Cataluña, que son dos comunidades florecientes que aspiran a progresar aún más y que están legítimamente hartas de sostener a los demás con su esfuerzo y su riqueza. Y ahora, por primera vez, pueden conseguir cambiar las reglas del juego. ¿Es malo? Es inevitable.

Pero frente al pesimismo general, soy optimista. A veces, como decían los viejos del lugar, lo que ocurre conviene. Igual ya va siendo hora de que Canarias se despierte, aunque sea de una sacudida brusca. Que nos demos cuenta de que aquí podemos crear la riqueza necesaria para no depender de la limosnas de nadie. Y que podemos y debemos exigir que el dinero que se gana en Canarias se quede en Canarias.

Hablamos mucho del orgullo que sentimos como pueblo. Pues bien, el mayor orgullo de una persona es poder vivir de su propio esfuerzo. Tal vez haya llegado el momento en que Canarias descubra que tiene el talento y la capacidad para hacerlo. El momento en darse cuenta de que podemos ser mayores de edad.

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