Opinión | El recorte
Un pufo insostenible

La inflación en la eurozona subió dos décimas en septiembre, hasta el 2,2 %
Un país no es exactamente una economía familiar, porque las familias no emiten deuda, ni imprimen dinero, ni recaudan impuestos. Pero existen ciertas similitudes. Una de ellas es que cuando se gasta de forma sistemática por encima de lo que se ingresa, en ambos casos se camina hacia el desastre.
La economía española va como una moto. Pero el crecimiento está dopado con miles de millones de fondos europeos que en un 80% han recaído en el gasto de las insaciables maquinarias de las administraciones públicas. La inflación persistente, que fue incontrolada durante los años posteriores a la pandemia y la guerra de Ucrania, ha disparado la recaudación de impuestos a las rentas del trabajo y la fiscalidad al consumo. Pero a pesar de todo ese nuevo caudal, seguimos gastando mucho más de lo que ingresamos.
A pesar del escenario de aparente prosperidad y al saqueo fiscal, el Estado palma su liquidez antes de que acabe el año. Y sigue recurriendo al endeudamiento para sostener el tinglado, como quien tiene la cuenta a cero y tira de la tarjeta de crédito y que sea lo que dios quiera. Así, en apenas dos décadas, la deuda por habitante se ha triplicado, pasando de nueve mil a treinta y tres mil euros por cabeza y ha pasado del 45% del PIB a casi el 102%. Pero es peor. Porque si a lo que debemos le sumamos las obligaciones ya devengadas por los pensionistas que van a llegar al sistema, pasaría de un 600% del PIB.
La Seguridad Social, esa que algunos dicen con la fe del carbonero que no tiene problemas, es un agujero sin fondo. Para sostener el sistema de pensiones el Estado ha tenido que transferir más de 400.000 millones de euros en dos décadas, porque el saldo negativo absorbe casi el 35% de los ingresos fiscales. Ya acumula más de 126.000 millones de deuda y un saldo contributivo negativo de más de 60.000 millones.
Las deudas se terminan pagando. Por las buenas o las malas. Y la nuestra no será una excepción. Alguien tendrá que pasarlo muy mal en el futuro para afrontar el despendole de estos tiempos en donde crece ¡a un ritmo de ciento sesenta millones diarios! Debemos tanto que cada año pagamos solo en intereses cerca de cuarenta mil millones de euros. Pero, a pesar de todas estas luces rojas, el Estado sigue gastando a manos llenas un dinero prestado. Subvenciones, ayudas y estímulos electorales que son pan para hoy y hambre para mañana.
Hace ya bastante tiempo que España tendría que haber entrado en una senda de contención del gasto y de austeridad. Pero nadie le quiere poner el cascabel a ese gato. No es una cuestión de ideología, porque todos hacen lo mismo, sino de pura irresponsabilidad. Para mantener las políticas clientelares fluyen miles de millones en subvenciones y financiación para miles de entes, organismos e instituciones que florecen como hongos en un humedal.
La noticia de que el próximo año se definirá un nuevo sistema de financiación, bajo el principio de ordinalidad –quien más recaude tendrá más dinero– agrava la fundada sospecha de que crecerá la asimetría de un Estado al borde del colapso. Cuando toque pagar este desastre, los territorios ricos podrán hacerlo y los pobres palmarán. Esto es un pufo insostenible.
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