Opinión | En el camino de la historia
JUAN JESúS AYALA
La insolencia como herramienta política

La insolencia / El Día
En política la insolencia no ha dejado de transitar con constancia, aunque en determinados momentos daba la sensación de que se había escapado su conceptualización del escenario de la confrontación política. Pero no, ahí sigue, ritualizando su propia inversión, remedando y escenificando aquello que convierte en burla.
Según comenta Michel Mayer, profesor de retórica y filosofía de la universidad de Bruselas, en La insolencia, ensayo sobre la moral y la política, considera esta como «un ambiguo acto en el que a menudo se demoniza alentando en él la ironía, para así poder desestabilizar en el mejor momento».
La insolencia se aprecia en los parlamentos donde afloran conflictos, discursos insulsos, carentes de lógica, pero que desde las altas tribunas una vez que se aplica la ironía, sin apenas levantar la voz , el impacto hace un daño imprevisible, cogiendo por sorpresa al adversario que, descontrolado, no sabe hacia dónde mirar y a quién recurrir. Generalmente mira a ninguna parte y quien pueda ayudarle se encuentra lejos, apartado de cuestiones que no están en el orden del día.
El insolente resulta peligroso porque es alguien capaz de saber y decir lo que sabe. Es atrevido y espera el momento de un ataque en el discurso de otro atrevido, pero sin fundamento, que aun sabiendo su imprudencia no capta la maniobra del insolente que tiene el recurso de su parte.
Gobiernos hay, y no muy lejos del ámbito territorial donde nos movemos, que permanecen impávidos a pesar de tener problemas en sus mandos y directivas al estar sometidos a registros en diferentes bienes patrimoniales, que desde una situación, vamos a llamarla normal, acorde con la categoría de la labor que realizan, han subido como la espuma .
Y no pasa nada. Como si no fuera con ellos. Las incontables manos que se pusieron en el fuego por los que se consideraban los más fieles hoy estarían escaldadas, curándose sus necrosantes quemaduras.
La altivez, la soberbia, el discurso monocorde se ampara muchas veces en la insolencia pensando que no hay palabra que pueda doblarlo, arrinconarlo. Pero no es tiempo de escapada, no es la hora de jugar sin triunfos. Y cuando la partida se sostiene con cartas marcadas, al final el que se burla, el altivo haría bien en recordar al Rey Lear.
«El amor se enfría, la amistad se disuelve, los hermanos se dividen. En las ciudades rebeliones, en los campos discordias, en los palacios la traición, y todos los desórdenes ruidosos nos seguirán inquietantemente a donde quiera que vayamos».
Todo se invierte, la ley se difumina, lo que era dejará de serlo y lo que no era, aparece. Pero el insolente no reconoce el estado de las cosas y se pretende lejos, planea sobre nosotros para poner al desnudo el secreto de los demás. Nos deleitará con una sonrisa, con una simple palabra que dé enjundia a su ironía; y seguirá por la vida repartiendo prebendas.
Pero ahora serán los leales los que tienen la insolencia, la burla. Los papeles se trastocan, lo que produce un gran sufrimiento personal de difícil arreglo porque los súbditos del Rey Lear se han adelantado desandando otros caminos, aunque abriendo espacios, aún más confusos.
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