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Opinión | El recorte

Estado de sitio

El presidente del Gobierno, Pedro Sánchez, durante una rueda de prensa, en el Palacio de la Moncloa, a 15 de diciembre de 2025, en Madrid (España).

El presidente del Gobierno, Pedro Sánchez, durante una rueda de prensa, en el Palacio de la Moncloa, a 15 de diciembre de 2025, en Madrid (España). / Eduardo Parra - Europa Press

Viendo las ruinas humeantes de Moncloa, donde sobrevive un Pedro Sánchez en estado de sitio, cabe concluir que en España quienes ascienden a los cielos terminan descendiendo a los infiernos.

El primer presidente de la democracia española, Adolfo Suárez, que pilotó con éxito la eutanasia del régimen franquista y el nacimiento de un sistema de libertades, terminó dimitiendo ante todos los ciudadanos del país, en una emisión especial de la Televisión Española que él había dirigido. Lo hizo pocos días antes de que un grupo de militares, en 1981, intentara dar un golpe de Estado.

Luego, tras un cortísimo periodo del fugaz Calvo Sotelo, un sobrio político con el aspecto de dueño de una funeraria, llegó, en el año 82, el cambio: el primer presidente de izquierdas después de la caída de la Segunda República. Felipe González modernizó el país, reconvirtió la industria obsoleta y transformó el ejército, integrando a España en Europa. Se reveló como un hombre de Estado a la altura de los que en aquel momento manejaban los destinos del Viejo Continente. Pero tampoco tuvo un final feliz, porque acabó sus días con la detonación de escándalos económicos como la financiación electoral del PSOE, el escándalo de un director de la Guardia Civil fugado y el terrorismo de Estado de los GAL. Tuvo que adelantar las elecciones cuando no pudo aprobar los presupuestos. Y los socialistas perdieron.

A José María Aznar –que sobrevivió a un atentado de ETA con una bomba en su coche– le tocó un periodo de prosperidad económica. La causa de su derrota no estuvo en la corrupción, sino en la política internacional. Alineó a nuestro país con Estados Unidos y Gran Bretaña en la invasión de Irak. Dijo que solo iba a estar ocho años y lo cumplió. Anunció que se marchaba y eligió dedocráticamente a su sucesor, Mariano Rajoy, cuando las elecciones estaban ganadas de calle. Pero el mayor atentado en la historia de España, el 11 de marzo de 2024, lo cambió todo tres días antes de las elecciones. El Gobierno gestionó fatal la tragedia, señaló a ETA cuando habían sido los islamistas y la gente votó otra vez al PSOE.

Zapatero tampoco tuvo que enfrentar escándalos graves de corrupción. Como en el caso de Aznar, su muerte política fue debida a una causa exógena. Se resistió a entender que estaba llegando una crisis económica bestial, la de 2008, y puso a España al borde de la intervención por los «hombre de negro» de la Unión Europea. Dejó un legado de desastre económico y endeudamiento, que fue el que se encontró Mariano Rajoy: el presidente de la austeridad y los recortes, de las subidas de impuestos y el saneamiento de la economía. Rajoy cayó a causa de una corrupción muy parecida a la que soporta Pedro Sánchez: gentes de su partido metidas en negocios de comisiones. Fue expulsado por una moción de cesura para «la regeneración de España» que defendió Abalos.

El «hombre del año» de un semanario italiano –¡lo que no compre la publicidad!– ya debe saber, a estas alturas, cuál es el final de la película. Porque solo tiene que observar la historia. Sobre la resistencia se han forjado leyendas, desde Numancia hasta El Álamo. Pero en casi todos los casos hubo muy pocos supervivientes. n

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