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Opinión | Notas lingüísticas

Cuestiones de ecolingüismo

Personas caminando por la calle Castillo de la capital tinerfeña.

Personas caminando por la calle Castillo de la capital tinerfeña. / María Pisaca / MARIA PISACA

No suelo ser partidario de adoptar actitudes derrotistas o desalentadoras cuando detecto algún motivo que pudiera delatar la pérdida de algún elemento caracterizador de nuestro dialecto, a causa, sobre todo, de la globalización que nos circunda y que se manifiesta en el desconocimiento o en la infravaloración que ante nuestro patrimonio lingüístico muestran algunos hablantes canarios. Prefiero seguir creyendo que el arraigo y nuestro sentimiento identitario es una fuerza que compensa sobradamente los peligros de una hipotética disolución del dialecto.

Observo que ningún hablante canario competente, y seguro de que su modalidad es tan válida como cualquier otra, rechaza guagua, alongarse y desinquieto para decantarse por autobús, asomarse e inquieto. Incluso creo que aquellos que por mimetismo (postureo o ignorancia) hacen uso de un injustificado ‘vosotros’, renuncian a él y vuelven al ‘ustedes’ una vez superada la etapa de inseguridad que es característica de determinadas edades, o por circunstancias que los impelen a renunciar a lo propio por una excesiva valoración de normas foráneas consideradas erróneamente más prestigiosas. Sin embargo, me tropiezo en ocasiones con algunos ejemplos que obran en dirección contraria, como las respuestas de unos jóvenes que, ante una encuesta que se realizaba para un programa de televisión, no supieron responder a las preguntas de cuáles eran los significados de canarismos como jeringarse, magua, machango y jeito, y, entonces comprendí que la realidad no era es tan optimista como yo la imaginaba.

He tenido que dar la razón a quienes creen que hay motivos para que nos pongamos en posición de alerta, aunque sea en alerta amarilla, pues la masiva llegada de turistas unida a la amable receptividad de los canarios puede llevar a que, sumisos, nos adaptemos a sus exigencias, tan pobres y simples a veces que lo único que demandan es una reproducción del hábitat de procedencia, pero en un entorno con mejor clima y con precios más asequibles. Que hablemos sus propias lenguas, que les ofrezcamos sus mismas comidas y poco más, es lo que piden. (Me gustaría conocer los datos de la cantidad de turistas que visitan nuestros museos y se interesan por la historia y las costumbres de nuestra Comunidad).

Recientemente he leído un artículo de prensa cuyo contenido en buena medida comparto y que ha aumentado mi decepcionante percepción: ¿de verdad nos visitan tantos turistas para conocer nuestra historia, nuestras leyendas o nuestras tradiciones?, se pregunta la autora de la columna. ¿O como simples curiosos esperan descubrir lugares exóticos con exóticos nativos que les van a ofrecer bienes y servicios que no disfrutan en sus países de origen? ¿Recibimos de ellos algo bueno y transformador o solo basura, inquietud y algo de resentimiento? Las respuestas, es posible, que a la vista de lo que hay pueden rayar en el pesimismo: nuestros establecimientos (bares, restaurantes, tiendas y mercados) están siendo sustituidos por internacionales franquicias y hasta podría ocurrir que nuestro dialecto sucumbiera a la influencia extranjerizante de las lenguas de quienes nos visitan. ¿No sería más interesante y atractivo culturalmente que les ofreciéramos nuestra gastronomía y nuestra lengua, manteniéndola del mismo modo que ellos lo hacen en sus países de origen? ¿O es que cuando viajamos a París o a Londres no visitamos Notre Dame y Piccadilly Circus y en el restaurante pedimos una quiche Lorraine o unos fish and chips? No podemos decir lo mismo en nuestro caso, pues no hemos sabido despertar el interés por nuestra lengua y nuestra cultura, como ellos lo han hecho, y convertirla en un atractivo bien cultural y, además, monetizable, y permítaseme el neologismo que no oculta una pragmática pero razonable finalidad.

Indago y compruebo que apenas hay normas orientadas a la protección de las manifestaciones lingüísticas propias, superior expresión de nuestra identidad: unas escasas recomendaciones que solo comprometen a los medios de comunicación públicos y unas tímidas e imprecisas propuestas relacionadas con la enseñanza de nuestra modalidad en los denominados diseños curriculares. La Academia Canaria de la Lengua con sus pocas posibilidades hace lo que puede, a todas luces insuficiente si se consideran tantas necesidades en un bien patrimonial tan preciado. Ni que decir tiene que unas posibles acciones para evitar la desaparición o disolución del español y, en particular, de nuestro dialecto no supone, de ninguna manera, la exclusión de la presencia de otras lenguas y su promoción en las aulas de nuestros centros docentes, pero nunca a costa de lo que por encima de todo nos identifica con lo nuestro. Así que a modo de las políticas ecológicas que suelen adoptarse para la defensa del medio natural, propongo aplicarlas al terreno de lo lingüístico, para frenar, si aún es posible, la pérdida de los elementos autóctonos (esto es los del español general, que es la base del español canario), de los endemismos (los reconocidos canarismos) y empecemos a desterrar o a poner coto a las especies invasoras (representadas por los muchos extranjerismos innecesarios) que amenazan por desplazarnos de nuestro propio hábitat lingüístico.

Soy consciente de que propuestas como estas podrían confundirse con actitudes provincianas, localistas y excluyentes, mas reitero que no es esta la idea que las inspira, pues no las mueve un afán reivindicativo con tintes ideológicos, sino medidas de protección para defender aquello que corre el peligro de perderse, que no son absolutamente originales, pues existen estas medidas de normalización en el ámbito de otras lenguas españolas, o para otras lenguas extranjeras, como la Ley Toubon, orientada a preservar la lengua francesa frente a la influencia de otros idiomas, con resultados muy positivos. Así que más que por una cuestión normativa de estandarización, que también, me mueve el interés de evitar un indeseado contagio que pueda terminar con la disolución o colonización del dialecto por otras lenguas, y creo que huelgan los ejemplos.

Que el mestizaje es enriquecedor, por supuesto: ahí tenemos la extraordinaria riqueza de los muchos portuguesismos que se han incorporado a nuestro español, o los americanismos y hasta algunos anglicismos, que coexisten, sin desplazarlas, con nuestras voces originarias; sin embargo, este proceso de hibridación o de contagio no puede (o no debería) convertir a la modalidad canaria en un complejo sistema alejado del tronco común, hasta convertirla en un pidgin que la conduciría a un criollo y luego a no sabemos qué. Y como creo que no es a eso a lo que aspiramos, es mejor prevenir.

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