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Opinión | La calle nueva

Las Montañas de las Arenas y el Niño que la lloró

La Vera, en Tenerife

La Vera, en Tenerife

Nací en la Calle Nueva, en La Vera, a las orillas entre Las Arenas y La Orotava, en el Puerto de la Cruz. La calle no tenía nombre, en realidad, y me parece que fue mi padre quien la llamó así: La Calle Nueva.

Mi padre era muy ambicioso; le gustaban los camiones y los coches, y el trabajo. Le gustaba el trabajo, y era ambicioso y fue pudiente y luego pobre, y aunque era mayor que mi madre, que era su prima, él siempre parecía, en casa sobre todo, un muchacho menesteroso que, al llegar la tarde, necesitaba que nosotros, sus hijos, le quitáramos los zapatos y le ayudáramos a sentirse aliviado de las dificultades del día o del camino.

Cuando uno es un niño no sabe cuánto nos necesitan los padres. En este caso, en el caso de mi padre, él era el mimoso que buscaba nuestros apoyos. Mi madre, que iba y venía por la casa, y que nunca hizo un viaje mucho más allá de Santa Cruz y de Candelaria, nos miraba mimarlo como si eso la aliviara a ella misma de quitarle el pesimismo nocturno a su marido.

En aquel ámbito yo era el chico solitario en casa, porque mis hermanos, Carmela, Candelaria, Paquillo, se iban a trabajar (Paco fue al colegio, mis hermanas fueron a la escuela, pero pronto se pusieron a trabajar, y Paco lo hizo poco después de sus catorce años). Ellos no estaban conmigo, pues, sino cuando caía la tarde, pero era mi madre la que me soportaba de día para soportarme, de nuevo, de noche, cuando unos ataques de asma que duraron años me hicieron la mella que suele asustar a los padres y hermanos de asmáticos.

El asma era entonces una amenaza cuyo peligro hacía que la casa temblara nada más escucharse el primer grito, el de mi madre, cuando avisaba “¡que Juanillo se asfixia!” Les di un trabajo inmenso, del que luego yo mismo no me acordaba por las mañanas, pues los ataques de asma tenían ese modo y esas circunstancias: te despertaban sin sentido y te acompañaban hasta que los padres y los hermanos te salvaban. A partir de entonces yo volvía a parecer un chico tan saludable como los demás. Pero no lo era, claro que no lo era.

En todo caso, yo estaba allí, mi madre me guarecía en el cuarto de dormir (de dormir mi madre, mi madre, y el asmático) y desde allí yo oteaba el horizonte, como se decía en las retransmisiones del fútbol, cuando Matías Prats exclamaba, cada vez que un jugador buscaba a quién pasarle la pelota, que fulano de tal oteaba el horizonte…

Desde mi casa el horizonte era bellísimo, o por lo menos evocador. Ese horizonte se detenía en Las Arenas, en La Montaña de las Arenas, para ser preciso. Era una montaña evocadora, al menos para mí en aquellos tiempos. Cuando me fijé mejor en La Montaña yo ya tenía uso de razón y sabía leer y escribir, hasta que no sólo supe todas esas cosas sino que también tuve la alegría, que propició mi madre, de leer ávidamente todo lo que caía en mis manos.

Primero que nada, yo leía los prospectos de los medicamentos, pero pronto supe leer periódicos y libros, empezando por los deportivos y los serios, y siguiendo por lo que de periódicos o de lecturas tenían las emisoras de radio. En conjunto, todo ese material hizo que yo no me sintiera el niño asmático que seguía siendo sino alguien que estaba esperando en casa a que escampara.

En esa situación La Montaña de Las Arenas fue el lugar más transparente del aire, como dice un poema que entonces ya anoté. Yo miraba hacia esa zona del mundo y me parecía encontrarme con el universo lleno de sugerencias y de porvenir. Como si allí hubiera gente mirándome, la Montaña estaba pobladísima de seres reales que en realidad eran montículos, magarzas, sugerencias de la lectura del mundo que ya habitaban en mi imaginación y en mi locura por saber.

En un tiempo, cuando yo era un principiante de bachiller, me dio por atribuirle a esa montaña preciosa un parentesco con Miguel de Unamuno, algunos de cuyos libros había comprado (con el dinero que tenía que haber sido para unos calzones) en la librería de Fernandito Luis, en la Plaza del Charco. Unamuno era un hombre voluptuoso, pensativo y tronante que se me aparecía de día como si desde lo alto de La Montaña me estuviera riñendo o acompañándome con gritos que me llevaban a grandes hazañas de la imaginación.

Gracias a Unamuno yo sentí que volaba por aquellos aires que le estaban vedados a un asmático. De modo que yo crecía en ese tiempo como si fuera un muchacho saludable que, al menos, tenía los mismos arrestos de aquel hombre, Unamuno, que encarnaba entonces la sabiduría, la poesía y, sin duda, las ganas de vivir gritando.

Fueron tiempos inolvidables en los que La Montaña era la salud que yo no tenía y el porvenir era ir detrás de aquel montículo misterioso que jamás escapaba a la curiosidad de mi vida despierto. Pasaron los años, y pasó el tiempo, me fui de casa, murió mi madre, murió mi padre, la vida también se llevó a mis queridas hermanas, se fue también La Montaña

Hace unos días, en un programa de televisión, un experto en lo que tendría que ser el respeto al porvenir de las montañas habló de cuánta crueldad han sufrido esas bellas discusiones entre los montes y el cielo y yo me acordé de La Montaña de las Arenas, de lo que es hoy, que no es nada sino recuerdos rotos de muchachos como yo, de sombras sin amor que subsisten junto a los caprichos de entonces: hacer hoteles en cualquier parte, como si las montañas (aquella montaña) no tuvieran derecho a vivir más arriba de los hoteles…

Ahora que lo recuerdo siento que aquello que ya no tenemos a veces es lo único que tenemos. Fue el juguete mayor de mi vida, como los libros, como la sombra de Unamuno, y ahora lo lloro como si la Montaña se hubiera muerto. Y es que hace rato que se ha muerto.

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