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Opinión | Editorial

Incertidumbre y decepción ante los pactos con Rabat

Pedro Sánchez  y Mohamed VI se saludan en el primer viaje oficial, en febrero de 2024, a  Rabat.

Pedro Sánchez y Mohamed VI se saludan en el primer viaje oficial, en febrero de 2024, a Rabat. / Lp

La reunión de alto nivel entre España y Marruecos, saldada en apenas tres horas y envuelta en una inusual opacidad informativa, ha vuelto a dejar en evidencia algo que en Canarias se percibe desde hace años: la agenda del Gobierno de Pedro Sánchez con Rabat avanza sin integrar los intereses estratégicos del Archipiélago. Los 14 acuerdos y 119 puntos del comunicado conjunto pueden sonar ambiciosos sobre el papel, pero cada avance diplomático parece venir acompañado, para Canarias, de nuevas dudas, nuevas inquietudes y la sensación cada vez más extendida de que las Islas son consideradas un actor periférico en cuestiones que afectan de manera directa a su seguridad, economía y futuro territorial.

En el Archipiélago, donde la vecindad con Marruecos no es una abstracción geopolítica sino una realidad tangible -migratoria, energética, pesquera y medioambiental-, el silencio que rodeó este encuentro no se interpreta como un simple exceso de prudencia diplomática. Se interpreta como un síntoma. El veto informativo y la negativa española a ofrecer aclaraciones mínimas sobre asuntos que impactan de manera inmediata en las Islas refuerzan la sensación de que la política exterior que afecta a Canarias se decide en Madrid sin transparencia y sin contar con quienes la viven en primera línea.

Mientras España celebra avances con Marruecos en inteligencia artificial, ciberseguridad o agricultura, en Canarias se esperaba otra cosa. Se esperaba, por ejemplo, un análisis serio sobre la situación de los flujos migratorios, que tensionan como nunca la capacidad de acogida de las Islas. Se esperaba un mensaje contundente sobre la pretensión de Marruecos de asumir el control del espacio aéreo del Sáhara Occidental, que afecta al canario. Y, sobre todo, se esperaba una defensa inequívoca ante las pretensiones marroquíes de delimitar aguas territoriales en áreas próximas al Archipiélago con el objetivo de explotar recursos mineros y pesqueros.

Nada de esto obtuvo respuesta.

Para Canarias, no son preocupaciones accesorias. Son amenazas directas a su desarrollo. La posible atribución unilateral de aguas con potencial minero -especialmente tierras raras- no solo tendría efectos en la planificación estratégica del Archipiélago, sino que supondría una alteración profunda del equilibrio en este espacio atlántico. Y mientras Marruecos avanza en sus aspiraciones, España mantiene un discurso ambiguo que no despeja dudas y que, para muchos canarios, parece aceptar como “inevitable” lo que debería ser inaceptable sin un debate democrático previo.

En este contexto, la sintonía política de Pedro Sánchez con el plan marroquí de autonomía para el Sáhara se percibe en Canarias como un giro que, lejos de potenciar la estabilidad regional, ha debilitado la posición española sin ofrecer garantías compensatorias para las Islas. Que este apoyo se haya dado sin conocer la opinión del Parlamento de Canarias, sin explicar sus implicaciones geopolíticas y sin ofrecer un marco claro sobre los intereses estratégicos en juego, es una herida aún abierta en la política autonómica.

La cooperación con Marruecos es, sin duda, imprescindible. Canarias lo sabe mejor que nadie. Pero una cooperación que ignore las inquietudes legítimas isleñas no es cooperación: es subordinación. Y si el Gobierno de Sánchez no incorpora de manera estable la voz del Archipiélago a la toma de decisiones que afectan a su espacio marítimo, su seguridad fronteriza y su modelo económico, continuará alimentando la percepción -ya muy arraigada- de que Canarias es invitada de piedra en una negociación que define su futuro.

El Archipiélago no reclama privilegios. Reclama algo tan elemental como ser escuchado, informado y respetado. Reclama transparencia y una política exterior que no trate a Canarias como un apéndice incómodo, sino como un territorio geoestratégico cuya estabilidad es esencial para España. Mientras se mantenga esta política de hechos consumados, la decepción de Canarias con el Gobierno central no hará sino crecer. Y lo que está en juego, más allá de un malestar político, es la definición misma del papel de las Islas en el tablero atlántico del siglo XXI.

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