Opinión | Risas y fiestas
Mala

Mala / El Día
Me preocupa ser mala, siempre me ha preocupado, no quiero serlo. Los errores me persiguen como perros sueltos que me quieren mordisquear viva y yo pues corro y corro y me cago de miedo y de vez en cuando encuentro un murito y me meto detrás y me enrosco y finjo que no pasa nada de nada. Que no he hecho nada, jamás una mala decisión, una mala idea o un mal comentario, jamás una vagancia corrosiva y una pedazo de trola posterior, jamás una deslealtad o un gusto por el critiqueo como brillo entre el aburrimiento compartido con alguien con quien se crea vínculo de pronto justo así, soltando mierda por la boca, ñam ñam ñam, la risa más ladrido que soltarás jamás, y tú el perro, te persigues tú, huye huye huye.
Un fenómeno raro: a veces, a todas las personas se nos repiten en la cabeza escenas de la infancia en las que nos comportamos fatal. Son secretos muy muy secretos, estímulos repentinos que ni siquiera nos ponen los cachetes rojos sino de un color que se ha ido formando a la fuerza y ha sido obligado a ser más tenue para que no se note y nadie pregunte. Les niñes son crueles, dicen siempre, y sí, es verdad, también son capaces de una bondad profundísima y ser niñe en general implica vivir unas emociones que son explosivas y no entiendes demasiado y no te permiten ser demasiado tibie en nada. La moderación es una pose adulta, un haber conseguido mimetizarse, ¿y con quién?, si todes somos iguales, si todes somos la crueldad y la generosidad, si todes llevamos dentro ese guau guau.
Lo peor es pensarlo como una esencia. Y creo que esa idea de los perros que persiguen es, sin duda, pensarlo así. A veces no es arrepentimiento, es miedo a que haya una prueba, un diagnóstico, algo a través de lo que pillarnos a nosotres mismes y responder a la pregunta que nos acecha y nos tortura. Tal vez las explicaciones facilonas que nos damos del mundo nos llevan a temer justo eso que yo temo, que ser mala sea algo que se lleva dentro y de repente va a explotarse y llenarlo todo y hacer que estar conmigo, quererme, sea inviable.
No merecer: qué horror. Una especie de síndrome de la impostora afectivo. Personal. Si yo soy mala, no soy yo. Si yo soy mala, nada de lo que creen mío es cierto y entonces todo lo que me agarra a la vida no existe.
Es curioso, porque en ninguno de estos planteamientos se piensa en les demás. Es un «yo» picudo, autolamentador, que nos da una importancia muy grande precisamente olvidándose de la importancia muy grande que en realidad tenemos. Lo que quiero decir es que revolvernos en la culpa suele ser, como me dijo una amiga este verano, un ejercicio de ego, y pensar que debemos identificarnos con una bondad pura que nos haga a nosotres ser pures también lo es, y pensar quenos quieren por esa bondad que irradiamos lo es todavía más. Supongo que forma parte de la cultura del castigo, o de la cultura de la pureza, y supongo que es un mecanismo de regulación que en realidad busca un bien práctico (si tenemos algo que perder al ser males, no querremos serlo), pero es muy triste que algo que viene de la necesidad de convivir mejor con les otres nos haga olvidarnos de les otres.
Ahí aparece el «que no me vean». Que no me vean los perros relamiéndose al casi alcanzarme, y que no me vean consumiendo esto que sé que no hay que consumir por motivos éticos, y que no me vean fallándole a mi discurso. Cuando algo se ve, no solo sucede la vergüenza, también sucede que no perdonamos, que odiamos el descuido de le otre al hacer visible ese impulso que nosotres también tenemos a fallar y a no hacerlo todo increíble y a no saberlo todo. Es complejo, y, como toda cuestión compleja, sufre cuando lo simplificamos, pierde la dirección y se convierte en otra cosa: si de verdad tomáramos decisiones por resultado y no por identidad, nos sería muy fácil comportarnos bien. Pero, cuando ligamos esas decisiones a algo tan frágil y engañoso y egoísta como nuestra relación con nosotres mismes, pasa justo eso: se vuelve frágil, engañosa y egoísta la movida, y eso es algo muy malo que puede sucederle a cualquier impulso moral, a cualquier responsabilidad.
Supongo que otra forma de verlo es: todes podemos ser males y buenes a la vez todo el rato mezclado y confuso. Nadie es nada, y nos vamos haciendo con las decisiones, no por hacernos, eso es secundario, lo que importa son las decisiones en sí, y fallar en algo no implica que tengamos que abandonarnos a ese fallo y darnos latigazos y darnos por perdides. Para nada. Para nada.
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