Opinión | A babor
La Laguna: punto cero

Fachada de la Catedral de La Laguna.
Quien camine por la calle San Agustín y se encuentre con la placa de bronce recién instalada –medio metro de diámetro, redonda como trazada por compás– podrá pensar que se trata apenas de otra concesión al turismo, un capricho edilicio, una apuesta por parecerse a Madrid, o una simple guiñada urbana al visitante que busca un lugar donde retratarse. Todo eso es, en parte. Pero también es un recordatorio, una invitación a pararse un instante y posar los pies sobre el corazón de una ciudad que nació sin defensas ni murallas, porque quiso ser abierta al mundo; que se pensó renacentista en medio del océano, como si el Atlántico fuera otra plaza mayor que cruzar para llegar al nuevo continente.
Hay ciudades que explican su historia contándonos sus epopeyas y conquistas; y hay otras que se explican a sí mismas a través de sus gestos. La Laguna pertenece sin duda a esa segunda categoría. Su historia no se impone, emerge de los fríos humedales del pasado, se filtra en la luz caliente de las mañanas, cuando cae oblicua sobre las losas mojadas, y rebota en la geometría silenciosa de sus calles, dibujadas con escuadra sobre el sueño de una ciudad nueva.
Durante siglos, La Laguna ha vivido con una discreción orgullosa: un estilo sin alardes, sin excesos, sin la tentación de exponerse demasiado. Su trazado geométrico –la rosa de los vientos oculta bajo el damero, la delicada simetría que unía funcionalidad y belleza– no necesitó nunca ser proclamada. Para comprender la ciudad capital, lo saben los laguneros, bastaba con caminarla, perderse en la repetición armoniosa de las calles para intuir la mano de quienes la fundaron, aquella intención de diseñar una ciudad adelantada a su tiempo, sin castillos ni atalayas, una ciudad que amó y produjo una arquitectura pensada para la convivencia.
La Laguna es una ciudad elocuente pero gentil, no necesita de mucho artificio para ser querida por sus vecinos y visitantes. Es una ciudad de piedra y madera, habitada por fantasmas ilustres, en la que aún se escuchan campanas y canciones. Es la ciudad que habitó Anchieta y cantó Viana… Quizá por eso este redondo bronce en el suelo no añade realmente nada: sólo revela su propio lugar en el mapa pequeño de la urbe y en el gran mapa del mundo. Es, de algún modo, la traducción física de un secreto que sólo algunos laguneros conocen. El punto exacto donde convergen todos los caminos del Tenerife del pasado, pero también el lugar simbólico desde el que La Laguna se proyectó hacia América.
De ese concreto lugar parten, si uno sabe mirar, las líneas precisas que anticipan tantísimas ciudades al otro lado del océano, hermanadas por un similar pulso urbano, por idéntica aspiración a un orden racional que, cinco siglos después de aquel viaje, late aún bajo nuestros pasos. La Laguna no es solo el lugar prodigioso, ensimismado y feliz que es: esta ciudad es un enlace, una bisagra entre orillas, un puente que nunca necesitó proclamarse porque bastaba recorrerlo, vivir en esas calles en las que la memoria de quienes parten y quienes regresan se cruza con ecos que viajan del puerto de La Orotava a Veracruz, de los claustros cerrados al malecón abierto al Caribe, del Adelantado o El Cristo a esas plazas y barrios origen de una América hecha de huellas y nombres y recuerdos comunes.
Este punto cero, entonces, no es una placa: es más bien un gesto de humildad. La forma que ha encontrado la ciudad para recordarse a sí misma –y recordarnos a todos– que su valor patrimonial no se agota en los expedientes de la Unesco, en el equilibrio de su trazado, en sus rincones o en la belleza de su arquitectura doméstica. Su valor está en la experiencia cotidiana, esos instantes en los que uno, sin pensarlo demasiado, siente que las losas de piedra sostienen algo antiguo y grande, algo que une la historia de Tenerife con la historia atlántica, y expande la ciudad hacia lugares que no aparecen en las guías consistoriales. Pero quizá lo más hermoso de este gesto humilde clavado en el suelo frente al convento superviviente de San Agustín es su capacidad para recordar que La Laguna, pese a su solemnidad patrimonial, no es un museo. Es una ciudad moderna y habitada, estudiada, reinterpretada, amada y discutida. Una ciudad que ha sabido preservar su legado sin perder la capacidad de hacerse preguntas.
Y que ahora, 25 años después, se hace una más: ¿qué significa ser una ciudad universal?
La respuesta no necesita grandes discursos ni ceremonias. Probablemente no necesita siquiera de ese vídeo intensamente hermoso que nos quiere explicar lo que ya sentimos. La respuesta está en el punto preciso donde confluyen los caminos, donde la rosa de los vientos señala todos los rumbos, donde uno comprende que las ciudades con historia no se terminan nunca en sí mismas, siempre apuntan más lejos, hablan con montes y llanuras allende el mar.
Quizá por eso, este punto cero, revelado coincidiendo con la efeméride de su declaración como Ciudad Patrimonio de la Humanidad, resulta un hallazgo tan natural: no se trata de una ocurrencia o una invención del gobierno municipal, sino de un descubrimiento. Una forma de volver a escuchar lo que siempre estuvo ahí.
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