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Opinión | Un carrusel vacío

Y, sin embargo…

Sabina rinde homenaje a Madrid en su último concierto

Sabina rinde homenaje a Madrid en su último concierto

«¿Crees que a Sabina deberían darle el Premio Cervantes?», me preguntó alguien hace unos días. Guardé silencio unos segundos, tratando de procesar la inesperada cuestión. Últimamente, el cantautor jienense ha protagonizado muchos titulares, desde que el 30 de noviembre puso fin a su gira Hola y adiós en el Movistar Arena de Madrid, ante doce mil asistentes. Fue un momento crucial en su dilatada carrera, porque, supuestamente, en ese concierto se despidió de los grandes escenarios –no así de su vida artística, recalcó–, tras una última gira de setenta y un conciertos y setecientas mil entradas vendidas. Las cifras y la emoción –hubo lágrimas entre el público– demuestran que ha sido y es una de las grandes leyendas vivas del panorama musical.

Además de su faceta más conocida, también ha cultivado la poética, en la que la fama lo ha impulsado a publicar en editoriales potentes del género, como Visor. De ahí que mucha gente lo reivindique como «poeta urbano» y no solo como compositor. Si a esto le sumamos su afinidad lírica y amistosa con Luis García Montero y Benjamín Prado, ya tenemos todos los ingredientes para encumbrarlo como literato.

Pasados aquellos segundos de reflexión, respondí a mi interlocutor, medio en broma: «Yo soy más de Serrat». Por alguna razón, asociamos a ambos cantautores cuando, en realidad, son incomparables, estilísticamente hablando. Pero su profunda amistad y el hecho de que compartieran varias giras han contribuido a no hablar de uno sin pensar en el otro: dos grandes iconos de la canción de autor española.

Joan Manuel Serrat, más que dárselas de poeta, hizo algo admirable en los comienzos de su carrera: rescatar los poemas de figuras como Antonio Machado, Miguel Hernández o Rafael Alberti y popularizarlos a través de sus canciones. Retrato, Para la libertad o La paloma se han convertido en auténticos himnos. Pero además de eso, nadie puede negarle la maestría como compositor, que queda demostrada en letras como Mediterráneo o Pueblo blanco –esta última podría pasar como un poema de Machado tan tranquilamente–.

Por supuesto que me gustan algunos de los temas populares de Sabina: Pongamos que hablo de Madrid –que algunos se empeñan en convertir en himno madrileño cuando, en realidad, es una reivindicación de sus raíces andaluzas–, Princesa –cuya letra no es romántica, precisamente–, Pacto entre caballeros, El blues de lo que pasa en mi escalera, Nos sobran los motivos o Y sin embargo. Esta última es la canción perfecta para el perfecto infiel: «De sobra sabes que eres la primera, / que no miento si juro que daría / por ti la vida entera, / por ti la vida entera. / Y, sin embargo, un rato, cada día, / ya ves, / te engañaría con cualquiera, / te cambiaría por cualquiera». Que es lo mismo que decir: «Te pongo los cuernos porque no puedo evitarlo, está en mi naturaleza; pero sigues siendo el amor de mi vida». A mí esa canallería con tufillo machista no me termina de cautivar: prefiero el descaro honesto e íntegro de Rosendo, por ejemplo, si hablamos de «canallas».

Joaquín Sabina es un buen músico, sí; pero no me termina de convencer, en otros aspectos. Igual eso, más o menos inconscientemente, también afecta en mis reticencias. No me han gustado sus últimas opiniones políticas, su volubilidad ideológica, con la que ha dado un giro al personaje que llevaba alimentando desde los tiempos de La Mandrágora, cuando actuaba con Javier Krahe –un artista más coherente, ideológicamente hablando–. Pero esto no impide que valore y admire su obra, como pueda admirar la de Loquillo o Andrés Calamaro, con quienes tampoco me identifico en esos planos.

Sin embargo, volviendo a esa hipotética situación que me planteaban en la pregunta, yo no le concedería el Cervantes a Sabina sin habérselo concedido antes a poetas incuestionables como Luis Eduardo Aute o José Antonio Labordeta; por no hablar de Silvio Rodríguez, que está por encima de cualquiera, a pesar de que su defensa del castrismo lo haya vuelto intragable para esa parte de la población que no puede separar la obra del artista. Cualquiera de ellos me parece mejor escritor que Sabina, del mismo modo que considero que Leonard Cohen merecía más el Nobel de Literatura que Bob Dylan, a quien se lo concedieron en 2016.

En todo caso, no me considero una de esas puristas que niegan que un cantautor deba recibir premios literarios y, de hecho, me parece positivo que exista ese debate popular. Al fin y al cabo, la música y la poesía siempre –desde la Grecia clásica– han ido de la mano y Sabina, nos guste más o menos, ha contribuido también a ello. n

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