Opinión | Retiro lo escrito
Sin conejos en la chistera

Feijóo, a Sánchez: "Ha pasado usted de 'hermana yo sí te creo' a 'calladita estás más guapa'"
En el PSOE se ha desatado una tormenta de nervios, angustias y oscuros presagios. Todos los gerifaltes dirigieron la mirada al Puto Amo en el Congreso de los Diputados cuando fingió responder a Núñez Feijóo sobre el miserable escándalo de uno de sus más fieles aparatistas, Francisco Salazar. Todos esperando a que Sánchez sacase uno de sus innumerables conejos de la insondable chistera monclovita. Pero esta vez no había nada. La chistera se había quedado vacía. No quedaba ni una raspa por rascar. El presidente empezó a discursear sobre el acoso laboral y se puso a leer estadísticas al respecto, insistiendo en que se trataba de un problema estructural. Salazar había dimitido –para minimizar el daño a la dirección federal– acusado por varias empleadas del partido por acoso sexual. Nada de acoso laboral: acoso sexual de un tipejo repulsivo que frente a sus subordinadas se bajaba la bragueta. Mientras Sánchez elevaba la letanía de las estadísticas apuesto que a muchos dirigentes socialistas se les heló la sangre en las venas. No había conejos blancos que con sus encantos distrajeran la atención. No quedaba sino esa miserable rata muerta que Sánchez agitaba débilmente en la tribuna de oradores.
Y se suceden las detenciones (las últimas, la de los máximos responsables de la aerolínea Plus Ultra, rescatada por el sanchismo con 53 millones de euros) y florecen investigaciones judiciales y policiales después de años de concienzudo trabajo de magistrados, fiscales y policía judicial. El Gobierno está gripado, aunque todavía consigue salvar algunas votaciones en la Cámara Baja. No conseguirá que se le aprueben los presupuestos generales para 2026, ni siquiera los podrá presentar. Sin presupuestos, sin mayoría parlamentaria mínimamente estable, sin explicaciones públicas verosímiles y asunción de responsabilidades políticas, insistiendo en la mentira como mejor aliada y con tres duros de ideología achatarrada en sus agujerados bolsillos, esto ya no es un Gobierno, sino un fraude democrático. Si Sánchez puede recomponer milagrosamente su precaria mayoría, que lo intente abiertamente y presente una cuestión de confianza; si no es así, que tenga la decencia de convocar inmediatamente elecciones generales. Esto no es un régimen presidencial –el actual jefe del Ejecutivo, como sus antecesores, es un primer ministro– sino una democracia parlamentaria. Debe exigírsele que actúe, constitucionalmente, en consecuencia. Ya basta de estirar el sucio y remasticado chicle del trilero cínico y megalómano que nos ha tocado.
Escucho a muchos alegrarse por la agonía del sanchismo. Yo no comparto esta algazara estrepitosa. Creo que el gobierno debe largarse cuanto antes y celebrar elecciones tan prontamente como lo permitan los plazos legales. Pero la izquierda –y en particular el PSOE– va a pagar un precio altísimo por el aciago experimento sanchista. Primero porque, como ha señalado el maestro José Antonio Zarzalejos en su último libro (La herida de Sánchez), los efectos de este periodo presidencial, «los abusos de poder, la manipulación política e institucional y el frentismo excluyente de los últimos años», no serán revertidos por un gobierno posterior, sino utilizados en su estrategia de control. El sanchismo ha naturalizado un amplio conjunto de procederes, métodos y actitudes indecentes, deleznables y falsarias que afectan a la legitimación democrática y, en última instancia, a la salud misma del sistema constitucional. La izquierda –especialmente los socialdemócratas– será tratada por la derecha en el poder con la misma saña e idénticas mañas destructivas que las empleó el PSOE contra el PP en los últimos años. No cabe esperar el retorno de los grandes (e imprescindibles) consensos transversales en ningún espacio político, económico, institucional en una coyuntura internacional particularmente grave y delicada. Y después está el PSOE mismo, para el que vale parafrasear a Salvador Espriú: a veces un líder se debe sacrificar por su partido, pero jamás un partido, un verdadero proyecto político, debe sacrificarse por un líder, menos aún a cambio de un puñado de años fugaces.
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