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Opinión | El recorte

Guerras mediáticas

General Commander of the Sudanese Armed Forces (SAF) Abdel Fattah Al-Burhan (right), also chairman of Sudan's Transitional Sovereign Council, attends a graduation ceremony of batches of cadets from military, air and naval colleges at a military camp in Gebeit, eastern Sudan, July 31, 2024

General Commander of the Sudanese Armed Forces (SAF) Abdel Fattah Al-Burhan (right), also chairman of Sudan's Transitional Sovereign Council, attends a graduation ceremony of batches of cadets from military, air and naval colleges at a military camp in Gebeit, eastern Sudan, July 31, 2024 / Europa Press

Por más que busco con el mando no lo veo en la tele. No encuentro convocatorias de manifestaciones. No hay pronunciamientos indignados de figuras del cine, de las artes o de la política. La gente come normalmente, hace sus peristaltias intestinales, digiere los encarecidos alimentos y se sienta en el váter para leer el último premio Planeta. No padecemos el mismo estreñimiento, la misma indignación que cuando en un pequeño territorio llamado Gaza se estaba produciendo una matanza.

En este desinteresado desierto solo he escuchado la voz del director de Casa África, un veterano político socialista llamado José Segura, hablando sobre la mayor catástrofe humanitaria que sufre este planeta: la masacre que ocurre en Sudán del Norte, donde una guerra civil, iniciada en abril de 2023, acumula ya más de ciento cincuenta mil muertes, doce millones de personas que han tenido que abandonar sus hogares y más de veinte millones que están literalmente muriéndose de hambre. A nadie le preocupan «esos» muertos. Políticamente irrelevantes.

Cuando Hamás atacó Israel y provocó la desproporcionada respuesta de los judíos, los medios de comunicación lo convirtieron en un escándalo prioritario. Desplegaron enviados especiales y la programación se tematizó con el llamado genocidio palestino. Se convocaron manifestaciones y protestas exigiendo la intervención internacional. Y cada día teníamos imágenes de cadáveres de niños envueltos en sábanas blancas: una constante ración de espanto que conmovía las conciencias. ¿Qué hemos visto en las televisiones de la horrenda situación de Sudán? Nada. Ha sido más importante la noticia de que España no va a Eurovisión.

Hasta la guerra de Ucrania tiene ya un tratamiento de aburrido compromiso. Vladimir Putin no se molesta en guardar las apariencias y ha comenzado a bombardear impunemente objetivos civiles. Pero no pasa nada. Las almas progresistas más sensibles de este país, que se conmovieron hasta lo indecible con las muertes palestinas, miran para otro lado. Irónicamente comparten desinterés con algunas fuerzas de la extrema derecha europea. Y se oponen a que Europa se arme hasta los dientes para enfrentar la amenaza del autócrata ruso. Como si cuando la Alemania nazi invadió Polonia y Checoslovaquia el resto de los países hubiese escondido la cabeza debajo del ala.

Los ojos de la ideología padecen una incurable ceguera selectiva. Si ese imprevisible y excesivo personaje llamado Donald Trump decide atacar ‘objetivos militares’ en Venezuela, tendremos otra vez una guerra mediática. Un espasmo de indignación recorrerá el tejido nervioso de la izquierda europea y los medios de comunicación volverán a salir de sus cavernas morales. Habrá oleadas de protesta por el uso unilateral de la fuerza y por la defensa de la soberanía de un país hermano. Y tendrán razón, a pesar de que hayan sido silenciosos cómplices de la autocracia militar que aplastó al pueblo venezolano.

Unos y otros nos manipulan y nos adoctrinan. Nos enseñan lo que quieren y silencian lo que desean hacer irrelevante. Saben que en esta sociedad mediática el árbol no cae en el bosque si nadie escucha el ruido. Y lo peor es que es verdad.

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