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Opinión | El recorte

‘Roma locuta, causa infinita’

Golpe histórico: el fiscal general cae por revelación de secretos

Golpe histórico: el fiscal general cae por revelación de secretos

Roma locuta, causa finita, asegura el viejo latinajo. Pero las causas en España son infinitas. Hasta ayer mismo, los sectores progresistas de este país, dañados en la línea de flotación por la irreparable pérdida del ex fiscal general del Estado inhabilitado, sostenían que era impresentable que no se hubiese publicado la sentencia. Una vez publicada, la campaña pasa a la siguiente fase. A saber: que el tribunal le ha condenado sin pruebas.

A García Ortiz le juzgaron siete jueces y le condenaron cinco. Y la lectura política del fallo es que esos cinco son «conservadores» frente a dos juezas «progresistas» que se inclinaron por absolverle. Algunos ministros, el sector de los mastines, llegaron a calificarlos de jueces de la horca. O sea, prevaricadores que habían condenado por razones políticas y no jurídicas.

Tiene bemoles. Dos de los cinco magistrados de la sala segunda del Tribunal Supremo que fallaron contra el fiscal son los mismos que condenaron a responsables del PP en la llamada trama Gürtel. Uno de ellos, en concreto, fue el ponente de la sentencia que confirmó la condena de los populares «a título lucrativo» y le impuso casi treinta años de talego al tesorero, Luis Bárcenas. En ese entonces, como la sentencia soplaba a favor de obra, nadie hizo aspavientos. Tampoco cuando esa misma sala condenó en su día al esposo de la infanta Elena, Iñaqui Urdangarín.

El estado de sitio que vive el presidente está exasperando la vida institucional de este país. La numantina defensa del fiscal general del Estado tenía su raíz en el enfrentamiento personal contra Díaz Ayuso. Un pulso político que se llevó hasta el terreno judicial, que no es su sitio. Revelar datos confidenciales de un contribuyente en una nota de la Fiscalía, dictada por el acusado, fue un gravísimo error. Por no decir que una torpeza.

La sanchosfera sostiene, frente a la fachosfera togada, que no existe una prueba irrefutable de su culpabilidad. Es decir, que no se encontró la pistola humeante en la mano del asesino. Pero si hubiera sido así, a buen seguro que hoy estarían diciendo que se la pusieron en la mano. Porque todo vale, cuando conviene. Porque lo que nadie se aviene a reconocer es que si es cierto que la política lo ensucia todo, incluyendo a los jueces, emporca más a sus protagonistas.

La sentencia establece lo que era un secreto a voces. Que el fiscal llamó a sus subordinados. Que la lió parda para que le pasaran a su correo –privado– copia del expediente del novio de la odiada Díaz Ayuso. Que dictó la nota oficial donde se revelaban datos confidenciales. Y que hizo un borrado profundo de sus mensajes y emails al día siguiente de conocer que estaba imputado. Verde y con asas.

Discrepar de las sentencias es legítimo, pero descalificar la Justicia es una irresponsabilidad. La última frontera que estaba por romperse en un país donde se pidió rodear el Congreso o ir a las casas de los políticos para acosarles: dos barrabasadas que acabaron volviéndose contra sus autores intelectuales y materiales. La insoportable crispación y la indigencia mental de nuestros políticos es una fatal combinación que nos lleva de cabeza al desastre.

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