Opinión | Generación I
Ana Glez. Duque
Canariedades navideñas
Los libros que solemos ver en las listas navideñas vienen envueltos en un marketing global que deja poco espacio a lo nuestro

Unos dulces de Navidad.
Hay una cosa que siempre me ha fascinado de las Navidades: ese empeño de la ficción –y de los anuncios, y de ciertas editoriales con síndrome de Londres victoriano– en convencernos de que la Navidad auténtica incluye nieve, frío polar y un pavo que parece haber salido del showroom de Martha Stewart. Todo precioso, muy cinematográfico… y completamente ajeno a lo que vivimos aquí, en la esquina más luminosa del mapa.
Ayer mismo estaba en la playa. No haciendo surf –que una tiene límites–, pero sí dejándome dorar por un sol tímido mientras los turistas, embutidos en crema solar factor 400, comentaban lo afortunados que somos. Y sí, lo somos. Porque solo aquí puedes pasar de estar el mismo día tomando un barraquito en manga corta a quedarte encerrada debido a un chaparrón épico. La magia de los microclimas.
Mientras escribo esta columna, llueve a cántaros. No sé si cuando se publique –y lo leas– hará un frío «de verdad» o volveremos a los 23 grados traicioneros que hacen sudar a los Papá Noel bajo ese traje rojo imposible. Pero lo que sí sé es que nuestras Navidades no necesitan nieve para ser memorables. Ni villancicos en inglés en los que todos llevan bufandas gigantes. Aquí tenemos truchas de batata, pasteles, rosquetes, caldo gallina si la abuela se anima… y, en mi casa, pata asada. Ese olor bendito que anuncia que la Nochebuena está ya pisando la cocina.
Lo que quiero decir es que igual va siendo hora de canarizar más nuestras Navidades. De dejar de aspirar a escenarios nevados que solo vemos en Netflix y empezar a abrazar lo que nos hace distintos: esta mezcla curiosa de sol, lluvia loca, gastronomía propia y tradiciones que no salen en las películas.
Y ya que estamos: ¿por qué no canarizar también los regalos? Los libros que solemos ver en las listas navideñas vienen envueltos en un marketing global que deja poco espacio a lo nuestro. Pero aquí se escribe –y mucho– y se escribe muy bien. Así que este año, entre turrón y truchas, métete en la librería de tu barrio o en la feria navideña de turno y llévate alguna novela, poemario o ensayo de autoras y autores canarios. Hay voces potentes, historias que solo pueden nacer en esta tierra volcánica y personajes que respiran la misma peculiaridad que nuestros microclimas.
No hace falta nieve para vivir una buena Navidad. Solo ganas de celebrar lo que somos. Y, de paso, leerlo.
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