Opinión | RETIRO LO ESCRITO
Jóvenes y ultraderecha
Es la primera generación que constata que no basta con trabajar entre ocho y diez horas diarias para vivir con un mínimo de comodidad y esperanza

Unas jóvenes realizan un examen. / María Pisaca
No creo que la juventud sea ahora más conservadora que progresista. Simplemente es más incrédula que hace veinte años. Existencialmente incrédula. Un nihilismo muy explicable. Se acabó definitivamente el cuento de que tienen garantizado una vida materialmente tan digna como sus padres. Se acabó el ensueño mesocrático y meritocrático, que antes de 2008 todavía no era falso, pero que ahora mismo merece tratarse como una broma muy pesada. Por lo demás hemos terminado (con perdón) jodiendo su paciencia espiritual. Deberíamos ser capaces de admitir que llevamos un cuarto de siglo anunciando el fin del mundo: una vieja industria muy renovada.
Si revisas discursos políticos, proclamas contestatarias, libros y opúsculos proféticos y una amplísima producción audiovisual cataclismática, si sumamos todos las crisis y armagedones anunciados incansablemente (crisis del calentamiento climático, destrucción de la biodiversidad, deslegitimación de la democracia parlamentaria, ingobernabilidad del capitalismo, violencia, militarización de las relaciones internacionales, guerra nuclear) lo asombroso es que los adolescentes no estén todavía peor. Viven como los supervivientes de un mundo que ya no existe y que a veces sospechan que no ha existido jamás. El de ahora es un mundo que económica y tecnológicamente les oferta todo pero en el que no tienen sino experiencias vicarias. El sentido simbólica y operativamente más importante es la vista. Ser es ver cosas en las pantallas de ordenadores y teléfonos móviles.
Y lo que encuentra en las redes es lo mismo: una visión brutal e inacabablemente fragmentaria y que se agota en sí misma, una concepción escéptica y tremendista del deseo, un compañerismo de solitarios, triste o irónico, ante la catástrofe cotidiana. La gente de mi edad –los ancianos que nacimos en los años sesenta – teníamos héroes que se enfrentaban a cosas terribles pero oponiendo proyectos e ideas desde una cierta felicidad opositora. Ahora lo que tienen a mano es a Greta Thumberg que solo te asegura una medalla moral si te opones a un apocalipsis inevitable. Muere como un valiente tristón mientras se derriten los polos y es asesinada la última morsa.
Los hermanos mayores – en algunos casos los padres– votaron a Podemos hace una década. La inmensa mayoría de los que apoyaron la fuerza liderada por Pablo Iglesias –un astuto farsante– no lo hizo por una voluntad antisistema. No, la inmensa mayoría quería entonces lo que, a su juicio, había dejado de ser el PSOE: una fuerza de izquierdas reformista capaz de responder al derrumbe estructural que significó la crisis financiera de 2007-2009 y sus consecuencias económicas y sociales.
El voto a Podemos se caracterizaba por cierta transversalidad de edades y rentas. Esto de ahora es distinto. Las simpatías de los más jóvenes por la ultraderecha son, mucho más claramente, de carácter antisistémico, derogatorio, menos instituyente que destituyente. No es que la democracia funcione mal y se precise repararla, no es que se llame democracia a lo que no lo es. Es que la democracia parlamentaria es un sistema indeseable per se. Un fracaso histórico. Una estafa intolerable. Una reliquia barata y apolillada. Una superstición tan estúpida como el cielo o el infierno. Eso es lo que piensan o tienden a pensar más de la mitad de los votantes de menos de cuarenta años.
Entre otras cosas supone el resultado de cuatro décadas de corrupción política, ruptura de consensos básicos, colonización partidista de las instituciones, fallos graves en el diseño de las estructuras del Estado, kafkianas selvas burocráticas, ineficiencia en la gestión e ineficacia administrativa. Es la primera generación que constata que no basta con trabajar entre ocho y diez horas diarias para vivir con un mínimo de comodidad y esperanza. La primera que padece salarios estancados desde hace una década. La que sabe que jamás dispondrá de una casa en propiedad. Los que se verán en el domicilio de sus padres durante media vida. Los que emplearán la otra media esperando ser atendidos por servicios sociales abarrotados y malcomiendo con ayudas miserables. Así que votan Vox. A tope. Que la democracia nos coja confesados.
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