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Opinión

Ramón Trujillo, el mejor profesor que tuvimos, con Emilio Lledó

Lo quise mucho porque él era más que un maestro, era también un discípulo de otros (de Andrés Bello, de Caro y José Cuervo, de don Emilio Lledó...) y jamás renegó de ningún renglón que le prestaran los mayores

Ramón Trujillo, en el homenaje celebrado en la ULL en 2015.

Ramón Trujillo, en el homenaje celebrado en la ULL en 2015. / Emeterio Suárez

Se fue por esos mundos y ahora ha muerto el mejor maestro que tuvimos, Ramón Trujillo. Se sentaba un momento ante nosotros, como si no estuviera acostumbrado a ser profesor sino alumno, y de pronto se ponía de pie de nuevo, como si quisiera escucharnos y escucharse.

En aquel entonces (imagino que ahora también, quién sabe) Ramón Trujillo era discípulo de los grandes, que vivían fuera de Canarias, por esos mundos, pero ya sabía tanto como ellos. Cuando nombraba a sus maestros, incluyendo ahí a don Emilio Lledó, su colega de Filosofía, y a Gregorio Salvador Caja, tenía siempre palabras grandes, estimulantes, para que quienes le estuviéramos oyendo supiéramos que en la Universidad, o en cualquier sitio, nunca se termina de saber: siempre se está aprendiendo.

Él era, como aprendiz incansable que fue, un estimulante maestro que siempre nos dijo lo que sabía. Y cuando no sabía, cuando estaba estudiando todavía (estudió siempre, la verdad) lo decía, decía que iba a trabajar sobre ello, así que se iba con tarea, igual que los propios alumnos, pero en su caso con un aprovechando sincero, real, emocionante.

Era, como Alfonso García-Ramos, un canario de todas partes, un viajero interior, un escolar y, además, en la leyenda de la ciudad y de la isla, fue uno de los personajes universitarios que más nos enseñaron a ser alegres o felices. Por ejemplo, y esto no es una broma, esto sucedió, iba a la calle del Castillo con algunos amigos de universidad o de escuela, paraban a cualquier mago de los que venían de compras, lo llenaban de abrazos y les requerían por la razón del viaje que estaba haciendo el mago.

Minutos después, cuando el hombre (eran siempre hombres, magos de entonces) se estaba recuperando del sofoco, Ramón y sus acompañantes cachondos se hacían otra vez los encontradizos, y así sucedidamente. En ese ámbito era grande y divertido, pero nunca dejó a un lado, ni mucho menos, al contrario, las obligaciones universitarias, que ya le cogieron con el fundamento que no le era necesario para hacer bromas laguneras (o santacruceras) en las calles por donde transitaban los despistados.

Le quise mucho, le respeté, le escuché hablar, con el pitillo en la mano, creo que fumó hasta muy tarde, y supe que dejaba la isla, que le atraían otros mundos sudamericanos, donde desarrolló una labor que siempre me produjo envidia, aunque desde hacía mucho tiempo que yo no disfruté de sus clases.

Hizo grande el silbo gomero, tienes muchos libros, pero sería bueno que ahora resplandecieran en las librerías y en las bibliotecas su Gramática de la poesía y La verdad de las palabras... Se fue y volvía. La ciencia era su lugar común, y la generosidad su relación con el Archipiélago, con el porvenir de nuestra gente.

Se fue y vino, ya digo, y ahora ha muerto en la Isla, a la que volvió como el ser de idas y venidas de las que hizo su vida. Ya era muy mayor, 94 años, aunque siempre me parecía que mientras supiera, y mientras estuviera aprendiendo, él nunca dejaría de ser aquel hombre que nos enseñó de pie y mirándonos a los ojos.

Lo quise mucho porque él era más que un maestro, era también un discípulo de otros (de Andrés Bello, de Caro y José Cuervo, de don Emilio Lledó...) y jamás renegó de ningún renglón que le prestaran los mayores. La Academia Canaria de la Lengua le debió siempre su pasión y su liderazgo. Quienes están al cargo saben muy bien que el futuro de la lengua canaria es también lo que se haga con el legado de este maestro que nos enseñaba como si no fuéramos a dejar nunca el pupitre.

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