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Opinión

Anibal Mesa

¿Giro conservador de los jóvenes? Algunas cautelas sociológicas

Para las mujeres jóvenes, criadas bajo la presencia del feminismo, no tiene demasiado sentido hablar de un pasado mejor al que regresar. Ese pasado encierra menos autonomía e independencia, además del enclaustramiento en el espacio privado

¿Giro conservador de los jóvenes?

¿Giro conservador de los jóvenes? / E. D.

Una de las primeras cosas que uno aprende cuando se especializa en cualquier rama de las Ciencias Sociales es la necesidad de ser cauteloso a la hora de interpretar los fenómenos sociales. Fundamentalmente porque la experiencia humana está sujeta a la interacción con el entorno, y la cantidad de variables que condicionan nuestro comportamiento es, en la mayoría de los casos, inasible. De hecho, una de las principales batallas al interior de este campo se da entre los conjuntos de variables privilegiados a la hora de explicar la realidad social. Conceptos como la clase, el género, el origen étnico, la (dis)capacidad, la edad, la sexualidad o el lenguaje producen posiciones estructurales que definen la vida de cada uno de nosotros. El quid de la cuestión está en intentar discernir qué cóctel de variables nos ayudan a entender mejor lo que sucede.

Por todo esto resulta llamativa la certeza con la que algunas voces están certificando la existencia de un giro conservador entre los jóvenes, tanto a nivel global como específicamente para el contexto español. Y no, no esperen que en esta pequeña aportación se desmonte ese supuesto giro, no creo que aún se tenga una respuesta adecuadamente contrastada. Pero lo que si se intentará es focalizar el análisis en ese cóctel de elementos que nos deben servir para darle al análisis del fenómeno la complejidad que se merece.

Para comenzar, ¿de qué hablamos cuando nos referimos a los jóvenes? Aunque es una disciplina reciente, hace ya más de 50 años que sociólogos y antropólogos se dedican a estudiar la juventud como categoría social. Y, ¿cuál ha sido el principal resultado teórico de esa exploración? Pues, nada más y nada menos que confirmar lo que el intelectual francés Pierre Bourdieu dijera allá por la década de los setenta: “La juventud no es más que una palabra”.

Básicamente se ha confirmado la idea de que la edad, en este caso la condición de joven, no tiene la capacidad de estructurar la experiencia y el comportamiento social que tienen otras categorías. Es decir, un joven (administrativamente a día de hoy, alguien de entre 15 y 34 años) articula su identidad en torno a su clase social, su género, su etnia, su territorialidad, etc., pero no de su edad. La edad funciona más bien como un catálogo de expectativas que el conjunto social, en especial los adultos, define, pero que supone una externalidad que no provoca una identificación fuerte entre los sujetos sometidos a esas prerrogativas. En definitiva, saber qué se espera de ti en base a tu condición de joven no hace que te sientas identificado con otros jóvenes. Eso lo hace, de nuevo, tu género, tu clase, tu etnia…

Por lo tanto, cuando hablamos de manera cotidiana tan alegremente de “los jóvenes”, convendría centrar el discurso en las características concretas de los mismos. A mi entender, esa totalización del concepto está impidiendo una adecuada comprensión del supuesto giro conservador de esa llamada juventud. Como ejemplo, si atendemos exclusivamente a la cuestión del género, y a sabiendas que sus efectos son inseparables de los que producen otros elementos de estratificación, podemos intentar explicar este fenómeno desde prismas diferentes.

Por un lado, las grandes macroencuestas que se realizan en España, en especial las del CIS, parecen señalar un giro hacia posiciones de extrema derecha entre los jóvenes, al menos en intención de voto, pero al mirar con algo más de detalle se aprecia que ese cambio está protagonizado fundamentalmente por los varones. A su vez, se está prestando una gran atención a la aparición de comunidades digitales como la de la llamada manosfera, en la que hombres jóvenes reclaman la vuelta a posiciones más fuertes de dominio dentro de las relaciones de género, con un discurso nostálgico de un pasado mejor y, en muchos casos, violentamente antifeminista.

Pues bien, en este caso, los archifamosos sociólogos Zygmunt Bauman y Ulrich Beck ofrecen una posible explicación de esta realidad a partir de la idea de incertidumbre, entendida como un principio central al que se enfrentan las nuevas generaciones cuando intentan construir un proyecto vital propio. Las condiciones sociales, políticas y económicas actuales no permiten obtener seguridades sobre ese proyecto, al tiempo que erosionan las comunidades tradicionales o clásicas. Esa falta de certezas provoca un repliegue en lo individual, en aspectos de la vida que se pueden controlar y ordenar más fácilmente, principalmente el cuerpo y el consumo.

Esta situación, bajo mi interpretación, estaría siendo sufrida de forma particular por los hombres jóvenes (y blancos, heterosexuales y capacitados), como dominadores históricos de los espacios públicos ahora puestos en cuestión por movimientos sociales como el feminismo o el antirracismo. A la incertidumbre sobre el futuro se une una sensación de pérdida de poder que coloca a los varones jóvenes en la posición de asumir con más facilidad esos discursos nostálgicos de un pasado mejor al que regresar, el pasado en el que el hombre era incuestionablemente el dueño de lo social.

El otro fenómeno reciente que está alimentando la idea de un mayor conservadurismo en los jóvenes es un supuesto giro católico, amplificado a partir del impacto del último disco de la artista española (y global) Rosalía. Se está identificando un aumento en la presencia de elementos estéticos propios del catolicismo, junto a un creciente interés por personajes religiosos históricos y la reivindicación de la vida monacal. Sin embargo, en ese efecto de totalización que supone hablar de juventud, las diferencias de género no suelen ponerse sobre la mesa. Este movimiento, al contrario que la manosfera o el “abrazo” ideológico de la extrema derecha, apela fundamentalmente a las mujeres, y eso hace que sus coordenadas sean distintas.

Para las mujeres jóvenes, criadas bajo la presencia del feminismo, no tiene demasiado sentido hablar de un pasado mejor al que regresar. Ese pasado encierra menos autonomía e independencia, además del enclaustramiento en el espacio privado. Aquí, la idea de incertidumbre se transforma para ofrecernos una posible explicación diferente para este supuesto giro conservador femenino. La inseguridad sobre la posición futura estaría relacionada con la falta de materialización del proyecto feminista, situando a las mujeres ante una presión que se está volviendo insoportable en ciertos casos.

La mujer joven actual (y blanca, heterosexual y capacitada) necesita demostrar que es capaz de ocupar el espacio público de forma exitosa, sin haberse liberado de las principales responsabilidades (y cargas) en la gestión del espacio privado. Esto parece alimentar movimientos como el de las tradwives, o esposas tradicionales, en el que las propias mujeres reivindican su papel como cuidadoras del hogar al servicio de sus maridos, orientadas totalmente al ámbito privado y renunciando a cualquier proyección social más allá de las redes en las que se promocionan. Para las mujeres, dada la presión que describíamos, el regreso a la seguridad de lo privado representaría la misma posición nostálgica que el patriarcado duro ofrece a los hombres.

Pero la dimensión de la parte femenina del giro conservador no parece tener ni de lejos el alcance que está teniendo para los varones, al menos en el ámbito de las redes sociales (y en el de la intención de voto). Las razones son distintas, y el conjunto al que apelan esas razones también lo es. Si esto es así, imaginen las múltiples derivas interpretativas que podemos articular al meter en la ecuación otras variables de estratificación. La idea de juventud como una categoría aglutinadora de la experiencia salta por los aires.

Por último, y seguramente lo más importante, estamos hablando de fenómenos que se están presenciando básicamente en las redes sociales, con lo que se corre el riesgo de exagerar su dimensión. A estas alturas del juego son más que conocidas las reglas de funcionamiento de los algoritmos que organizan la presentación de contenidos a los usuarios, alimentando los deseos de búsqueda. Indagar sobre un determinado fenómeno dirige hacia una especialización de contenido que puede llevarnos a pensar que la mayoría social está ahí, y tratar como realidades consolidadas movimientos que pueden no ser más que momentos destinados a morir devorados por la inmediatez de la comunicación digital. En tiempos en los que todos tenemos un altavoz a nuestra disposición como en ningún otro momento de la historia se hace más necesario que nunca separar el grano de la paja.

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