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Opinión | Retiro lo escrito

Venezuela, la ruina perpetua

Archivo - El presidente de Venezuela, Nicolás Maduro

Archivo - El presidente de Venezuela, Nicolás Maduro / PRESIDENCIA VENEZUELA - Archivo

Conozco gente no precisamente tonta que me cuenta y me repite que ahora mismo, en Caracas, están abiertos cuatro grandes centros comerciales donde puede conseguirse de todo y maravillosos restaurantes en los que no puedes comer si no solicitas reserva. Yo lo escucho embelesado. Centros comerciales, boutiques exclusivas, hoteles de lujo y magníficos restaurantes con cubiertos de plata estaban abiertos en la capital venezolana mientras gobernaban Raúl Leoni, Rafael Caldera o Carlos Andrés Pérez. Para terminar de ser sinceros, con el general Marcos Pérez Jiménez también podías disfrutar de tiendas y restaurantes sin problemas. Sin embargo se supone que uno no monta un régimen dizque socialista para que los ricos puedan comprar Gucci o deleitarse con la gastronomía francesa. Salvo que se trate de tus ricos, por supuesto. Tus queridos boliburgueses y las élites de las estructuras político-administrativas –incluidas las Fuerzas Armadas– cuando se puede discernir entre unos y otros, lo que no siempre parece posible. Quizás sean unos 20.000 o 25.000 en Caracas. El resto de la población agota sus días en una economía de subsistencia. Me han hablado de un asadero de carne maravilloso cerca del Parque del Este al mando de una familia de argentinos. Está siempre lleno, al contrario de las barrigas de los niños venezolanos. Un 30% de los menores de 16 años presentan desnutrición y casi un 20% de las embarazadas sufren riesgo nutricional. Fuera del distrito federal la situación empeora. Las cifras de estados como Portuguesa, Zulia y Falcón alcanza niveles de emergencia. Las estadísticas las difunde Cáritas, conocido agente pitiyanqui e imperialista.

Luego están los egregios huevones que caen de rodillas frente al prodigioso crecimiento del PIB venezolano. Nadie las ha explicado, por lo visto, que el incremento del Producto Interior Bruto desde 2022 ha estado precedido de varios años de crecimiento negativo de una economía prácticamente paralizada. De hecho la economía venezolana todavía no se ha recuperado después del espeluznante desastre de la segunda década del siglo. Más interesante –porque ilustra mejor la situación material de los venezolanos– es el PIB per cápita de Venezuela. En 2018 llegó a ser de 2.990 euros; actualmente no llega a los 3.400. El PIB per cápita de Canarias en el año 2024 fue aproximadamente de 26.040 euros. El crecimiento del PIB a partir de 2022 se debió –obviamente– a la subida de los precios del petróleo, que se acercó a los 100 dólares por barril meses después de la invasión de Ucrania por Rusia, lo que impulso un flujo temporal de divisas. En cuanto los precios comenzaron a bajar de nuevo el pequeño milagro se evaporó. Ahora se mueve entre los 40 y 50 dólares por barril. Como consecuencia el PIB se desploma de nuevo y presiona brutalmente el mercado de cambio. El Gobierno venezolano busca enloquecidamente dólares porque carece de divisas para comprar insumos alimentarios a su principal vendedor, los Estados Unidos, que es al mismo tiempo el principal comprador de petróleo y gas natural del país.

Con todo lo peor para los venezolanos –los que no pisan esos puñeteros centros comerciales ni tragan en los restaurantes de postín– es la inflación salvaje desatada en los últimos tiempos. Sin duda por la patriótica intención de no intranquilizar a nadie el Gobierno no facilita datos sobre la inflación desde hace más de un año. En 2024 la inflación estuvo sobre el 250%. El Fondo Monetario Internacional sostiene que 2025 se cerrará con una inflación del 548% y que en 2026 se llegará al 629% (otros organismos financieros elevan la previsión al 800%). Los precios de los alimentos básicos suben semanalmente pasa salarios muy bajos y estancados y ayudas públicas que se reducen a nada. Casi la mitad del salario se dedica a la alimentación y un 25% al transporte. Venezuela es más pobre, más desigual, más hambrienta, más enferma y económicamente más débil que en 1999, cuando la atrapó esa calamidad estúpida, vil y criminal: el chavismo.

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