Opinión | A babor
Un cohete sin combustible

La jubilación es cada vez más activa y prolongada, con nuevas necesidades económicas. Sin embargo, ahorrar para la jubilación no es un comportamiento intuitivo ni sencillo. “Desde la economía conductual sabemos que ahorrar cuesta. No tiene una recompensa inmediata y suele posponerse. Comprar algo da gratificación instantánea; guardar dinero para dentro de 20 o 30 años, no”, explica Juan Manuel Mier, experto del área de pensiones de BBVA. Para resolver este obstáculo, propone mecanismos automáticos que desvíen una parte de la nómina o ingresos extraordinarios hacia el ahorro, generando así el hábito de forma progresiva. Esta perspectiva coincide con la de José Ignacio Conde-Ruiz, subdirector de Fedea, quien defiende un modelo más estructurado y obligatorio de ahorro: un segundo pilar de pensiones de capitalización, como ya ocurre en Reino Unido o Irlanda. En estos países, se retiene automáticamente un 5% del salario al trabajador para invertirlo en un fondo privado, salvo que éste manifieste expresamente su deseo de no participar. “El 93% de los trabajadores en Reino Unido mantiene la retención. Es más difícil decidir dejar de ahorrar que empezar a hacerlo”, destaca. Planes individuales El límite de aportación de 1.500 euros, en marcha desde la reforma fiscal de 2021, ha hecho que los planes individuales de pensiones hayan perdido atractivo frente a los planes de empleo y otros productos como los fondos de inversión o los planes individuales de ahorro (PIAS) que ofrecen las aseguradoras y las entidades financieras. En el momento de hacerlas, las aportaciones a planes individuales reducen la base imponible del impuesto sobre la renta. Por ejemplo, una persona en un tramo del 30% que aporta 1.500 euros podría ahorrarse unos 450 euros en la declaración. No obstante, el rescate tributa como rendimiento del trabajo, lo cual puede elevar entonces la base imponible si no se planifica bien. De forma alternativa, los PIAS son un producto de ahorro e inversión a largo plazo: el dinero aportado de forma periódica se invierte en fondos, y al llegar a la jubilación, se puede rescatar en forma de capital o renta vitalicia. En esta última opción, los rendimientos generados están exentos de tributación. Cómo complementar la pensión Ante la incertidumbre sobre la sostenibilidad futura del sistema de pensiones, CaixaBank ha diseñado una estrategia de planificación financiera adaptada a cada etapa vital. A través de su programa Generación +, ofrece asesoramiento personalizado para fomentar el ahorro desde edades tempranas —idealmente, señalan, a partir de los 40— y garantizar ingresos complementarios durante la jubilación. Entre los productos más relevantes destaca precisamente la renta vitalicia, un instrumento que transforma parte del ahorro acumulado en una renta periódica garantizada hasta el fallecimiento del titular. “Es especialmente útil para quienes desean complementar su pensión sin dejar de lado la posibilidad de dejar parte de su patrimonio en herencia”, explica Ramon Faura, el director Propuesta de Valor Banca Retail en CaixaBank, que gestiona el 70% de estos productos en España. La entidad cuenta ya con 730.000 clientes con rentas vitalicias, y 1.700 personas de más de 100 años entre sus titulares. También existen seguros de protección sénior, fondos de inversión y carteras gestionadas, que permiten modular el nivel de riesgo según las necesidades de cada persona. La vivienda como activo En un país con un altísimo porcentaje de propietarios de vivienda, el patrimonio inmobiliario representa una fuente potencial de liquidez. No obstante, por el momento apenas se aprovecha, constata Faura. Hay diversas fórmulas para que el propietario pueda transformar su vivienda en renta sin necesidad de venderla de forma inmediata. Una de ellas es la hipoteca inversa, que permite recibir una renta mensual usando su vivienda como garantía, conservando la propiedad hasta el fallecimiento. Otra opción es la venta de la nuda propiedad, mediante la cual se transmite la titularidad del inmueble a cambio de una renta vitalicia, pero se mantiene el uso y disfrute del mismo de por vida. También existen soluciones intermedias como el anticipo de alquileres, pensado para quienes necesitan sufragar una residencia: el banco adelanta los ingresos esperados por el alquiler, que después se regularizan con los herederos. Cambio de comportamiento Pese a su potencial, muchas personas mayores desean conservar la vivienda para dejarla en herencia, aunque su valor real sea bajo, especialmente en zonas rurales. En este punto Mier destaca que la falta de planificación patrimonial genera conflictos: la mayoría de personas no ha hecho testamento, o lo ha redactado de forma genérica, lo que complica después la distribución del legado entre varios herederos. No obstante, se observa un cambio de comportamiento generacional: mientras que padres y abuelos daban prioridad a la herencia, algunos jubilados actuales prefieren disfrutar de todo el patrimonio acumulado, por lo que cada vez más se decide optar por productos como las rentas vitalicias.
Cuando se refiere a la economía española, Sánchez dice que vamos «como un cohete». En un contexto de crisis institucional imparable, con los tres colegas que le llevaron al poder en prisión, para Sánchez la economía es la explicación de que el Gobierno no puede ceder, ni rendirse, ni caer. Porque es «un gobierno progresista que está haciendo las cosas bien». En realidad, las políticas que aplica el Gobierno y que permiten a su presidente decir que España va como un cohete, no son progresistas. No lo son en absoluto, se parecen al populismo que ha practicado el peronismo de los Kirchner y que han llevado a Argentina a la ruina absoluta y a ponerse en manos de alguien como Milei. Otro visionario populista, pero de derechas.
Uno de nuestros mejores economistas, Lorenzo Bernaldo de Quirós, explicaba ayer en una entrevista lo que ocurre en la economía española: cree Quirós que lo que define el cohete español no es un ascenso que le lleva a algún lado concreto, sino una parábola que terminará en un batacazo monumental. Lo que presenta el Gobierno como dinamismo económico, es un espejismo, un crecimiento que no brota del músculo productivo del país, sino de tres factores insostenibles en el largo plazo: el gasto público desbordado, el aumento de población (y del empleo) por la vía de la inmigración, y el turismo como principal actividad. En Canarias es un modelo que conocemos bien, y que nos ha convertido en una región dependiente de los recursos del Estado. Como modelo económico para un país, ese «cohete» no parece fabricado en la NASA. Más parece un petardo. La economía que define se parece más a la de un resort caribeño que a la de un país desarrollado. El PIB sube, sí. Pero como sube un termómetro expuesto a un secador: rápido, pero sin nada detrás. España crece sin hacerse más rica, sin ser más productiva y sin acercarse a Europa, de hecho, no paramos de alejarnos: si seguimos así, en una década estaremos en el vagón de cola de la Unión, con una economía más próxima a la de Rumania o Bulgaria que a la de Alemania o Francia. Y mientras nos entretenemos con el crecimiento mágico del PIB, otro dato se desgañita pidiendo atención: es la productividad, que sigue estancada. Y sin ella no habrá salarios dignos, ni bienestar duradero, ni prosperidad más allá de la propaganda. La fotografía es más fea aun cuando se retrata la caja del Estado: desde que Sánchez llegó a La Moncloa, la presión fiscal ha subido casi tres puntos, mientras en Europa desciende. España sostiene hoy uno de los mayores esfuerzos fiscales del continente: trabajamos más que la media europea para contribuir más que la media europea, a cambio de servicios que no son –digámoslo con suavidad– los mejores de Europa. Y aún nos resistimos a invertir en defesa. Cuando eso cambie, y ocurrirá más temprano que tarde, la presión será aún más fuerte que ahora. Seguirán pagando nuestros hijos y nietos, durante al menos una generación, porque ni con este drenaje recaudatorio el Gobierno logra reducir el déficit estructural. Cada año exprimimos más al contribuyente, pero el déficit sigue creciendo. La economía española es como una naranja de la que ya no se puede sacar una gota más, mientras el vaso sigue medio vacío: el gasto público no se destina a inversión productiva, sino fundamentalmente a transferencias electorales, subsidios, prestaciones y ayudas para fidelizan voto. No genera riqueza.
La reforma laboral, dice Quirós, fue una operación estética: se prohíbe la temporalidad, sustituida por la figura del fijo discontinuo, ese invento que convierte el paro en empleo virtual. Un trabajador puede no trabajar, pero no aparece como parado. España es líder mundial en milagros del lenguaje: tenemos pobreza que no se llama pobreza, paro que figura como empleo y un crecimiento del PIB que no produce redistribución. Tras años de expansión desmedida del gasto público, España sigue entre los países con mayor riesgo de exclusión social de Europa. A la izquierda le encanta proclamar que protege al débil; la realidad es más cruda: casi dos millones y medio de personas reciben el Ingreso Mínimo Vital. El sistema no saca a la gente de la precariedad, la estabiliza en ella. Y luego está la vivienda. Las casas son caras porque se hacen pocas: un urbanismo rígido, impuestos altos, suelo retenido y una Ley de Vivienda que maltrata al propietario por el crimen de ser arrendador. Resultado: la demanda sube, la oferta no, y los precios te miran desde las nubes.
Y hay otra bomba retardada: las pensiones. Nuestro modelo funciona solo si hay muchos trabajadores sosteniendo a pocos jubilados, pero ahora ocurre justo lo contrario. Los boomers se retiran, los jóvenes migran o encadenan salarios bajos, y nuestra tasa de reemplazo es la más alta de Europa. Si no se ajusta, la ruptura no la pagaran solo los jubilados, será la generación que aún no ha votado. El corolario final es político, no económico. Llevamos años escuchando que el Gobierno va a resolverlo todo, pero lo único que hace es endeudarse. No hay milagro económico sin redistribución de la riqueza. Sánchez dice que somos un cohete. Pero no vamos hacia ningún lado. Y el combustible se gasta.
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