Opinión | La Calle Nueva
Venezuela. Por aquí todos bien, gracias a Dios

Poca afluencia en el aeropuerto internacional Simón Bolívar, en Maiquetía (Venezuela) tras la decisión de las autoridades venezolanas de revocar la concesión de vuelo a seis aerolíneas extranjeras. / MIGUEL GUTIÉRREZ / EFE
Ahora he leído un libro emocionante, La vida interrumpida. Crónicas de un regreso a Caracas, de Pedro Plaza Salvati, prologado por Antonio Muñoz Molina, publicado por Catarata.
Me lo envió la editorial y el autor, que vive en Barcelona y procede de Caracas, luego me pidió que se lo presentara en Madrid, en la Librería Antonio Machado. Lo leí de principio a fin, como si fuera una carta que me enviara desde allá, desde Caracas, este autor que yo no conocía.
De principio a fin, uniendo a ello el hermosísimo prólogo de Muñoz Molina, sentí que este libro, desde que empieza hasta que acaba, es una carta a quien quiera sentirse cerca de la doliente Venezuela de estos tiempos (y de tanto tiempo). El libro de Plaza Salvati es la historia de cómo allí, en aquella querida Caracas, se había vivido la pandemia, cómo la vivió él, cómo la vio, cómo la paseó, cómo rompió su corazón, como se la llevó consigo, con qué dolor, cuando el avión lo alejó de la ciudad de su vida.
Pues de eso se trata, de contar la capital de Venezuela por parte de alguien que nació allí, vive en Barcelona y, por esos azares que tiene la vida, se hallaba en la capital venezolana cuando el mundo se cerró para todo el mundo y para ese país al que pertenecemos también quienes no vivimos allí.
Venezuela, Caracas, ha sido durante muchos años, desde que soy un muchacho ávido de leer, y de escribir, mi otro país, mi casa lejana, a la que pertenezco por razones de gratitud y de amor. De allí, de Caracas, llegó a mi casa el primer libo que hubo entre nosotros, enviado por un tío que formaba parte de la dirección de la Colegial Bolivariana. Era un cuento que me leí mil veces y que se titulaba Gustavito tenía un centavito.
Por razones de la época, que era dura como un barranco seco, muchas mujeres que se quedaron en el barrio (y en las islas) permanecían analfabetas. Tenían que comunicarse, por carta, con los parientes o con los maridos que se fueron a Venezuela a buscar un porvenir mejor que la realidad de hambre y de angustia que les deparaba un tiempo tan desapacible. Como yo sabía leer y escribir, y no éramos muchos los que teníamos ese don tan modesto, aquellas mujeres iban a mi casa a que yo les ayudara a comunicarse, por carta, con aquellos que se habían marchado.
Aquellas cartas me sirvieron también a mi para conocer mejor los hechos de la vida pobre de las personas que se habían quedado solas, por el hambre y por la lejanía que habían marcado aquellos que sólo podían saber por las cartas que otros les escribieran o leyeran. Siempre me llamó la atención un hecho singular, propio de todas ellas: ninguna carta empezaba con los hechos sino con los deseos.
Todos los que se habían ido dejaron la vida atrás y se sentían obligados a servirse del esplendor para enviar dinero a quienes se quedaban en los barrancos que eran, en general, el lugar de nuestras viviendas. Las mujeres, pues, venían a mi casa con lo que tuvieran que decir en sus cartas. Y siempre empezaban con aquella jaculatoria que yo ponía al principio de sus misivas, después del saludo: “Por aquí todos bien, gracias a Dios”. Luego de esas palabras, que parecían el introito de una misa, ellas me explicaban, y yo escribía, las crónicas de la ruda realidad. En las casas pasaban penurias familiares de todo tipo, igual que sucedían entre nosotros, mis padres, mis tíos, los que no pudieron irse a Venezuela o los que todavía esperaban que hubiera para ellos cartas de llamada…
Mi madre manejaba el único teléfono (el 125) que había en el barrio, donde se recibían las escasas llamadas que llegaban desde aquel mundo lejano, y ella guardaba, para cuando fueran útiles, esas cartas de llamada que ella misma guardaba en las gavetas.
Aquel fue un tiempo cruel y raro, del de que yo fui cronista involuntario. Jamás he olvido aquella pasión por saber del otro que constituían las cartas, y jamás sentí tan cerca la proximidad del dolor de quienes se quedaron solos en el barranco y vivían de la ansiedad de recuperar la vida común, un porvenir que tardaba en ser mejor, o no lo fue nunca.
Cuando empecé a leer el libro de Pedro Plaza Salvati, que desgrana día a día, casi casa por casa, la soledad de Caracas en tiempo de pandemia, sentí que él estaba yendo a cada uno de esos domicilios, a cada uno de los lugares que una vez fueron parte de las andanzas de mis tíos, de mis primos, de aquellos que aun viven allí…
Esos parientes me recuerdan esa parte de la vida que se fue a Venezuela y que nos regresaba por carta... Poco a poco volvieron los descendientes. La cercanía de sus regresos los devolvió al barranco de donde vinieron o a las casas que los esperaban, y yo jamás he olvidado lo que para nosotros había sido la ayuda que ellos (sus padres, sus viajes) prestaron a los que siguieron toda su vida recordando las noches en que sus parientes recibían las cartas de llamada que los llevarían a Venezuela.
Esta Caracas que ahora me ha venido en La vida interrumpida me llegó hasta el alma, desde el principio al fin de sus 180 páginas. En sus resquicios estuve buscando, y muchas veces encontré esos rescoldos, las andanzas de quienes se fueron de las islas a los escenarios que ahora son parte de este libro cuya lentitud es un abrazo literario, y humano… Pedro Plaza fue contando, como quien busca a la vez el asombro y el dolor, el recuerdo y el reencuentro.
Hace muchos años, en 2015, hubo en España una incitación ruin a impedir que Venezuela se contara tal como es ahora, desde que Hugo Chaves decidió expropiar el futuro del país para convertirlo en una república sin esperanza. Por aquel entonces escribí en El País un artículo en el que rememoré estos hechos y estas cartas. Quería explicar que Caracas había sido otro mundo y que el actual rumbo no era propio del país del que venía la ayuda venezolana a mis padres y a mis parientes, a los pobres y a los analfabetos que se había quedado acá.
Titulé aquel artículo Por aquí todos bien, gracias a Dios. Una joven venezolana (Mónica Martínez Paz, inolvidable) leyó desde Suiza aquel texto. Ahora se podría leer de nuevo, y con las lágrimas de ahora, lo que en Venezuela pasa; para mi, el libro de Pedro Plaza Salvati, La vida interrumpida, es un abrazo inesperado a la vida que un día nos regaló Caracas y que ahora está dispersa por el mundo y es, sin pandemia, con dolor, la vida interrumpida de un país quieto y difícil, tan querido, tan cercano y ahora mismo, ahora, exactamente ahora mismo, está tan roto como si sufriera otro ramalazo cruel de la pandemia.
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