Opinión | El recorte
Siempre escampa

Carlos Mazón toma su asiento en la sesión de investidura del nuevo presidente de la Generalitat, Juanfran Pérez Llorca. / / Fernando Bustamante
Los políticos, como los tiburones, huelen la sangre a kilómetros de distancia. Y ahora mismo el Sanchismo se ha convertido en un mar de color rojo. Las víctimas de la corrupción, que flotan heridas en los tribunales y las cárceles, alfombran una vida pública transformada en un espectáculo de cochambre. Un festival de dentelladas, de tertulias y de titulares.
Por un momento pareció que el destino tendía otra vez una mano al acosado presidente Sánchez. La tragedia de las inundaciones en Valencia y la inexplicable ausencia del presidente de la Generalitat, el popular Carlos Mazón, protagonizó la vida informativa y le ofreció un momento de paz a Moncloa. Un nuevo cuerpo, pero esta vez del adversario, cayó a las aguas llenas de aletas y afilados dientes.
La trituradora se puso en marcha y al ya ex presidente valenciano le hicieron picadillo. Los medios, unánimamente, le declararon responsable de estar ausente en el momento en que más se le necesitaba. Pero la izquierda fue incluso más allá. Le hicieron responsable directo de los muertos por la riada. Le llamaron «psicópata homicida», en un exceso dramático y político ligeramente indecente, porque Mazón no mató a nadie, excepto a sí mismo, desde el punto de vista político. Pero no estuvo donde tenía que estar. Y esa ausencia fue la mayor condena que puede pesar sobre un responsable público.
En todo caso, el PP sangró por Mazón. Y en esa herida abierta hundieron sus puñales desde el el socialismo buscando una ventana de oportunidad. Porque el factor que puede influir al presidente Sánchez para convocar elecciones se basa que sea capaz de reducir la distancia que le saca la derecha en la intención de voto. Con buenas expectativas en Cataluña, un peso pesado como María Jesús Montero en Andalucía y una derecha lastrada por Mazón en Valencia, las cosas podrían no estar tan mal. Por eso intentaron lanzarse también adegüello por Juanma Moreno, a causa del fallo de los cribados de cáncer de mama, con un rigor que brilló por su ausencia en el desastre del sistema de pulseras telemáticas que protegen a las mujeres víctimas de violencia de género.
Decir que estamos en una campaña electoral es una obviedad. La pregunta es cuánto va a durar. No existe posibilidad de que se plantee una moción de censura porque la oposición del PP y VOX se odia más entre sí de lo que detesta al Gobierno. Y en Moncloa saben que convocar ahora a las urnas sería una derrota casi segura para el PSOE. La clave está en las palabras que soltó esta semana José Luis Rodríguez Zapatero ante un grupo de militantes: «Siempre que llueve, escampa». Sabiduría de labriego para decir que es imposible que llueva eternamente y que en algún momento tiene que parar.
Lo que pasa es que la realidad le contradice muy seriamente: esto parece el diluvio universal. El Fiscal General del Estado –¿de quién depende? Pues eso– fue inhabilitado y tuvo que dimitir porque le metieron en medio de la pelea de gatos entre Sánchez y Ayuso. Y la primera de las causas que se instruye contra el ex ministro y secretario de Organización, José Luis Ábalos, ha terminado con la imagen de su ingreso en la cárcel de Soto del Real, acompañado del asesor, Koldo García. Antes de entrar dejaron como un regalo envenenado acusaciones sobre delitos cometidos en las primarias de Sánchez e insinuaciones sobre el papel de Begoña Gómez, esposa de Pedro Sánchez, en el rescate multimillonario de Air Europa. Y esto sólo está empezando.
En Moncloa saben que lo que queda por delante es un largo calvario judicial y mediático. Y que electoralmente hablando, hoy están peor que ayer pero bastante mejor que mañana. Cada día, cada semana, será un nuevo escándalo, una nueva revelación, una tortura. Sin presupuestos y sin mayoría, gobernar se ha reducido a resistir. El futuro de todo un país depende de un hombre acorralado y sin salida.
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