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Opinión | RETIRO LO ESCRITO

El cambio que viene

El ciclo de inestabilidad política que se abrió con la ruptura de relaciones de JxC con Pedro Sánchez y el PSOE se va a prolongar durante años, según el análisis del autor

El presidente del Gobierno, Pedro Sánchez, y el ex ministro José Luis Ábalos, conversan durante un mitin de campaña en noviembre de 2019, en el pabellón polideportivo de Mislata (Valencia).

El presidente del Gobierno, Pedro Sánchez, y el ex ministro José Luis Ábalos, conversan durante un mitin de campaña en noviembre de 2019, en el pabellón polideportivo de Mislata (Valencia). / Miguel Lorenzo / Delegaciones

Ya se sabe que el viejo Karl Popper defendía las elecciones democráticas desde una última trinchera: las urnas no sirven para elegir a los mejores, sino para deshacerse de los que ya no son tolerables. Sospecho que estamos en una coyuntura popperiana. Un gobierno sustentado en el Partido Popular y Vox no promueve grandes entusiasmos, pero la perspectiva de soportar casi dos años más en la actual situación política, legislativa y presupuestaria, con un gobierno dispuesto a cualquier choque institucional –el feroz ataque al Tribunal Supremo es un simple banco de pruebas– y cualquier carambola parlamentaria con tal de seguir en el poder, termina siendo un peligro. Los majaderos que insistimos en la angustiosa perentoriedad de un amplio acuerdo entre el PSOE y el PP –que en lo programático resulta perfectamente posible– seguiremos haciéndolo pero sin resultados. En realidad soy –para variar– pesimista. El gobierno que pudiera presidir Núñez Feijóo tendría estabilidad parlamentaria, pero ninguna otra. Es una idiotez suponer que con un gobierno de las derechas españolas llegaría la tranquilidad y se reinstaurarían valores como diálogo, negociación, debate, tolerancia, exposición de alternativas, consensos. No lo permitiría nadie, pero sobre todo no lo permitiría Vox. El ciclo de inestabilidad política que se abrió con la ruptura de relaciones de JxC con Pedro Sánchez y el PSOE se va a prolongar durante años. Algo se ha estropeado en el sistema político español y no tiene fácil arreglo. Es un desperfecto que comparten y no están dispuestos a reparar los dos grandes partidos de la democracia parlamentaria española. Y lo más angustioso es el oscuro contexto europeo y mundial en la que eclosiona y se retuerce esta crisis institucionalizada.

Canarias no está en crisis o eso parece. Si a veces no somos conscientes de nuestra modestia económica otras pasamos por alto nuestra extremada fragilidad. Toda nuestra prosperidad económica –mejor o peor gestionada– depende estructuralmente de la actividad turística y de una compleja red de ayudas, subvenciones, ingresos y exenciones que derivan del REF y de políticas y programas públicos del Estado español y –especialmente– de la Unión Europea. Tenemos incrustada en el bulbo raquídeo una visión de la UE de los años noventa y principios del siglo XXI que ya no encaja con la Europa debilitada, desconfiada y cada vez menos relevante –estratégica y económicamente– de 2025. Bajo la presión de un gasto público creciente –defensa, pensiones, energías verdes, renovación tecnológica– la UE será cada vez menos generosa con sus parientes pobres, no se diga con los pobrecitos ultraperiféricos. El crecimiento económico y la conservación de la cohesión social en el continente serán en un futuro inmediato una prioridad por encima de la asignatura casi sentimental de la cohesión territorial. Algunos amigos me insisten en que los fondos directos e indirectos que disfrutan las RUP representan, en los presupuestos comunitarios, el chocolate del loro. Siempre les respondo que en época de crisis y ajustes duros lo que suelen prescribir primero es poner a dieta a todos los loros de los alrededores. La unidad del proyecto europeo solo sobrevivirá rebajando sus expectativas y exigencias internas: de la Europa balneario y faro de las libertades democráticas a la Europa medio pensionista y linterna parpadeante de su quiero y no puedo.

Para Canarias la Unión significaba una garantía bienaventurada. Después de los sacrificios y renuncias que supuso la incorporación de las islas al Mercado Común, el Tratado de Masstricht de 1992 y el Tratado de Amsterdam de 1997 reconocieron primero y concedieron un régimen jurídico propio después a las regiones ultraperiféricas, para las que se diseñaron programas y condiciones específicas. Se entendió que el turismo, el REF y la ultraperificidad europea asegurarían un desarrollo estable bajo un paraguas institucional y normativo renovable. Y eso está a punto de acabar. Deberíamos asumirlo y preparar una respuesta que (por supuesto) debe construir una estrategia ampliamente consensuada política, empresarial, sindical, socialmente. Como siempre. Como nunca. n

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