Opinión | Un carrusel vacío
Queremos tanto a Emilio

Queremos tanto a Emilio / El Día
De niña, cuando se acercaban las Navidades, me encantaba hacerme con uno o varios catálogos de juguetes y revisarlos concienzudamente para poner en práctica mi actividad favorita: escribir la Carta a los Reyes Magos. El resultado era una larga lista de juguetes, gran parte de los cuales había descubierto en ese momento en el catálogo. Otros provenían de los anuncios de televisión que taladraban nuestros cerebros infantiles a la hora de la comida, cuando poníamos de fondo los dibujos animados. Todavía me sé de memoria el anuncio de “Barbie Melena Tropical”, “Betty Spaghetty”, el perrito “Maxie”, la granja de Playmobil y muchos más. De todo lo que pedía, los “Reyes” traían solo unos cuantos, claro.
En los noventa y comienzos de los dos mil, la publicidad de juguetes tenía una efectividad asombrosa. Funcionaba no solo conmigo, sino con la mayoría de los niños de mi generación. Años después, te preguntabas por qué tu hermano guardaba en el cajón un “horno de bichos” –el famoso “Creepy Crawlers”–, con el que fabricabas escorpiones y arañas de goma como quien hornea galletas. ¿Quién no querría cocinar gusanos para luego jugar con ellos? Y la cuestión es que el anuncio televisivo era tan convincente que te despertaba esa necesidad. Hubo modas más adorables, como la del “Coccolotti, tu osito cariñoso”: unos osos con tamaño de llavero que olían a distintas frutas, dependiendo del color, y que emitían sonidos cuando les dabas el biberón. Comenzaba la era de los juguetes animatrónicos y la joya de la corona siempre sería el Robot Emilio.
El año pasado conocí a una persona que guardaba en casa, como recuerdo de su infancia, al popular y anhelado robot. Hasta entonces, no había conocido a nadie que lo tuviese. Cada año, el Robot Emilio encabezaba mi Carta de Reyes, y me consta que no era la única. He hablado a lo largo de mi vida con muchos niños de entonces que esperaban ese regalo que nunca terminaba de llegar. Todos estábamos impresionados por el anuncio de televisión, cuya cancioncilla comenzaba: “Si tú eres un tipo listo, / verás que el mejor es Emilio…”. Y se veía al robot llevando la comida en una bandeja. Como todos nos sentíamos “tipos listos”, especulábamos sobre lo que Emilio podía hacer: barrer, recoger la basura, cocinar… ¡Imaginación al poder! Lo extraño era que los padres no se peleasen por conseguir un Emilio que les ayudara en las tareas de la casa. Sin embargo, por lo que me contó su afortunada poseedora, no era para tanto. El anuncio resultó una exageración.
Continuando con los juguetes robóticos, lo que sí tuvimos todos fue un “Furby”. Era una criatura con estética de gremlin: las orejas picudas; los ojos muy abiertos, inquietantes; sonaban los párpados al moverse. La voz era aguda, como de duende: hablaba en furbish –el idioma de los “furbys”– y tú tenías que enseñarle, poco a poco, tu propio idioma. Cantaban una serie de cancioncitas que sigo reteniendo en la memoria, tenían cosquillas si le tocabas el sensor de la tripa y dormían. Al despertar, imitaban a un gallo y exclamaban: “¡¡Buenos díaaas!!”. Y venga a cantar. Lo malo era cuando, por lo que fuese, se hacían un lío con las horas y te despertaban con un “quiquiriquí” a las cuatro de la mañana. Pasó más de una vez y más de dos. Recuerdo especialmente una noche de agosto en un chalé de Chiclana de la Frontera que había alquilado mi familia. De madrugada, escuchamos unos extraños chillidos provenientes de la cocina, que estaba cerrada. Creíamos que se trataba de una rata. Mi padre y mi abuelo, enarbolando sendos cepillos, se colocaron cada uno a un lado de la puerta de la cocina. Mi padre abrió de golpe y… no pasó nada. Bueno, sí: escuchamos un “Pichú, tirú…”, salido del piquito del “Furby”, que reposaba, despierto, sobre la mesa.
Curiosamente, no recuerdo el anuncio televisivo de “Furby” como uno de los más memorables de la época. En ese caso, funcionó más el boca a boca de los niños. Mi “furba” decía llamarse “Tra-Da” y era negra, con la tripita marrón: uno de los dos modelos que se podían adquirir en El Corte Inglés de Méndez Álvaro –el otro era blanco, con pintitas negras–, que era donde íbamos a comprar casi todo. Ahora descansa en mi habitación, callada para siempre. O, tal vez, simplemente necesita un cambio de pilas. Puede que algún día me anime a descubrirlo.
En conclusión: me podía considerar la víctima ideal de los anuncios de juguetes. Por eso, cuando ahora oigo hablar del consumismo obsesivo generado por el “Black Friday”, no me sorprendo y, en cierto modo, lo comprendo. Vivimos en una sociedad que, desde niños, nos ha impulsado al consumismo.
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